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Empatía, lo que estamos perdiendo sin darnos cuenta

En un entorno global polarizado, la empatía deja de ser un valor deseable y se convierte en una herramienta necesaria, no sólo para mejorar la convivencia, sino para evitar rupturas más profundas.
jue 09 abril 2026 06:00 AM
Empatía, lo que estamos perdiendo sin darnos
Sin empatía, el diálogo se convierte en confrontación, por ende, la negociación en imposición y los conflictos se vuelven más largos, más profundos y más difíciles de resolver, pero esta dinámica no empieza en las altas esferas del poder, realmente empieza en lo cotidiano, considera Rodrigo Villa. (Foto: iStock)

En esta tercera columna, quiero detenerme en algo que rara vez ocupa el centro de la conversación, pero que atraviesa todo: la empatía.

No es un concepto nuevo ni particularmente complejo. Todos sabemos, en teoría, lo que significa “ponerse en el lugar del otro”; “escuchar” y “comprender”, pero en la práctica, parece que cada vez tenemos menos disposición y menos capacidad para hacerlo.

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Vivimos en una época que premia la velocidad sobre la reflexión, donde reaccionar es más importante que entender; donde opinar se ha vuelto más valioso que escuchar. En ese contexto, la empatía no solo se debilita: se vuelve incómoda.

Porque ser empático implica detenerse. Implica cuestionar nuestras propias certezas y aceptar que el otro, incluso cuando piensa distinto, puede tener razones que no vemos desde nuestra posición y eso, hoy, no es lo más fácil.

La falta de empatía no es sólo un problema individual. Es un fenómeno social que se refleja en cómo discutimos, en cómo trabajamos, en cómo convivimos y, cada vez más, en cómo se toman decisiones a nivel global.

Cuando la empatía se reduce, la complejidad también. Todo se simplifica en bandos: correcto o incorrecto, aliado o enemigo, nosotros o ellos. Este tipo de pensamiento puede ser eficiente para movilizar, pero es profundamente limitado para construir.

Hoy más que nunca, vemos cómo en algunos líderes políticos, esta ausencia se vuelve evidente. Muchas tensiones internacionales no solo responden a intereses económicos o estratégicos, sino a la incapacidad de entender el contexto del otro; de reconocer su historia, sus miedos, sus prioridades.

Sin empatía, el diálogo se convierte en confrontación, por ende, la negociación en imposición y los conflictos se vuelven más largos, más profundos y más difíciles de resolver, pero esta dinámica no empieza en las altas esferas del poder, realmente empieza en lo cotidiano.

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Empieza en cómo respondemos a alguien que piensa distinto; en cómo reaccionamos ante una opinión que nos incomoda; en la facilidad con la que reducimos a las personas a etiquetas en lugar de intentar comprender sus matices, hasta en las simples y evidentes diferencias con las que convive un peatón, un ciclista y un conductor.

La empatía no es un rasgo automático, en realidad es algo que se aprende, se construye, se refuerza e incluso se puede perder. Se forma en espacios donde se fomenta la escucha, donde se permite la duda, donde se reconoce la diferencia sin convertirla en amenaza, pero también se debilita en entornos donde se premia la certeza absoluta, la respuesta inmediata y la superioridad moral…eso es algo que estamos viendo cada vez más.

El problema no es que existan diferencias, sino que hemos perdido la capacidad de convivir con ellas.

Recuperar la empatía no significa estar de acuerdo con todo. Significa entender antes de juzgar; reconocer que la realidad no es única ni lineal, que hay múltiples formas de ver el mundo, y que ignorarlas no las hace desaparecer.

En un entorno global cada vez más polarizado, la empatía deja de ser un valor deseable y se convierte en una herramienta necesaria, no sólo para mejorar la convivencia, sino para evitar rupturas más profundas.

Porque sin empatía, lo que se rompe no es sólo el diálogo, es la posibilidad misma de construir algo en común. Tal vez la verdadera expansión de conciencia no está en tener más información, sino en desarrollar una mayor capacidad de comprensión.

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En un mundo que nos empuja constantemente a tomar posición, quizá el mayor acto de inteligencia y de valentía sea hacer una pausa e intentar entender. No para ceder, no para justificar, sino simplemente para ver.

Porque en esa capacidad de ver al otro, en toda su complejidad, se juega mucho más de lo que creemos. Se juega, en gran medida, el tipo de sociedad y mundo que estamos construyendo.

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Nota del editor: Rodrigo Villa es mexicano, ingeniero industrial de profesión. Emprendedor en distintos dominios: construcción y remodelaciones, publicidad exterior, marketing digital, consultoría semiótica, ha desarrollado proyectos entre México y Francia, expansión internacional y adaptación cultural. Actualmente reside en Francia, como fundador de Association Impulsa, en iniciativas de apoyo al emprendimiento latinoamericano con perspectiva intercultural. Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

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