La cuenta regresiva ha terminado y el balón finalmente rueda en nuestra casa. Mientras los ojos del mundo se posan sobre los estadios de México en el Mundial, mi mente inevitablemente se desvía de la cancha hacia los bastidores. Albergar el evento deportivo más grande del planeta no es solo un enorme orgullo nacional, es, fundamentalmente, la prueba de fuego más exigente para la infraestructura logística, de hospitalidad y de transporte de nuestro país.
Infraestructura digital, la prueba de fuego en el Mundial
Sin embargo, tras años de liderar estrategias de visibilidad y automatización en las cadenas de suministro de la región, sé que la verdadera prueba no se juega en el asfalto ni en las gradas. El éxito de un evento de esta escala y el legado económico que deje a largo plazo dependen de un factor invisible pero vital: una infraestructura digital de clase mundial. Un torneo global no solo mueve millones de aficionados, mueve un flujo descomunal de datos que exige redes robustas, resilientes y de ultra baja latencia.
La gestión de un Mundial es el reflejo maximizado de lo que resolvemos diariamente en las industrias de manufactura, comercio y logística. Imaginemos la sincronía milimétrica que se requiere en estos momentos: desde la trazabilidad de los suministros alimenticios que abastecen los estadios, hasta la gestión inteligente de inventarios en los comercios locales, pasando por la seguridad de los accesos y la movilidad urbana. Cada computador móvil que escanee los boletos, cada tableta de una terminal de pago, cada cámara de visión inteligente en los centros de distribución logística y cada suministro que identifica los grandes volúmenes de productos que viajarán de un lado a otro, forman parte de un ecosistema que exige visibilidad en tiempo real.
Para mí, esta fiesta deportiva debe ser el catalizador para acelerar la madurez tecnológica del país. La tecnología de captura de datos, el cómputo móvil y la automatización inteligente ya no son herramientas exclusivas para hacer más eficiente un almacén o una línea de producción; hoy son la columna vertebral que permite tomar decisiones en el milisegundo en que ocurren los eventos, evitando cuellos de botella que empañen la experiencia de un país anfitrión.
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El gran riesgo estructural es ver este despliegue tecnológico como un esfuerzo temporal o un simple "gasto de producción" para el torneo. Las inversiones en redes privadas, informática de borde (edge computing) y digitalización de procesos no deben desmontarse cuando se entregue la última copa. Las capacidades que hoy se ponen a prueba para asegurar que una playera oficial llegue a las manos de un aficionado a tiempo son exactamente las mismas que mañana requerirán nuestras pymes para integrarse con éxito a las cadenas de valor globales del nearshoring.
Por ello, el verdadero triunfo para México ocurrirá cuando el silbatazo final marque el cierre del torneo, pero las autopistas digitales que construimos se queden operando a su máxima capacidad. El reto convoca tanto al sector público —en la facilitación de espectro y certidumbre jurídica para las telecomunicaciones— como a la iniciativa privada, que debe capitalizar este impulso para digitalizar hasta el último eslabón de sus operaciones comerciales e industriales.
México tiene el talento, la capacidad de manufactura avanzada y la vitrina global perfecta para demostrar de qué está hecho.
El marcador final de este evento no se medirá en goles, sino en nuestra capacidad para transformar un momento de entretenimiento masivo en un salto cuántico de competitividad industrial. Aprovechemos los reflectores del mundo para consolidar el sistema nervioso digital que el país necesita. Al final del día, los campeonatos pasan, pero las naciones que aprenden a mover sus datos con la misma velocidad, precisión y estrategia con la que se mueve un balón en la cancha, son las que se quedan con el futuro.
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Nota del editor: Ernesto Hernández es VP y Gerente General para México de Zebra Technologies. Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.
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