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2026, el año para invertir con método, no con prisa

Quien no entiende cómo funcionan los mercados está condenado a reaccionar ante ellos. Y reaccionar, en un entorno volátil, rara vez es una estrategia sostenible.
mar 27 enero 2026 06:02 AM
inversión desde el celular
Democratizar la inversión no debería medirse solo por el número de cuentas abiertas, sino por la calidad de las decisiones que esas cuentas permiten tomar, apunta Catalina Clavé. (tdub303/Getty Images)

El inicio de un nuevo año suele venir acompañado de propósitos financieros: ahorrar más, invertir mejor, hacer crecer el patrimonio. Sin embargo, empezar 2026 invirtiendo no es solo una cuestión de calendario, sino de contexto. Hoy los mercados son más accesibles que nunca, pero también más complejos, más rápidos y más expuestos a decisiones impulsivas. Esta combinación ha generado una paradoja: nunca había sido tan fácil invertir y, al mismo tiempo, tan fácil hacerlo mal.

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En México, el interés por invertir ha crecido de forma sostenida. Datos de la Comisión Nacional Bancaria y de Valores (CNBV) muestran un aumento en el número de cuentas de inversión y en la participación del inversionista minorista, impulsado principalmente por plataformas digitales. El crecimiento, sin embargo, no ha venido acompañado de una mejora proporcional en el entendimiento financiero. El resultado es un mercado con más participantes, pero no necesariamente con mejores decisiones.

La evidencia internacional confirma este rezago. La Encuesta de Educación Financiera para Adultos (INFE) de la OCDE 2023, aplicada en 39 países, evaluó conocimientos, comportamientos y actitudes financieras, tanto tradicionales como digitales. Los ocho países de América Latina y el Caribe incluidos en el estudio se ubicaron en niveles iguales o por debajo del promedio global. Este dato es contundente: incluso con mayor acceso a productos financieros, la región sigue enfrentando una brecha estructural en la comprensión del riesgo y en la toma de decisiones informadas.

Este contexto ayuda a explicar por qué muchos inversionistas llegan al mercado con expectativas poco realistas. La narrativa de rendimientos rápidos, amplificada por redes sociales y recomendaciones simplificadas, ha desplazado conversaciones más incómodas, pero necesarias, sobre volatilidad, pérdida y disciplina. Invertir no es un atajo para resolver problemas financieros en el corto plazo, y tratarlo como tal suele tener consecuencias costosas.

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Por eso, antes de preguntarse “¿en qué invertir en 2026?”, la discusión debería empezar por cómo invertir. Definir objetivos claros, un horizonte de tiempo realista y una tolerancia al riesgo honesta es lo que permite distinguir entre invertir y especular. Sin este marco, cualquier instrumento —por sofisticado que sea— se convierte en una apuesta.

La educación financiera no es un accesorio ni una etapa que pueda omitirse. Es un elemento central del proceso. Quien no entiende cómo funcionan los mercados está condenado a reaccionar ante ellos. Y reaccionar, en un entorno volátil, rara vez es una estrategia sostenible.

Cuando el proceso está claro, entonces sí tiene sentido hablar del “en qué”. De cara a 2026, la conversación debería alejarse de la búsqueda de la oportunidad del momento y centrarse en la diversificación como principio básico de gestión de riesgo. Diversificar no es acumular activos sin lógica, sino distribuir el riesgo de forma deliberada y alineada con objetivos de largo plazo.

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Las acciones pueden ofrecer crecimiento, pero también están sujetas a ciclos y correcciones. Los instrumentos de renta fija pueden aportar estabilidad, aunque no están exentos de riesgos. La exposición internacional reduce la dependencia de una sola economía, pero exige entender variables externas. Incluso los instrumentos más complejos requieren un nivel de conocimiento que no todos los inversionistas tienen ni necesitan.

Datos del Inegi y de la Condusef muestran que una parte relevante de la población mexicana utiliza productos financieros sin comprender plenamente su funcionamiento. Esta brecha entre uso y entendimiento es uno de los principales obstáculos para una inclusión financiera real. Democratizar la inversión no debería medirse solo por el número de cuentas abiertas, sino por la calidad de las decisiones que esas cuentas permiten tomar.

La tecnología, por sí sola, no corrige este problema. Puede facilitar el acceso y la información, pero no sustituye el criterio. Sin educación, la tecnología solo acelera errores. Con educación, en cambio, puede convertirse en una herramienta poderosa para construir patrimonio de forma responsable.

Invertir mejor no es un propósito anual ni una moda pasajera. Es un proceso continuo que exige información, disciplina y visión de largo plazo. 2026 puede ser el año para empezar a invertir con método y dejar atrás la prisa.

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Nota del editor: Catalina Clavé es CEO de Webull México. Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente a la autora.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

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