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La fiesta de Sanna Marin, la primera ministra de Finlandia

Al filtrarse los videos de la joven bailando y cantando emocionada, un debate político-moral con posturas en contra y a favor, se viralizó en Finlandia y no tardó en extenderse al planeta entero.
lun 14 noviembre 2022 06:03 AM
Sanna Marin, primera ministra de Finlandia.
La cara lección de la fiesta de Helsinki, para Sanna y para nosotros, es que ya ni los convivios íntimos con cuatro amigas y amigos serán sitios seguros para bailar con desinhibición, señala Sergio Torres Ávila.

(Expansión) - Aquellas y aquellos que se atreven a pelear por el poder público y lo obtienen se ganan la rifa del tigre. Ahora nunca quedarán bien con nadie. Su vida privada será escudriñada a diario y, más allá de su popularidad, siempre habrá otras u otros que, por intereses políticos opuestos, utilizarán cualquier error o desliz, o una apariencia de ellos, para atacarlos. Es un trabajo que se presta a la paranoia.

Además, está la democracia. Con ciudadanos exigentes y vigilantes que los hacen vivir en constante estrés. Saben que tienen el derecho a la privacidad, como todas y todos, pero están sujetos a un contrato social que les exige comportarse, al menos en apariencia, con impecabilidad. Es el drama de los políticos. Tan humano.

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Por si esto no fuera suficiente, hay una vuelta de tuerca más en este drama cuando el político en cuestión es una mujer. Una mujer con derechos democráticos en igualdad, pero inmersa en una sociedad, por más moderna que sea, con rasgos de una mentalidad machista. Es el caso de Sanna y su fiesta en Helsinki.

La joven Sanna Marin bailó y cantó en su residencia con un pequeño grupo de amigos el pasado verano 2022, después de asistir al famoso festival de rock Ruisrock. Nada inusual para una joven de 36 años, si no fuera porque Sanna, bueno, es la primera ministra de Finlandia y aquella inocente fiesta la realizó, claro, en el lugar que habita actualmente: Kesaranta, la residencia oficial de los gobernantes finlandeses.

Al filtrarse los videos de la joven bailando y cantando emocionada, un debate político-moral con posturas en contra y a favor, se viralizó en Finlandia y no tardó en extenderse al planeta entero. ¿Cómo era posible que una persona con el cargo público de la más alta responsabilidad utilizara un espacio oficial, pagado con los impuestos de la gente, para una fiesta privada? Pero ella tiene el derecho a la privacidad, a vivir como ella quiera en sus horas no laborales, dijeron otros.

Ante la crisis, control de daños. Sanna convocó a conferencia de prensa y pidió perdón. Afirmó que tiene derecho a vivir su vida con normalidad. "Confío en que la gente entienda que el tiempo de ocio y el tiempo de trabajo se pueden separar", argumentó. Obviamente, el escándalo fue aprovechado por sus opositores que exigieron un examen antidoping. Sanna se lo realizó y resultó negativo. Sin embargo, las críticas continuaron y algunos pidieron su renuncia.

Una parte de la población finlandesa la defendió. Sin duda, Sanna era una víctima de la caduca moral política, se le atacaba por ser mujer. ¿Qué hubiera pasado si las imágenes hubiesen sido de un hombre bailando?, ¿se habrían indignado igual los santurrones de la política finlandesa?, seguramente no. Todo esto no habría pasado de algunas bromas pesadas, unos memes y un pasajero escándalo. Una campaña de apoyo solidario llamada #solidaritywithsanna se viralizó. Cientos de mujeres publicaron videos donde bailaban y cantaban con libertad y desinhibición. Hillary Clinton publicó una foto bailando con el mensaje: keep dancing, Sanna. Había que defender no solo el derecho a la privacidad, sino a una mujer acosada por una mentalidad machista.

Esto nos hace preguntarnos: ¿cuál es el límite de un político?, ¿cuándo un personaje público se convierte en una persona privada?, ¿cuándo debería dejarnos de importar su vida?

 

¿Sanna hizo mal en hacer fiesta con sus amigos? ¡Claro que no!, dirán unos. Otros más asegurarán que sí y algunos más se abstendrán de opinar. Punto. Desgraciadamente lo que opinemos los ciudadanos es solo la mitad de la cuestión. La otra mitad del problema es que, para los políticos opositores a Sanna no importa en absoluto el debate moral, sino la utilidad del tema para golpearla. Siempre habrá alguien interesado en dañar la reputación de cualquier político. Realpolitik, se llama. Otra cosa es que las críticas a una mujer con una investidura pública, una representante popular, sean lanzadas desde una posición machista que la critique solo por eso, por ser mujer. Mientras cumpla con su mandato, una mujer debería tener todo el derecho de hacer con su vida privada lo que quiera, así como un hombre.

Sin embargo, desgraciadamente para las mujeres y hombres participantes en la política, este tipo de dramas continuará. Estarán siempre a un tris de ser sorprendidas y sorprendidos en algo quizá indebido no solo por la naturaleza de su trabajo, sino gracias a que en ésta época de redes sociales, cámaras, micrófonos y pantallas omnipresentes, se grabará y fotografiará cada vez más y más material potencialmente comprometedor.

La cara lección de la fiesta de Helsinki, para Sanna y para nosotros, es que ya ni los convivios íntimos con cuatro amigas y amigos serán sitios seguros para bailar con desinhibición.

Nota del editor: Sergio Torres Ávila es experto en estrategia y comunicación política de América Latina. Es Licenciado en Derecho por la Universidad Iberoamericana y tiene una especialidad en Gerencia Electoral por la 'George Washington University'. Es miembro activo de la Asociación Latinoamericana de Consultores Políticos (ALACOP). Síguelo en LinkedIn . Las opiniones publicadas en esta columna pertenecen exclusivamente al autor.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

 
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