Los semiconductores son la base de la electrónica moderna. Están en los vehículos, los dispositivos médicos, la automatización industrial, las telecomunicaciones, la defensa, los centros de datos, la inteligencia artificial y en prácticamente toda la infraestructura tecnológica que mueve al mundo. Por ello, cada vez más gobiernos, inversionistas y corporativos los consideran una industria crítica.
Sin embargo, en México, hablar de emprendimiento en semiconductores todavía parece un tema lejano, complejo e incluso inalcanzable. Esa percepción, desde mi punto de vista, tiene una causa principal: el desconocimiento.
Las cajas mágicas
A diferencia de otras industrias más fáciles de explicar al mercado, los semiconductores no son un producto de consumo directo. No se tocan, no se exhiben y, en la mayoría de los casos, el usuario final ni siquiera sabe que están ahí. Esa invisibilidad ha jugado en contra de la comprensión pública y empresarial del sector. Todavía hay una brecha importante entre la relevancia de esta industria y el nivel de entendimiento que existe sobre ella.
A esto se suma otra barrera frecuente: la idea de que se trata de una industria reservada para economías con capacidades financieras extraordinarias. Es verdad que el sector demanda inversiones elevadas, infraestructura especializada y talento técnico altamente calificado, pero reducir la conversación al tamaño del capital es una visión incompleta. La pregunta no es únicamente cuánto cuesta entrar, sino cuánto le costará a México quedarse fuera de una de las industrias más importantes del siglo XXI.
El reto mexicano no es solo financiero; también es cultural e institucional. Nuestro país ha desarrollado una base manufacturera robusta, sin embargo, no hemos consolidado con la misma fuerza una cultura de emprendimiento tecnológico industrial orientada a sectores estratégicos de alto valor agregado. Seguimos siendo competitivos, pero limitados en la ambición de construir industrias propias con mayor profundidad tecnológica.
Sin salida financiera
Desafortunadamente, además, en años recientes se debilitó parte de la estructura pública que ayudaba a impulsar el ecosistema emprendedor. La desaparición del Instituto Nacional del Emprendedor (INADEM) desconectó a los empresarios innovadores del circuito de financiamiento a startups, los venture capital funds. Esto ha dejado un vacío importante en industrias complejas como la de semiconductores, donde la articulación entre gobierno, academia, capital y empresa es indispensable.
Mientras México avanza con cautela, otros países han hecho exactamente lo contrario: convertir los semiconductores en prioridad nacional. Taiwán es el ejemplo más evidente, pero no es el único. Corea del Sur, India, Vietnam, Malasia y Tailandia han fortalecido sus capacidades con una visión clara de largo plazo. Entendieron que esta industria no se desarrolla por accidente y que la ventaja no proviene solamente de fabricar, sino de construir ecosistemas completos.