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Un jinete y un pecado, la economía a tres años de gobierno

Con el COVID o sin COVID ya había una recesión en México que la hubiera tenido que sortear cualquier gobierno y de una magnitud similar, apunta Iván Franco.
jue 02 diciembre 2021 12:06 AM
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El mayor problema económico en la segunda mitad del sexenio estará dentro de Banxico, aquella inmaculada institución que hoy en día hace agua, considera Iván Franco.

(Expansión) - Definitivamente este sexenio ha sido muy diferente a los anteriores.

Primero quiero aclarar que el impacto de un gobierno en la economía se da por tres vías. La primera y más relevante es directa, a través del gasto público, que representa aproximadamente un tercio de la economía.

La segunda vía es a través de la libertad que el Estado provea a los particulares para la realización de actividades económicas. La tercera vía es a través del banco central, cuando el gobierno le solicita a este instituto que acomode la política monetaria a la política económica del gobierno en turno. Las tres vías siempre están activas, en todos los sexenios.

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Por otro lado, para hacer un balance objetivo de la economía en estos primeros tres años de gobierno, debemos aislar al fenómeno del COVID-19, por ser de naturaleza impredecible. Luego, la pregunta que debemos formular es, ¿cómo le habría ido a la economía en este sexenio si quitamos el efecto COVID-19?

La respuesta la provee un análisis tendencial y cíclico de la economía. Un modelo propio me permitió concluir que con o sin COVID-19, por un efecto cíclico, la economía mexicana estaba destinada a caer en este periodo.

Además, debemos recordar que la economía mexicana es una economía satélite de la estadounidense. Como mencioné hace un par de años en este mismo espacio, ambas economías desacoplaron su ciclo industrial en cierta medida, debido a las políticas astringentes y proteccionistas del gobierno estadounidense anterior, aunado a su propio poder de crecimiento derivado de su fuente primaria de recursos, el dólar.

En ese mismo texto del año 2017, predije que la disensión económica entre ambos países es estructural y provocaría choques para México en el corto y en el mediano plazo. Nada fuera de la realidad. El primer choque fue una reducción de la inversión privada.

México no pudo seguir el mismo ritmo de crecimiento estadounidense y fue aminorando el propio, de la mano de una caída de la inversión privada local y de un fuerte freno monetario impuesto por el entonces hawkish banco central. En ese momento, la política monetaria se tornó restrictiva y era evidente que la economía entraría en una fase de enfriamiento, independientemente de quién fuera el presidente. No deseo desilusionar a nadie, pero, el desempeño de la macroeconomía depende del dinero, no de los presidentes.

Así que, con el COVID o sin COVID ya había una recesión en México. Reitero que la recesión la hubiera tenido que sortear cualquier gobierno y de una magnitud similar. Si acaso, lo único que pudo haber mejorado marginalmente con otro partido político es el flujo de inversión privada. No obstante, con efectos expansivos muy limitados sobre la actividad económica.

El jinete

Las cosas iban marchando como un buen economista (que no hay muchos) hubiera previsto. Entonces llegó el jinete del COVID-19 y barrió con las expectativas. La recesión de ese momento se convirtió en un profundo bache, cuyo rebote fue parcial y de resonancia limitada. La recuperación post COVID en forma de “palomita” se manifestó no solo en México sino en casi todo el mundo.

Como paliativo para aminorar la crisis de la pandemia, la mayoría de los analistas locales pugnaron por la instrumentación de un paquete fiscal contra cíclico. Pero no hubo tal ayuda. El pecado del gobierno fue dejar morir a un millón de microempresas, según los datos de INEGI en su proyecto sobre la demografía de los negocios. Total, no pasa nada, pensaron ellos. Las microempresas son como células sanas que se regeneran a sí mismas.

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El pecado

La muerte de las microempresas es un pecado porque es un desdén hacia la base económica del país. Hacia los electores que están en medio, es decir, entre la base fuerte y leal de electores del gobierno y los de la derecha recalcitrante.

Más aún, hay que señalar que el Estado mexicano nunca ha sido pro pyme. Otros gobiernos han intentado ayudar a las pymes con poco éxito y con programas de poca utilidad como el fenecido instituto del emprendedor. Las pymes no necesitan que un gobierno les dé clases de negocios, necesitan que les den libertades, particularmente, libertades fiscales que no las asfixien con el grillete del ISR.

Dicen que en el pecado está la penitencia, pero yo no la veo venir, sino hasta el próximo sexenio.

Sin embargo, se observan dos circunstancias para la segunda mitad de este sexenio. Primero, la economía mexicana va a crecer hacia finales del sexenio. Y, segundo, ese crecimiento va a estar descontado por un factor inflacionario extraordinario.

La economía crecerá gracias a la continuidad de la política monetaria de Estados Unidos, donde la Reserva Federal extenderá lo que muchos vimos venir hace años, tasas de interés reales negativas, incluso, aunque reduzcan la intensidad a la inyección de dinero en ese país.

La política económica

Finalmente, en la jerarquía de las relaciones económicas, el aeropuerto, los proyectos de infraestructura de este gobierno y hasta la refinería, son outliers que no menoscaban el poder del dinero. Es decir, si los realizan o no, esto no cambia el potencial de crecimiento de la economía mexicana.

En cambio, lo que modifica las perspectivas de crecimiento de mediano y de largo plazo es el nivel de participación del gobierno en las industrias de petróleo y eléctrica. Para ponerlo más fácil, el crecimiento potencial de la economía sería ligeramente mayor con una mayor intervención privada en estas industrias. Esto es más evidente en la industria petrolera. El hecho de contar con una inversión privada limitada en este rubro presiona no solo las perspectivas de crecimiento del país, sino limita la capacidad de gasto del gobierno federal.

Finalmente, me parece que lo más difícil de este sexenio en materia económica ya pasó.

Eso si no aparece algún evento mayor que hunda a la economía en un nuevo bache. Pero no se ve venir. Posiblemente lo más grave sería alguna reducción de la nota soberana, que quizá, ya está descontándose.

El mayor problema económico en la segunda mitad del sexenio estará dentro de Banxico, aquella inmaculada institución, que hoy en día hace agua. Cada día sesga más sus decisiones hacia la protección del ciclo político sexenal, sin importarle tanto la inflación. Hace doble mandato, cuando en realidad tiene uno, y lo hace mal. Pero esto no es nuevo, ya que Banxico tiene un 14% de efectividad puntual en su objetivo desde el año 2008.

La próxima gobernadora del banco central tendrá que instrumentar (aunque no quiera) una política monetaria que indudablemente se moverá a terrero restrictivo en 2022 y 2023. Así es, la amarga medicina contra la inflación volverá, por una cuestión de ciclo y para aminorar la fiesta monetaria de los años precedentes.

Nota del editor: Iván Franco es fundador y director de la consultora de inteligencia competitiva Triplethree International. Síguelo en Twitter y en LinkedIn . Las opiniones expresadas en esta columna pertenecen exclusivamente al autor.

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