La exposición prolongada a jornadas de pie ha generado problemas de salud física para los trabajadores, como várices y fatiga crónica, mientras que las largas horas laborales han acentuado el estrés, el agotamiento y el burnout, especialmente tras la pandemia.
Otro aspecto clave en las nuevas regulaciones es la necesidad de conciliar la vida personal y laboral. México destaca internacionalmente por tener una de las jornadas más largas con baja productividad por hora, lo que afecta el desarrollo personal, el tiempo en familia y el cuidado de la salud. Una jornada más corta no implica menor productividad, sino mayor calidad de vida, una demanda especialmente fuerte entre las nuevas generaciones.
Lo “normal” hasta hace pocos años eran las dinámicas laborales que priorizaban la presencialidad por encima del cumplimiento de objetivos. Las largas jornadas eran un sinónimo de compromiso y la productividad se medía por horas trabajadas.
Desde nuestra cercanía con especialistas de recursos humanos, observamos cada vez con más claridad cómo las condiciones laborales influyen en los indicadores clave de las organizaciones: rotación, ausentismo, desempeño, satisfacción y clima organizacional. Y no se trata de dejar a un lado las necesidades del negocio y las exigencias del mercado, se trata más bien de comprender que las personas son el corazón de las empresas y tratarlas con respeto. Ofrecerles descanso y cuidar su salud es una estrategia de negocio inteligente y una garantía de éxito para cualquier organización.
La buena noticia es que cada vez somos más los trabajadores, líderes y empresas que estamos reconociendo que la dignidad y el bienestar son la base de una verdadera y sostenible productividad. La salud de las personas se vino a valorar más a raíz de la pandemia y muchas empresas en México ya trabajan bajo modelos centrados en el bienestar integral, comprendiendo que el progreso se mide en calidad de vida y resultados sostenibles en el tiempo.