Los patrones actuales de producción y consumo conducen a la deforestación, la escasez de agua, el desperdicio de alimentos, altas emisiones de carbono, y causan la degradación de ecosistemas clave. Sólo basta con revisar algunos datos a nivel global:
- En cuanto a producción, entre 2000 y 2019, el consumo interno total de materiales aumentó más del 65 % y en 2020, los gobiernos gastaron $375 mil millones de dólares en subsidios y otro tipo de apoyo a los combustibles fósiles.
- Lo que toca a consumo, se estima que el 17% del total de alimentos para los consumidores (931 millones de toneladas métricas) se desperdicia en hogares, restaurantes y comercio minorista.
- En lo que respecta a los consumidores, en los hogares se consume el 29% de la energía mundial y contribuyen al 21% de las emisiones de CO2 resultantes.
De una u otra manera, todos, como personas físicas o morales, somos responsables de nuestros procesos de consumo y en alguna medida también lo somos de nuestros procesos de producción, pero pocas veces nos damos cuenta de ello y actuamos sin pensar en los efectos de los desperdicios de toda índole, la contaminación, los problemas del agua y los ecosistemas.
Pensemos específicamente en la producción y los criterios ambientales de las empresas. El objetivo de la ONU es garantizar patrones de consumo y producción sostenibles (CPS), es decir, hacer más y mejor con menos: minimizar el uso de recursos naturales y materiales tóxicos, así como las emisiones de desechos y contaminantes durante el ciclo de vida del producto para no poner en peligro las necesidades de las generaciones futuras.
Una práctica que empieza a crecer en la producción es el reciclaje y la gestión sostenible de residuos, un conjunto de experiencias para reducir los impactos ambientales que incluyen la reutilización y el reciclaje de materiales, así como compostaje de residuos orgánicos, lo que reduce la necesidad de nuevos recursos y ayuda a proteger el medio ambiente de los impactos de la extracción de recursos.
Un ejemplo de lo que ello implica es una startup de biotecnología en Monterrey, Nuevo León, que desarrolla procesos verdes utilizando organismos vivos (microalgas) para obtener agua limpia, oxígeno y biomasa de alto valor, en un proceso circular de cero residuos. Su fundador, Ramón de Hoyos Cantú, comenta que “el impacto no solamente se mide por lo que estás haciendo, sino por cuántas vidas cambias, por la comunidad. Empezamos a desarrollar productos que van para las personas, y aunque nos enfocamos en el tratamiento del agua y la captura de carbono, también desarrollamos lámparas generadoras de oxígeno con algas, que aportan la misma cantidad de oxígeno que un árbol de mediana estatura”.
En otro ejemplo, en el Instituto Italiano de Tecnología en Génova (Italia), desarrollaron un método de fabricación de bioplásticos a partir de desechos vegetales tales como cáscaras de arroz, vainas de cacao, tallos de espinaca o perejil y residuos de zanahoria o coliflor. El origen de la idea parte de una modificación del método para producir celofán a partir de celulosa de algodón y cáñamo, que llevó a descubrir cómo podía obtenerse una masa plástica moldeable disolviendo la materia vegetal en ácido trifluoroacético, sin todo el tratamiento normalmente utilizado.