Tratamos la inclusión como cultura no como sistema
Escuchamos a los líderes repetir que es parte del ADN de la compañía, que es un compromiso institucional. Pero casi nunca partimos de una pregunta más simple y más estratégica: ¿qué retorno genera?
Si la definiéramos sin discursos, sería algo bastante operativo: crear condiciones para que vidas no lineales sigan siendo productivas. Maternidades, paternidades, cuidados familiares, tratamientos médicos, momentos de salud mental. La vida no es una línea recta, el talento tampoco.
Sin embargo, muchas organizaciones siguen evaluando compromiso por horas visibles, permanencia física o disponibilidad permanente. Eso no es gestión de desempeño, es inercia.
Y si no entra al sistema, termina rompiéndolo.
Lo que no se mide, se paga
Mientras la inclusión permanezca en la pared y no en el tablero financiero, seguirá siendo percibida como algo prescindible, pero su impacto no es simbólico.
Un estudio de McKinsey & Company, encontró que las empresas en el cuartil superior de diversidad de género en sus equipos ejecutivos tienen 25% más probabilidad de superar a sus competidores en rentabilidad.
Ahora miremos el costo interno. Cuando el sistema no permite que trayectorias no lineales sigan aportando, la consecuencia suele ser rotación. En México reemplazar a un mando medio senior puede costar entre 1.5 y 2 veces su salario anual, si consideramos búsqueda, transición y la curva de productividad.
No es un debate cultural, es dinero que se va.
El error estratégico de recortar lo que no entendemos
En los últimos años, diversas empresas han reducido presupuestos formales de diversidad e inclusión. Cuando el entorno aprieta, lo primero que sale es lo que no está vinculado a un número.
Ahí está el verdadero problema.