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Maduro, Trump y la geopolítica electoral del 2026

Para Trump, la captura de Maduro funciona como un mensaje estratégico para recapturar el voto latino, neutralizando su rabia y furia por las deportaciones masivas.
mar 06 enero 2026 06:02 AM
Nicolás Maduro llega al tribunal de Nueva York para comparecer por primera vez tras su captura
El presidente derrocado de Venezuela, Nicolás Maduro, arribó en helicóptero a Manhattan y se trasladó a bordo de un vehículo blindado para dirigirse a su primera comparecencia en EU ante el juez de Distrito Alvin Hellerstein. (Foto: Emmanuel Rosalez / @journalero)

El año 2026 arranca con fuertes tirones geopolíticos. En América Latina, la captura de Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos sacude los equilibrios regionales. En Asia, Xi Jinping renovó su retórica de reunificación con Taiwán en su mensaje de Año Nuevo, apelando a lazos de “sangre y parentesco”, en un contexto marcado por maniobras militares chinas en torno a la isla, tras la reciente venta de armas de Washington a Taipéi. Mientras tanto, en Medio Oriente, las masivas protestas en Irán alimentan las especulaciones sobre un posible ataque sorpresa de Israel, en respuesta al papel de Teherán como potencia patrocinadora de grupos como Hamás, las milicias iraquíes y los hutíes en Yemen, todos considerados enemigos estratégicos de Tel Aviv, además de Hezbolá, cuyas ramificaciones alcanzan a América Latina vía el régimen de Venezuela.

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Estos movimientos reflejan una convulsión en los anillos de la seguridad entre las potencias centrales y sistémicas y reverberaciones en los poderes regionales. Todos buscan reafirmar sus esferas de influencia como potencias dominantes y consolidar sus posiciones probando su capacidad de autonomía en un contexto de descarnada competencia global. Mientras el mundo observa y reacciona, las relaciones de poder se están transformando, ahí están las negociaciones entre Trump y Putin para terminar la guerra en Ucrania, a favor de la potencia revisionista y enarbolando la división el mundo en áreas de influencia bajo el juego transaccional de la geopolítica. La cumbre de Alaska sugiere este giro y mensaje inequívoco: Estados Unidos prioriza el hemisferio occidental y su espacio más inmediato bajo el lema de “América para los Americanos”.

En este contexto, la madeja de la política internacional no se puede entender ni desentrañar completamente si perdemos de vista la pista electoral. Justamente los movimientos geopolíticos de Trump y Netanyahu están directamente condicionados por sus agendas internas: las elecciones intermedias de Estados Unidos en noviembre del 2026 y los comicios israelíes que deberán de celebrarse antes de octubre. Estos dos procesos actúan como los vectores que golpean el teatro de la geopolítica global. Para Trump, la captura de Maduro funciona como un mensaje estratégico para recapturar el voto latino, neutralizando su rabia y furia por las deportaciones masivas, la cancelación del Estatus de Protección Temporal (TPS) y la criminalización de los migrantes; mientras que Netanyahu corteja a los votantes israelíes con el uso de la fuerza y la retórica de la seguridad nacional ante un escenario electoral cada vez más competitivo, donde figuras como Neftali Bennett emergen como alternativas viables según las encuestas.

Hay que seguir el pulso electoral. El veredicto de las urnas también se convierte en un botín estratégico, del sufragio depende el acceso al poder político, el reparto presupuestal, la orientación de las políticas públicas y los castigos y recompensas para los actores en juego. Para el caso latinoamericano, el 2026 es un año sintomático. Se llevarán a cabo elecciones en Costa Rica, Perú, Colombia, Brasil y probablemente Haití bajo un clima marcado por la inseguridad, el crimen organizado trasnacional y la desconfianza institucional. Después de la intervención de Trump en las elecciones legislativas de Argentina y las presidenciales de Honduras, y de la victoria de Rodrigo Paz en Bolivia y José Antonio Kast en Chile, el péndulo político ha cambiado en América Latina, una mutación cimentada en las promesas de mano dura y orden como los nuevos predictores del voto ante la amenaza creciente de la criminalidad e inseguridad, bandera del conservadurismo y la extrema derecha.

En Colombia, este clima ha abierto espacio para el ascenso de figuras de extrema derecha como el abogado Abelardo de la Espriella, cuyo discurso conecta con una sociedad golpeada por la violencia y con una opinión pública que desaprueba el legado de Petro y busca alienarse más a Washington. En Brasil, la contienda se redefine tras la inhabilitación de Jair Bolsonaro, pero con su hijo Flávio Bolsonaro lanzando su precandidatura desde el Senado y con Tarcísio de Freitas, gobernador de São Paulo y exmilitar, perfilándose como una opción conservadora con mayor atractivo para sectores empresariales e institucionales. En ambos casos, las elecciones no solo decidirán gobiernos, sino el lugar que cada país ocupará en la disputa geopolítica regional y global.

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Todo ello se inscribe en el nuevo corolario trumpista de la Doctrina Monroe, ya incorporado en la Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos, que busca recuperar la hegemonía hemisférica reduciendo la influencia de China, Rusia e Irán y asegurando el acceso y control de insumos estratégicos, uno de los ejes centrales de la competencia entre grandes potencias. La misma captura de Maduro reafirma esta tesis, una carta abierta para el intervencionismo de Washington y la política exterior basada en los jugosos negocios y esferas de influencia.

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Nota del editor: Rina Mussali es analista internacional y miembro del Comexi. Síguela en X como @RinaMussali . Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente a la autora.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

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