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Aranceles ambientales: las facturas que vienen para México

Un arancel al carbono hace sentido en un contexto de guerra comercial y como parte de una política climática consistente, apunta Rodrigo Villar.
lun 09 agosto 2021 12:06 AM

(Expansión) - Cada vez resulta más preocupante que México vaya en sentido contrario al mundo en materia de energía: las cosas se complican cuando el mundo acelera la marcha a un futuro al que nuestro gobierno quiere que demos espalda como tributo a obsesiones ideológicas anacrónicas. Es pasmoso el contraste frente a las noticias que llegan de fuera: justo ahora, con históricos planes y proyectos de ley en torno al cambio climático, en gestación en Europa y Estados Unidos.

Como país, deberíamos ser capaces de prestar atención a lo que está cocinándose más allá de las fronteras de nuestra enajenación con la política nacional. Si no para evitar rezagarnos más y dejar de perder oportunidades, al menos para tener en el radar implicaciones muy concretas, de gran calado y no a largo plazo, sino inminentes.

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Ejemplo perfecto es la iniciativa lanzada el 14 de julio por la Comisión Europea para crear el primer arancel al carbono en la historia, como parte de un ambicioso paquete de reformas y acciones para cumplir con el compromiso de recortar las emisiones invernadero de la Unión Europea en 55% en esta década, y llegar a la neutralidad de carbono en el 2050. Más aún porque pronto tuvo eco en Estados Unidos: legisladores demócratas dijeron ese mismo día que iban por el suyo, algo en lo que el equipo del presidente Biden viene trabajando desde antes de llegar a la Casa Blanca.

El arancel europeo, denominado Mecanismo de Ajuste Fronterizo de Carbono, gravaría desde el 2026 a importaciones cuyos procesos productivos no cumplan con parámetros de contención o compensación compatibles a lo exigido en la UE. Cinco días después de su presentación en Bruselas, en Washington se formuló un proyecto formal en el Senado: una tarifa a productos de países que no hagan esfuerzos suficientes para reducir su impacto en el calentamiento global, equivalente a los costos que las empresas establecidas en el país pagan por regulaciones ambientales estatales y federales.

Los senadores proponentes hablaron de recaudar, de inicio, 16,000 millones de dólares anuales por gravámenes a importaciones de China y otros países. Mientras, Rusia se quejó de que la tarifa de su primer socio comercial le costaría más de 7 mil 600 millones al año solo en exportaciones de petróleo, carbón, acero en rollo y aluminio.

¿Podemos descartar riesgos para México con nuestro primer mercado, además del segundo que es el europeo? Más que los aranceles, nos golpearía el efecto en la competitividad: si alguien quiere invertir en nuestro país para poner una planta automotriz, habría que contemplar esas penalizaciones, sumadas a los mayores costos de energía, de persistir nuestro gobierno en el empeño de regresarnos a los monopolios de los 70.

Todavía hay que zanjar diferencias entre los 27 países de la UE y entre demócratas y republicanos en Estados Unidos, además de potenciales disputas comerciales. Pero como dice el refrán, cuando el río suena, agua lleva. Un arancel al carbono hace sentido en un contexto de guerra comercial y como parte de una política climática consistente.

De cara a públicos internos, puede venderse como un tema de reciprocidad: no dar ventaja a países que contaminan y no hacen un esfuerzo proporcional. Si una compañía quiere ahorrar costos y considera para ello llevar líneas de producción a lugares con regulaciones climáticas laxas, dejando sin empleo a mucha gente, tendrá que hacer mejor las cuentas.

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Para el influyente economista y columnista del New York Times Paul Krugman, ganador del Premio Nobel en 2008 por sus trabajos sobre comercio internacional, estos aranceles son perfectamente viables y legales conforme al derecho mercantil internacional. Los compara con los ajustes fronterizos en los países que manejan un Impuesto al Valor Agregado. No se podría pensar que en las tiendas se cobre en los productos nacionales y los extranjeros queden exentos: lo mismo aplicaría con el costo de impuestos y regulaciones climáticas, que como el IVA finalmente recae en los consumidores domésticos.

De cualquier modo, como el propio Krugman resalta, la interpretación de un artículo del Acuerdo General sobre Aranceles y Comercio resulta trivial comparada con los riesgos existenciales del cambio climático: alguna forma de sanción contra países que no pongan de su parte es inevitable. Aunque la huella de carbono se genera localmente, la afectación es global.

Subsiste el dilema de la distribución de responsabilidades entre países ricos y pobres, pero no parece probable que los votantes en el mundo desarrollado acepten pagar de más y dejar libre albedrío al resto. Tampoco sería sensato. El grueso de las nuevas emisiones de carbono saldrá de las naciones que más necesitan crecer, incluyendo China, el mayor emisor.

Finalmente, además de instrumento de nivelación comercial, el arancel al carbono contribuiría a avanzar en el problema medular de la economía del cambio climático: cómo cuantificar e incorporar a los costos y los precios de la actividad económica la cuenta que hasta ahora se endosa, en bruto, al planeta, la sociedad, los gobiernos y las próximas generaciones por concepto de deterioro ambiental y gastos de remediación y adaptación.

México no va a encontrar trato de excepción. Menos si, a sabiendas, incumple con sus compromisos climáticos para perseguir quimeras ideológicas y satisfacer una obcecación política. Todavía menos cuando, en vez de un costo, la transición energética es una oportunidad de desarrollo irrepetible para nosotros. Deberíamos reaccionar.

Nota del editor: Rodrigo Villar es un emprendedor social y Socio Fundador de New Ventures, donde busca transformar la manera tradicional de hacer negocios y crear un nuevo modelo empresarial que perciba el impacto como status quo. Cuenta con un MBA del Royal Melbourne Institute of Technology y estudió la carrera de Contabilidad y Administración Financiera por el Tecnológico de Monterrey. Síguelo en Twitter y/o en LinkedIn . Las opiniones publicadas en esta columna pertenecen exclusivamente al autor.

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