Vivimos en una época que premia la velocidad sobre la reflexión, donde reaccionar es más importante que entender; donde opinar se ha vuelto más valioso que escuchar. En ese contexto, la empatía no solo se debilita: se vuelve incómoda.
Porque ser empático implica detenerse. Implica cuestionar nuestras propias certezas y aceptar que el otro, incluso cuando piensa distinto, puede tener razones que no vemos desde nuestra posición y eso, hoy, no es lo más fácil.
La falta de empatía no es sólo un problema individual. Es un fenómeno social que se refleja en cómo discutimos, en cómo trabajamos, en cómo convivimos y, cada vez más, en cómo se toman decisiones a nivel global.
Cuando la empatía se reduce, la complejidad también. Todo se simplifica en bandos: correcto o incorrecto, aliado o enemigo, nosotros o ellos. Este tipo de pensamiento puede ser eficiente para movilizar, pero es profundamente limitado para construir.
Hoy más que nunca, vemos cómo en algunos líderes políticos, esta ausencia se vuelve evidente. Muchas tensiones internacionales no solo responden a intereses económicos o estratégicos, sino a la incapacidad de entender el contexto del otro; de reconocer su historia, sus miedos, sus prioridades.
Sin empatía, el diálogo se convierte en confrontación, por ende, la negociación en imposición y los conflictos se vuelven más largos, más profundos y más difíciles de resolver, pero esta dinámica no empieza en las altas esferas del poder, realmente empieza en lo cotidiano.