Sí, aquella nación enfrentará, por primera vez, desde hace más de 200 años, un severo vaivén descendente, del cual no la podrán ya librar las decisiones de la Reserva Federal, esto es, el derrotero de la deuda de aquel país es, a la fecha, ignoto e impredecible. El valor real de los instrumentos que la titulan, incierto. Al vecino ya sólo le queda un activo, pero es el más importante, la fuerza.
El esquizofrénico y poco técnico manejo de la deuda que implantó Ramírez de la O claramente era insostenible por más de un lustro. Se dedicó a decir que sí a todo, hasta que, tras agotar las arcas nacionales, comprometió el crédito público de manera irresponsable sin hacer la mínima previsión de fondeo o de captación para servirla, sólo tomó el dinero y alzó el vuelo. Se concentró en manipular las cosas para confeccionar, a modo, un perfil de ficticia estabilidad para un par de años, a sabiendas de que, a partir del tercero, la caída no es solo abrupta, sino drástica.
El problema no sólo es el monto, ni los plazos de pago, ya que todos aquellos que han pasado por la cartera se han especializado en patear el tema lo más lejos que pueden, sino el hecho de que a todo mundo queda claro que no existe fuente de pago identificado por emisión, colocación o rubro de deuda, esto es, no sólo se violentó el texto constitucional, sino que se empeñó el prestigio nacional en la más loca aventura de financiación, sin tener la remota idea de qué podría pasar al momento de refinanciar los enormes caudales que fondearon el más grotesco populismo que hizo posible el presuntuoso, pero vano, éxito electoral. Las argumentaciones al respecto no pasan la prueba de la risa, como aquellas infaustas reuniones de Ramírez en la citi de Londres.
Si quienes desempeñaron funciones en los tres primeros niveles jerárquicos en la SHCP durante el sexenio pasado lo sabían, deben enfrentar a la justicia, bien aquí, en aquellos países a quienes se dejará de cubrir, en poco tiempo, los intereses. Con el tiempo habrá bimestres de mora, hasta que, finalmente, el deudor busque una urgente reestructura, al no contar con fondos para honrar lo adeudado, ni credibilidad para refinanciar. Otra vez, llegamos al funesto escenario de tener que elegir entre si se paga la deuda nacional, o sigue operando el gobierno. Todos esos funcionarios elaboraron, respaldaron y cursaron, con falsedad, reportes e informes financieros, lo cual, aquí y allá, está severamente penado. Se puede mentir mucho tiempo, y engañar a muchos, pero no para siempre.
Si tales personajes no tenían formación, ni preparación para aceptar los cargos, igualmente, deben tener claro que la presente gestión no tendrá otra más que echarles el guante, a alguien hay que endilgarle la culpa, máxime si se trata de quienes nos metieron en el mega lío en el que estamos como país deudor. No serán chivos expiatorios, sino legítimas primeras víctimas del enorme desfalco que registra el país en materia de finanzas públicas, el cual, por supuesto, no podrá seguir siendo ocultado por la banca de desarrollo, a la que le ha dado por multiplicar los panes, con cargo a la bóveda de la fantasía. Recursos fantasiosos que sólo existen en cuentas y balances, sin un efectivo respaldo. Le han prestado al gobierno el dinero que seguramente no podrá pagar, teniendo como único respaldo la pastosa y sólida saliva de sus funcionarios.
La bola de nieve sólo se hizo grande a lo largo de la gestión del macuspano. Jamás hubo una estrategia, ni mucho menos obras, proyectos o activos gubernamentales que permitieran suponer que la gestión oficial podría producir fondos para evitar que los estados financieros bancos de desarrollo, en algún momento, se vean como lo que son, balances de empresas quebradas, que sólo viven de la garantía soberana, misma que presta un gestor estatal fallido. Era preciso, políticamente, comprar la apariencia de que tabasqueño tenía aptitudes ejecutivas. Fue costoso comprar lo que no existe, ya que nada se encuentra al hurgar en los bolsillos.
Hay dos ideas que pueden ser benévolamente consideradas como ingenuas, o de manera realista, como estúpidas, una es la de medir la deuda como un porcentaje del PIB, y la otra, es la de que la capacidad de imponer impuestos resulta respaldo suficiente para servir cualquier monto de deuda, ya que los gobiernos encuentran en ella, dicen los crédulos, un activo de proporciones ilimitadas. Ésta segunda es real en cuanto a que no existen gobiernos en concurso mercantil o quiebra, como también lo es que los países que llegan a ese extremo, tras gravar ventanas, simplemente caen, dejando el paso a otro que pide la ciudadanía, así como a la comunidad financiera internacional, le brinde otra oportunidad para sacar al buey de la barranca. No importa cuánto se quiera decir que se debe como proporción del PIB, lo importante es cuánto dinero se tiene efectivamente libre o disponible presupuestalmente, para asumir nuevos empréstitos. No todos los PIB son iguales, y, sobre todo, no todos están igualmente comprometidos.