La Nueva Estrategia de Seguridad Nacional (NESN), recientemente publicada por la Casa Blanca, recupera la promesa del presidente Donald Trump, de alcanzar una nueva era de grandeza nacional, una tierra prometida donde la soberanía será recuperada y la seguridad reestablecida; una nueva edad de oro, en la que los Estados Unidos pronto será más grande y excepcional que nunca.
La estrategia de seguridad nacional de la Casa Blanca y el camino hacia la tierra prometida
Para lograrlo, el documento propone un Estados Unidos hegemónico y con liderazgo, pero sin ataduras o compromisos de acción colectiva; económicamente próspero pero con fronteras cerradas; militarmente fuerte pero sin alianzas estables; sin instituciones o principios multilaterales; donde tengan primacía los estados soberanos, “bien gobernados” y vinculados por redes personales (de actores “iliberales”); una dinámica política cargada de voluntarismo y sicofantes, afines a los intereses y valores de los Estados Unidos, dispuestos a aceptar la noción de America First como base de la política y la negociación. Esto es, en suma, una estrategia de seguridad oportunista y riesgosa, que descuida los efectos perversos que ello puede tener sobre otros actores estatales.
Es riesgosa porque, como sostiene Anne Applebalum, en su libro El ocaso de la democracia, alimenta la polarización y la nostalgia por un orden internacional más “simple” y un pasado que ya no existe. El mundo actual ya no es el de 1945, donde los Estados Unidos producían más del 50% de los bienes manufacturados del mundo, poseían 1/3 de las reservas de oro en sus arcas y gozaban del monopolio absoluto de la bomba atómica. La nueva estrategia ignora (demagógicamente) la realidad de la distribución de poder a nivel sistémico, la fragmentación geopolítica, la interdependencia y, sobre todo, la incapacidad de responder, unilateralmente a problemas como el cambio climático, el terrorismo, el desplazamiento forzado, etc.
Propone un orden basado en relaciones interpersonales, no en reglas, no en principios, sino en decisiones oportunistas, instintos y bandazos de líderes voluntaristas que distorsiona la realidad y genera incertidumbre, justo lo que sucedió en Europa en el periodo de entreguerras con el ascenso de regímenes totalitarios. Asume, también la posibilidad de alcanzar la paz y el equilibrio, mediante alianzas y contrapesos entre Estados poderosos. Justo lo contrario al orden construido por los Estados Unidos tras la segunda guerra mundial, donde el equilibrio era producto de acuerdos y compromisos de acción colectiva que incluían también a estados medianos y pequeños, y con costos de seguridad distribuidos.
Es un error pensar que, bajo este esquema, Estados Unidos asumiera, en solitario, el papel de policía mundial. Recordemos que mientras en 1956 Estados Unidos tenía que invertir el 40% de su PIB en defensa, hoy invierte 1/10, gracias a la arquitectura institucional multilateral de costos y responsabilidades compartidas. Y la red de organizaciones internacionales creadas para sostener tales acuerdos se financió con anuales, de todos sus miembros.
Y es verdad que algunas de estas organizaciones internacionales requieren ser reformadas, pues exhiben comportamientos burocráticos que las hacen ineficientes. Pero es discutible que su existencia amenace la seguridad o la soberanía de los Estados Unidos como sostiene este documento. Las organizaciones internacionales en las que Estados Unidos participa funcionan de conformidad con su Constitución, fueron firmados por presidentes legítimamente electos y ratificados por el Senado y carecen de atributos transnacionales para pasar por encima de las instituciones y atribuciones del gobierno federal.
Vamos, que la nueva estrategia de seguridad nacional es un anacronismo que busca liderazgo sin compromisos; que intenta resolver tensiones geopolíticas mediante la presencia del buen líder capaz de trazar o rectificar el rumbo; que se basa en relaciones personales capaces de trascender las diferencias ideológicas, que se propone un orden a favor de America First, que rechaza la realidad del poder y su distribución a nivel sistémico, que elimina los espacios de negociación y acuerdo multilateral, que deja abierta la puerta al oportunismo y el vasallaje y que no contempla las reacciones y los efectos perversos que ello puede generar en otros actores internacionales, pues basta preguntarse ¿qué pasará si todos los otros Estados siguen este mismo enfoque, oportunista, transaccional y sin compromisos?
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Nota del editor: Laura Zamudio González es profesora de tiempo completo del Departamento de Estudios Internacionales de la Universidad Iberoamericana, Ciudad de México. Escríbele a laura.zamudio@ibero.mx Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente a la autora.
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