En ese contexto, México tiene tres ventajas muy concretas para integrarse con fuerza a la manufactura de semiconductores (particularmente en back-end: empaque, ensamble, prueba, así como en manufactura vinculada), aprovechando su vecindad con el mayor polo de demanda tecnológica del planeta: Estados Unidos. No se trata de romanticismo industrial, se trata de tiempos, costo de oportunidad y velocidad comercial.
1) Nearshoring/reshoring: recortar semanas en un mundo que cobra por día
El nearshoring dejó de ser una palabra de moda cuando las disrupciones al comercio global durante la pandemia evidenciaron cuán concentrada está la capacidad de producción. Un reporte del Congreso de EE. UU (Semiconductors: U.S. Industry, Global Competition, and Federal Policy). documenta que, en 2021, la mayor parte de la capacidad de manufactura de semiconductores se ubicaba en China (21%), Taiwán (19%), Corea del Sur (17%) y Japón (16%), mientras que EE. UU. concentraba el 11%.
La implicación logística es directa: el tiempo físico y operativo para mover componentes, materiales y producto terminado se vuelve una variable estratégica. Como referencia, las rutas de carga marítima desde Shanghái a Los Ángeles suelen estimarse en rangos de 27–36 días (“reglas de dedo” de 30–40 días para el transporte marítimo China–EE. UU. se reflejan de forma consistente en las guías del sector logístico).
México no elimina la complejidad de la fabricación de semiconductores, pero sí reduce drásticamente el tramo “lento” de la cadena: acercar etapas críticas a Norteamérica significa menos inventario en tránsito, menos capital inmovilizado y una respuesta más inmediata a la demanda real.
2) Flexibilidad: cuando el valor no es producir, sino ajustar
En semiconductores, la flexibilidad no es un nice to have: es margen. Cambios de mix, prioridades del cliente y sustitución de componentes suceden con una frecuencia mayor a la que aceptan los calendarios oceánicos. Aquí la vecindad pesa, la cercanía geográfica y los husos horarios compatibles permiten iteraciones operativas y comerciales con menor fricción.
Además, hay un dato que suele pasarse por alto, la cadena del semiconductor es, por diseño, multinacional. El mismo reporte del Congreso estadounidense señala que un chip puede cruzar fronteras hasta 70 veces durante su proceso productivo. En una cadena así, la flexibilidad se vuelve una ventaja estructural cuando reduces distancia y la necesidad de coordinación. Cada cruce “cuesta” tiempo, coordinación y riesgo; por eso la proximidad a clientes y socios críticos se traduce en competitividad.