Lo llamativo es que, contando esas mismas herramientas, entendemos poco y discutimos aún menos otros fenómenos digitales que también operan a plena vista.
Hace unas semanas, durante un congreso de tecnología en Europa, una hacktivista alemana mostró cómo logró infiltrarse y desmantelar varios sitios de citas supremacistas blancos, vinculados a una plataforma conocida como el llamado Tinder para nazis. El acceso dejó al descubierto cerca de 100 GB de información. Perfiles, mensajes, fotos y posibles datos de pago. Información suficiente para reconstruir redes sociales, patrones geográficos y dinámicas internas de grupos extremistas.
El caso pasó rápido. No hubo debate sostenido ni análisis profundo. Y quizá ese silencio sea lo más revelador.
No se trata de falta de información ni de límites técnicos. Se trata de prioridades. La visibilidad no desaparece por censura; se diluye cuando deja de resultar conveniente. Cuando no produce retorno, cuando incomoda a los actores adecuados o cuando obliga a formular preguntas que no caben en un dashboard.
La rentabilidad como filtro
Hoy destinamos recursos, talento y sofisticación analítica a entender cómo consumimos, cómo compramos y cómo reaccionamos ante estímulos comerciales. En cambio, cuando se trata de mapear, entender y frenar estructuras de odio organizadas digitalmente, la atención se diluye. No porque no sea posible, sino porque no resulta igual de rentable.
La reacción frente al caso lo ilustra con claridad. El foco no estuvo en cómo operaban estas plataformas, quién las alojaba o por qué habían funcionado durante años sin fricción. La conversación se desplazó con rapidez hacia la privacidad de los usuarios expuestos. Un tema legítimo, sin duda, pero también como salida cómoda. El problema estructural quedó intacto.
Los sistemas de análisis digital no fueron concebidos para entender fenómenos sociales complejos. Se diseñaron para reducir incertidumbre económica, eficientar mercados y maximizar rendimiento. Todo lo demás queda en la línea casi invisible: lo difícil de monetizar, lo incómodo, lo que no tiene un dueño claro.
Por eso sabemos más sobre hábitos de consumo que sobre redes de radicalización. Tenemos lecturas detalladas de lo que compramos y apenas visibilidad fragmentada sobre dinámicas de odio que también utilizan plataformas, datos y tecnología para expandirse.