La industria global de los semiconductores volvió a poner un hecho incómodo en el centro de la conversación: la tecnología más estratégica del siglo XXI depende de cadenas de suministro largas, concentradas y, por lo tanto, vulnerables. El mercado sigue creciendo. World Semiconductor Trade Statistics (WSTS), una organización global que representa a la gran mayoría de las empresas del sector, proyecta que en 2025 alcanzará un valor de 700.9 mil millones de dólares y en 2026 superará los 760.7 mil millones. La pregunta ya no es solo quién puede fabricar, sino quién puede responder más rápido y con menos riesgo a necesidades cada vez más sofisticadas.
Semiconductores. Tres ventajas competitivas de México
En ese contexto, México tiene tres ventajas muy concretas para integrarse con fuerza a la manufactura de semiconductores (particularmente en back-end: empaque, ensamble, prueba, así como en manufactura vinculada), aprovechando su vecindad con el mayor polo de demanda tecnológica del planeta: Estados Unidos. No se trata de romanticismo industrial, se trata de tiempos, costo de oportunidad y velocidad comercial.
1) Nearshoring/reshoring: recortar semanas en un mundo que cobra por día
El nearshoring dejó de ser una palabra de moda cuando las disrupciones al comercio global durante la pandemia evidenciaron cuán concentrada está la capacidad de producción. Un reporte del Congreso de EE. UU (Semiconductors: U.S. Industry, Global Competition, and Federal Policy). documenta que, en 2021, la mayor parte de la capacidad de manufactura de semiconductores se ubicaba en China (21%), Taiwán (19%), Corea del Sur (17%) y Japón (16%), mientras que EE. UU. concentraba el 11%.
La implicación logística es directa: el tiempo físico y operativo para mover componentes, materiales y producto terminado se vuelve una variable estratégica. Como referencia, las rutas de carga marítima desde Shanghái a Los Ángeles suelen estimarse en rangos de 27–36 días (“reglas de dedo” de 30–40 días para el transporte marítimo China–EE. UU. se reflejan de forma consistente en las guías del sector logístico).
México no elimina la complejidad de la fabricación de semiconductores, pero sí reduce drásticamente el tramo “lento” de la cadena: acercar etapas críticas a Norteamérica significa menos inventario en tránsito, menos capital inmovilizado y una respuesta más inmediata a la demanda real.
2) Flexibilidad: cuando el valor no es producir, sino ajustar
En semiconductores, la flexibilidad no es un nice to have: es margen. Cambios de mix, prioridades del cliente y sustitución de componentes suceden con una frecuencia mayor a la que aceptan los calendarios oceánicos. Aquí la vecindad pesa, la cercanía geográfica y los husos horarios compatibles permiten iteraciones operativas y comerciales con menor fricción.
Además, hay un dato que suele pasarse por alto, la cadena del semiconductor es, por diseño, multinacional. El mismo reporte del Congreso estadounidense señala que un chip puede cruzar fronteras hasta 70 veces durante su proceso productivo. En una cadena así, la flexibilidad se vuelve una ventaja estructural cuando reduces distancia y la necesidad de coordinación. Cada cruce “cuesta” tiempo, coordinación y riesgo; por eso la proximidad a clientes y socios críticos se traduce en competitividad.
3) Rapidez de calificación e ingeniería: time-to-market como arma competitiva
La tercera ventaja es la más subestimada: la velocidad para calificar nuevos productos y de ejecutar corridas de ingeniería capaces de estimar tiempos y procesos. La innovación hoy se mide en ciclos cortos; ganar mercado depende de llegar, corregir y escalar la producción antes que todos los demás jugadores. Y eso exige una mayor proximidad entre los equipos de diseño, las áreas de calidad, el área de manufactura y el cliente.
Si el mercado global ya rebasó los 600,000 millones de dólares anuales y continúa acelerándose, las empresas no solo pelearán a través de la capacidad operativa en una o varias sedes; pelearán por medio de la velocidad de aprendizaje. México puede ser el “acelerador” de esa curva de conocimiento en Norteamérica, al convertirse en un lugar donde probar, ajustar, validar y volver a correr —con menos fricción logística— para que el producto llegue a producción antes que la competencia.
La oportunidad es real, pero no automática. Convertir las ventajas relacionadas con la cercanía y la flexibilidad en industria requiere enfoque, talento técnico, infraestructura, certidumbre energética, permisos ágiles y un entorno de inversión que entienda que, en semiconductores, la velocidad también es una política industrial.
México ya tiene la geografía, lo que sigue es ejecutar una adaptación muy precisa a la cadena global de semiconductores, con disciplina y organización, de manera que la ventaja sea sostenible.
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Nota del editor: José Luis Jáuregui es docente de la Maestría en Innovación y Excelencia Operacional en CETYS Universidad. Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.
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