Cada año, la llamada cuesta de enero reaparece en el debate público como si fuera una anomalía pasajera, un mal necesario tras los excesos decembrinos, un fenómeno psicológico amplificado por la resaca de gastos y los propósitos incumplidos; sin embargo, vista con mayor profundidad, la cuesta de enero es mucho más que un episodio cíclico del calendario financiero. Es, en realidad, un termómetro que revela tensiones estructurales en la economía, en los modelos de negocio y en la forma en que individuos y empresas gestionan el riesgo, el ingreso y las expectativas.
“La cuesta de enero”, un termómetro económico y cultural
Desde la perspectiva macroeconómica, enero suele concentrar ajustes inevitables, tales como aumentos de precios derivados de la inflación acumulada, actualizaciones fiscales, alzas en tarifas públicas y reacomodos salariales que rara vez compensan de inmediato el incremento del costo de vida.
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Dicho en otras palabras, para el consumidor promedio, esto se traduce en una pérdida temporal y, a veces, permanente, de poder adquisitivo; para el analista, en cambio, enero es un mes de sinceramiento, dado que los precios reflejan lo que el mercado ya no puede seguir postergando y los ingresos exhiben sus límites reales.
Pero reducir la cuesta de enero a una ecuación entre ingresos y gastos sería simplificar demasiado el fenómeno, puesto que hay un componente conductual clave, que es diciembre, el mes donde se relajan las restricciones, el crédito fluye, las promociones se multiplican y la narrativa del “lo merezco” domina la toma de decisiones. Enero, en contraste, es el mes donde llega la factura emocional y financiera, no porque el sistema “castigue” al consumidor, sino porque el modelo económico actual está diseñado para maximizar el gasto en momentos de alta carga simbólica y desplazar el ajuste para “después”.
En ese sentido, la cuesta de enero no es un accidente, sino una consecuencia lógica de cómo funcionan el comercio, el marketing y el crédito. Las compañías saben que el consumidor tolera mejor el endeudamiento cuando está envuelto en una narrativa aspiracional. Lo interesante es observar cómo, año con año, esta dinámica se mantiene incluso en contextos de alta inflación o bajo crecimiento, lo que sugiere que el problema no es sólo económico, sino cultural.
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Para las organizaciones, enero también es un mes revelador, es cuando se pone a prueba la solidez de la planeación financiera, la diversificación de ingresos y la capacidad de adaptación. Tenemos que los negocios que dependen excesivamente del pico de ventas de fin de año suelen enfrentar flujos de caja tensos en el primer trimestre; en cambio, aquellos con modelos más balanceados, ingresos recurrentes o estrategias de retención de clientes suelen navegar mejor este periodo.
Así, resulta que enero obliga a separar la narrativa del crecimiento de la realidad de la sostenibilidad. En un entorno donde durante años se privilegió el crecimiento a toda costa, la cuesta de enero funciona como un recordatorio incómodo pero necesario, del hecho que el capital no es infinito y la disciplina financiera importa.
Por ello, para el individuo, hablar de la cuesta de enero no debería limitarse a consejos de ahorro o a listas de buenos propósitos, toda vez que el verdadero valor está en entenderla como una señal. ¿Qué dice enero sobre nuestra relación con el dinero, el consumo y el crédito? ¿Qué revela sobre la fragilidad de nuestros ingresos o la rigidez de nuestros gastos?
Desde mi perspectiva, la conversación sobre la cuesta de enero debería evolucionar, en lugar de tratarla como un problema a “sobrevivir”, deberíamos verla como una oportunidad de diagnóstico. Para gobiernos, es un momento clave para evaluar el impacto real de sus políticas fiscales y salariales. Por su parte, para las corporaciones, un espacio para repensar su dependencia de la estacionalidad. Mientras que, para individuos, una invitación a cuestionar hábitos profundamente arraigados.
La cuesta de enero no desaparecerá pronto. Mientras existan ciclos de consumo intensivo, crédito fácil y ajustes postergados, este mes seguirá siendo un mes incómodo. Pero quizá el verdadero problema no sea la cuesta en sí, sino nuestra resistencia a aprender de ella. Porque al final, enero no nos dice nada nuevo, sólo nos recuerda, con crudeza, lo que decidimos ignorar el resto del año.
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Nota del eitor: Alba Yaneli Bello es jueza de distrito en retiro. Síguela en Instagram como @Lalicbello Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente a la autora.
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