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¿De verdad entendemos el modelo económico de la IA en México?

La Inteligencia Artificial no sólo trae tecnología, trae un modelo económico implícito.
mié 08 abril 2026 06:04 AM
¿De verdad entendemos el modelo económico de la IA en México?
En México una parte importante del valor no se genera desde procesos estructurados, sino de la adaptación constante. Negocios que cambian su oferta según lo que se vende hoy. Decisiones que responden a señales culturales, sociales o incluso intuitivas, apunta Ilse Canela. (Foto: iStock)

Hemos comprado una narrativa cómoda: la Inteligencia Artificial (IA) va a redefinir la economía, la productividad se va a disparar y quien no aprenda a usarla se va a quedar atrás. En paralelo, también hemos encontrado cierto alivio en ideas como que los oficios manuales, como la plomería, según Geoffrey Hinton, será lo último en ser sustituido.

La conversación ha sido intensa, pero también superficial. Nos hemos concentrado en el qué: qué empleos desaparecen, qué herramientas usar, qué tan rápido avanzará. Pero casi no hemos cuestionado el desde dónde.

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Porque la IA no sólo trae tecnología, trae un modelo económico implícito.

El modelo que estamos importando

La promesa es clara: eficiencia, trazabilidad, decisiones racionales. Un mundo donde todo puede medirse, optimizar y escalar. Donde el crecimiento es consecuencia directa de mejores datos.

Tiene sustento, la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) evaluó el impacto de la IA en 26 países y uno de los hallazgos más citados es que un aumento del 1% en la inversión en IA se asocia con un incremento del 0.036% en el PIB global.

Un dato impactante, claro, pero engañoso para un contexto donde “lo ideal” no es el platillo de todos los días. No describe una economía específica, describe un promedio global construido sobre países donde el valor ya está estructurado, economías donde la IA no tiene que descubrir el orden, sólo optimizarlo.

Ahí la predicción sobre la IA funciona muy bien. En banca, por ejemplo, los modelos de riesgo pueden evaluar perfiles en segundos, reducir costos y mejorar decisiones, el crédito fluye más rápido, pero también se vuelve más estricto. Más eficiente no necesariamente significa más accesible.

El problema es asumir que ese mismo modelo se puede trasladar sin fricción.

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Lo que el modelo no alcanza a ver

En México una parte importante del valor no se genera desde procesos estructurados, sino de la adaptación constante. Negocios que cambian su oferta según lo que se vende hoy. Decisiones que responden a señales culturales, sociales o incluso intuitivas.

El problema aparece cuando intentamos medir esa lógica con herramientas diseñadas para otra, porque la IA mide lo que se puede estructurar, lo que no entra en ese modelo simplemente pierde claridad.

Un ejemplo claro es el crédito: Un sistema optimizado puede determinar que una persona no es sujeto de financiamiento porque no tiene historial o variables suficientes, pero esa misma persona puede generar flujo todos los días, sólo que no en un sistema reconocible.

Entonces, si ese modelo se adopta sin cuestionarlo, el resultado no es eficiencia, es exclusión de variables, de contexto, de entorno y de las economías invisibles.

La economía que podríamos empezar a borrar

Estamos frente a algo más que adaptación tecnológica, estamos frente a un choque de modelos. Si la IA se implementa bajo la lógica que hoy estamos importando, no sólo va a optimizar ciertos sectores, también va a redefinir qué cuenta como valor y qué queda fuera.

En un país que opera desde la adaptación, ¿cuál es la profundidad con la que podría afectar esto a México?

Pensemos en agricultura. Modelos entrenados con datos que pueden recomendar qué sembrar o cuándo, pero en contextos donde el clima cambia, el acceso al agua es irregular y las decisiones dependen de precios locales. Cuando los sistemas no revisan esto, tenemos la pérdida de una cosecha valiosa y de sustentos para muchas familias.

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Si lo legible es lo único que cuenta, en realidad estamos excluyendo y simplificando lo que nos distingue.

Pero entonces, ¿qué pasa con todo lo que no cabe en un modelo? ¿Deja de tener valor o simplemente deja de ser visible? ¿Quién decide qué cuenta como “riesgo” y qué como “oportunidad”? ¿Un sistema entrenado con datos que nunca ha entendido cómo realmente se mueve este país?

Si una persona genera ingresos todos los días, pero no en la forma “correcta”, ¿es menos viable o sólo menos medible? ¿Y cuántas decisiones vamos a empezar a justificar en nombre de la eficiencia sin cuestionar lo que estamos dejando fuera?

Porque si usamos estos modelos sin cuestionar sus supuestos, no solo vamos a mejorar procesos. Vamos a empezar a premiar lo que es fácil de medir y a desplazar lo que históricamente ha sostenido al país desde la adaptación, lo local y lo no del todo formal.

Y entonces la pregunta ya no es tecnológica. Es mucho más incómoda: ¿qué parte de nuestra economía estamos dispuestos a volver invisible para poder hacerla medible? ¿Y qué pasa el día que lo que no se puede medir deja de existir en las decisiones?

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Nota del editor: Ilse Canela es Chief Marketing Officer en Solucredit | Cofundadora y CMO en Imagina Lab. Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente a la autora.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

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