Para lograrlo, el documento propone un Estados Unidos hegemónico y con liderazgo, pero sin ataduras o compromisos de acción colectiva; económicamente próspero pero con fronteras cerradas; militarmente fuerte pero sin alianzas estables; sin instituciones o principios multilaterales; donde tengan primacía los estados soberanos, “bien gobernados” y vinculados por redes personales (de actores “iliberales”); una dinámica política cargada de voluntarismo y sicofantes, afines a los intereses y valores de los Estados Unidos, dispuestos a aceptar la noción de America First como base de la política y la negociación. Esto es, en suma, una estrategia de seguridad oportunista y riesgosa, que descuida los efectos perversos que ello puede tener sobre otros actores estatales.
Es riesgosa porque, como sostiene Anne Applebalum, en su libro El ocaso de la democracia, alimenta la polarización y la nostalgia por un orden internacional más “simple” y un pasado que ya no existe. El mundo actual ya no es el de 1945, donde los Estados Unidos producían más del 50% de los bienes manufacturados del mundo, poseían 1/3 de las reservas de oro en sus arcas y gozaban del monopolio absoluto de la bomba atómica. La nueva estrategia ignora (demagógicamente) la realidad de la distribución de poder a nivel sistémico, la fragmentación geopolítica, la interdependencia y, sobre todo, la incapacidad de responder, unilateralmente a problemas como el cambio climático, el terrorismo, el desplazamiento forzado, etc.
Propone un orden basado en relaciones interpersonales, no en reglas, no en principios, sino en decisiones oportunistas, instintos y bandazos de líderes voluntaristas que distorsiona la realidad y genera incertidumbre, justo lo que sucedió en Europa en el periodo de entreguerras con el ascenso de regímenes totalitarios. Asume, también la posibilidad de alcanzar la paz y el equilibrio, mediante alianzas y contrapesos entre Estados poderosos. Justo lo contrario al orden construido por los Estados Unidos tras la segunda guerra mundial, donde el equilibrio era producto de acuerdos y compromisos de acción colectiva que incluían también a estados medianos y pequeños, y con costos de seguridad distribuidos.
Es un error pensar que, bajo este esquema, Estados Unidos asumiera, en solitario, el papel de policía mundial. Recordemos que mientras en 1956 Estados Unidos tenía que invertir el 40% de su PIB en defensa, hoy invierte 1/10, gracias a la arquitectura institucional multilateral de costos y responsabilidades compartidas. Y la red de organizaciones internacionales creadas para sostener tales acuerdos se financió con anuales, de todos sus miembros.