En México, el interés por invertir ha crecido de forma sostenida. Datos de la Comisión Nacional Bancaria y de Valores (CNBV) muestran un aumento en el número de cuentas de inversión y en la participación del inversionista minorista, impulsado principalmente por plataformas digitales. El crecimiento, sin embargo, no ha venido acompañado de una mejora proporcional en el entendimiento financiero. El resultado es un mercado con más participantes, pero no necesariamente con mejores decisiones.
La evidencia internacional confirma este rezago. La Encuesta de Educación Financiera para Adultos (INFE) de la OCDE 2023, aplicada en 39 países, evaluó conocimientos, comportamientos y actitudes financieras, tanto tradicionales como digitales. Los ocho países de América Latina y el Caribe incluidos en el estudio se ubicaron en niveles iguales o por debajo del promedio global. Este dato es contundente: incluso con mayor acceso a productos financieros, la región sigue enfrentando una brecha estructural en la comprensión del riesgo y en la toma de decisiones informadas.
Este contexto ayuda a explicar por qué muchos inversionistas llegan al mercado con expectativas poco realistas. La narrativa de rendimientos rápidos, amplificada por redes sociales y recomendaciones simplificadas, ha desplazado conversaciones más incómodas, pero necesarias, sobre volatilidad, pérdida y disciplina. Invertir no es un atajo para resolver problemas financieros en el corto plazo, y tratarlo como tal suele tener consecuencias costosas.