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Un puñado de pasto del Azteca

El Mundial no creó mi amor por el futbol. Lo confirmó. Y sería para toda la vida.
Un puñado de pasto del Azteca
Vista general del Estadio Ciudad de México el 2 de junio de 2026. (Foto: Hector Vivas/Getty Images)

Para Santiago y los inquisidores.

Hay estadios que albergan partidos de futbol, y hay estadios que se convierten, por unos momentos de la historia, en el centro del mundo. En el verano de 1986, el Estadio Azteca no era simplemente un estadio de futbol. Era un volcán. Un mar. Un ser vivo preparándose para hacer erupción.

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El 31 de mayo de 1986, mientras más de 114,000 personas llenaban las tribunas del Estadio Azteca y millones más seguían por televisión la inauguración del Mundial de México, yo caminaba sobre la cancha más famosa del país. Tenía 13 años y participaba del improbable privilegio de formar parte de aquella ceremonia. Representaba a la Unión Soviética en el desfile de naciones participantes, aunque mi relación con la URSS se limitaba casi exclusivamente al uniforme blanco con vivos rojos que portaba ese día. La asignación para participar en dicha ceremonia había sido completamente aleatoria. Fui elegido por pertenecer al sistema de selecciones nacionales juveniles que entrenaba en el Centro de Capacitación y porque, simplemente, estábamos ahí, a la mano. Así, durante las dos semanas previas al inicio del torneo, ensayé cada tarde junto con el resto de los participantes dentro del Azteca.

Mi única conexión real con la Unión Soviética era menos profunda de lo que uno pudiera imaginar. Mi tío, profesor de Sociología en la Universidad Autónoma Metropolitana me había suscrito al Boletín de la Embajada de la URSS y la publicación llegaba puntualmente cada mes a mi casa. Nunca leí los artículos políticos, pero devoraba las páginas deportivas. Sabía más de futbol soviético—Dasaev, Blokhin, Lobanovsky—que de política o economía soviética.

El uniforme me lo entregaron la noche anterior a la ceremonia. Me quedaba perfectamente, aunque pensé que, si seguía creciendo tan rápido como entonces, pronto me quedaría pequeño. El día de la inauguración era un día nublado, típico del verano templado de la Ciudad de México, así que no sentía calor ni frío. Pero sí sentía algo extraño: estaba a punto de representar a un país del que solo conocía a sus futbolistas.

México en 1986 vivía una contradicción poderosa. El país atravesaba la llamada “década perdida”: inflación disparada, devaluaciones, desempleo creciente y una economía golpeada por la caída de los precios del petróleo. Las familias de clase media como la mía vivían entre la incertidumbre y el deterioro económico. Y, además, apenas unos meses antes, el terremoto del 19 de septiembre de 1985 había destruido varias zonas de la Ciudad de México y dejado heridas psicológicas profundas. Hubo incluso momentos en que se dudó que el Mundial pudiera celebrarse en México.

Pero ahí estaba precisamente la magia del futbol.

El Mundial se había convertido en un símbolo de recuperación nacional. No solo política y social, sino emocional. Durante un mes, el país parecía querer olvidar el miedo y reencontrarse consigo mismo. Las calles se llenaron de banderas, llegaron periodistas y aficionados extranjeros, y la televisión—se transmitieron todos los partidos eliminatorios de todo el mundo—convirtió el torneo en una especie de religión colectiva. Debido a esas transmisiones de los partidos clasificatorios desde tierras cercanas y remotas, yo aprendía geografía gracias al futbol: países, capitales, banderas, climas, regiones, selecciones nacionales.

Durante las dos semanas previas al torneo ensayamos todas las tardes dentro del Azteca. Marchábamos alrededor de la cancha una y otra vez, tratando de perfeccionar el paso y la coordinación. Los ensayos duraban alrededor de dos horas diarias.

Al principio, el estadio parecía gris.

Vacío, el Azteca intimidaba de otra manera. Parecía un gigantesco tsunami de concreto congelado en el tiempo. Poco a poco, mientras repetíamos nuestra coreografía bajo los cielos nublados de mayo, el estadio comenzó a transformarse frente a nuestros ojos.

Las banderas de los países miembros de la FIFA aparecieron cerca del techo y también en la fachada exterior. Los trabajadores instalaron el nuevo sistema de sonido: una extraña estructura blanca suspendida sobre el centro de la cancha, parecida a una gigantesca espiral de ADN, que proyectaba una sombra con forma de araña sobre el césped.

Y luego estaban las piñatas.

Enormes piñatas tradicionales mexicanas, plateadas y multicolores, colgaban del techo del estadio. Habían sido diseñadas para abrirse durante la ceremonia inaugural y cubrir el Azteca con papel brillante triturado. Solo se utilizarían dos veces: en la inauguración y en la final. Incluso a los 13 años entendía que se estaba preparando algo formidable.

El césped mismo se volvió parte del ritual.

La cancha había sido resembrada con una mezcla especial de semillas para darle al césped el aspecto de los campos europeos y proporcionar la mejor superficie de juego posible. Pero las lluvias previas al torneo impidieron que el pasto terminara de afianzarse, y estaba prohibido pisarlo durante los ensayos. El día antes de la inauguración realizaron el corte final del césped, formando aquellas figuras romboidales en dos tonos de verde que parecían hechas con regla y escuadra. El olor a pasto recién cortado invadía todo el estadio.

Recuerdo haber robado secretamente un puñado de ese pasto después del último ensayo.

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Me lo llevé a casa en una bolsa de plástico transparente y lo conservé durante semanas, quizás meses, como una reliquia. Con el tiempo perdió el color, pero no el significado.

Los ensayos, en sí, no tenían música. Todo ocurría en fragmentos: los bailarines folklóricos en un horario, los abanderados del calcio storico fiorentino en otro, luego los niños que marchábamos representando países, y así sucesivamente. Las piezas de la ceremonia no se unieron verdaderamente sino hasta el día de la inauguración. Y cuando llegó ese día, el 31 de mayo de 1986, el Azteca dejó de parecer una obra en construcción y se convirtió en algo vivo.

El país entero vibraba de expectativa. Había entrenamientos abiertos, autobuses transportando selecciones nacionales por varias ciudades del país, periodistas extranjeros por todas partes. Pero la verdadera explosión llegó aquella mañana nublada cuando entramos al túnel que conducía hacia la cancha.

En aquel tiempo, el túnel de salida a la cancha desembocaba detrás de una de las porterías. Y jamás olvidaré lo que sentí al atravesarlo.

Durante los ensayos, el interior del túnel había sido silencioso. Pero ese día parecía un tianguis dominical. Bailarines, organizadores, niños, banderas, disfraces, gente de televisión, gritos, cables, confusión, emoción. En algún momento, un joven jugador italiano de cabeza rapada salió de uno de los vestidores y al observar el alboroto dijo: "Mamma mia". Era Gianluca Vialli, el número 20 de la selección italiana, años antes de convertirse en figura de la Juventus y de la Squadra Azzurra.

Y entonces llegó el momento.

Caminamos hacia la luz al final del túnel y, de pronto, el mundo se abrió.

Primero llegó el ruido.

No exactamente el sonido, sino la presión. Un rugido tan profundo y continuo que se parecía a lo que uno escucha al ponerse un caracol de mar junto al oído, solo que multiplicado cien veces. El tsunami gris de concreto que había conocido durante dos semanas se había convertido en un océano humano, colorido y ensordecedor.

Y luego estaban los rostros.

Eso fue lo que más me impresionó. Desde la cancha se podía distinguir cada cara. Cada expresión. Uno podía identificar personas individualmente en las tribunas. El estadio no se sentía distante del campo; se sentía aterradoramente cercano. Pensé en los futbolistas que tendrían que jugar ahí próximamente. No había dónde esconderse. Era un escenario sin bambalinas, sin backstage. No existía la cuarta pared o, mejor dicho, todos los flancos eran la cuarta pared. Si no tenías el valor de actuar, el estadio te devoraba.

Fue exactamente en ese instante cuando comprendí lo que Luis de Llano —el organizador de la ceremonia inaugural—había tratado de explicarnos la noche anterior, cuando nos reunió para hablarnos de la importancia internacional del evento. Mientras emergíamos del túnel pensé:

“Dios mío. El momento llegó. El mundo entero nos está viendo.”

Marchábamos tratando de mantener la formación, pero las distracciones estaban por todas partes. La multitud gritaba constantemente. Cuando pasamos frente a la barra argentina— compuesta por varios elementos con aspecto de pertenecer más a un reclusorio que a una cancha de futbol—nos recibieron, a la falsa delegación soviética, gritándonos “¡Comunistas de mierda!” e “¡Hijos de puta!”. A los 13 años aquello me pareció menos amenazante que surrealista. Sería justamente ese grupo el que terminaría celebrando la mayor alegría de ese Mundial, de la mano de Diego Armando Maradona.

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Maradona llegó a México siendo humano y salió convertido en dios.

La primera vez que lo vi fue fuera del estadio, después del partido inaugural entre Italia y Bulgaria. Nos cruzamos con la selección argentina cerca de la salida donde los padres debían recogernos. Maradona llevaba una gorra blanca con el escudo de la AFA, tratando de pasar inadvertido, pero incluso así había algo inconfundible en él: bajo de estatura, enormemente fuerte, con el pecho y las piernas como troncos de roble, caminando rápido y con los brazos ligeramente abiertos, como un luchador entrando al ring. Cerca estaban Batista, Borghi, Burruchaga, Valdano y todos los demás.

Cuando terminó nuestra participación en la ceremonia inaugural, nos acomodaron en unos asientos detrás de una de las porterías. Entonces Italia y Bulgaria saltaron a la cancha. Hablaron dirigentes de la FIFA. Apareció el presidente de México y fue abucheado de manera estruendosa por el público, recordándonos que los estadios de futbol nunca están completamente separados de la política. Después de eso, el Mundial quedó oficialmente inaugurado.

Italia y Bulgaria empataron 1-1. Ambos goles ocurrieron frente a portería en la que nosotros estábamos ubicados, primero anotó Altobelli y, casi al final del juego, Sirakov de un magistral cabezazo decretó el resultado final.

Después del partido, mi padre me recogió afuera de uno de los túneles del estadio. Caminamos hasta casa, en medio de una algarabía generalizada. Vivíamos apenas a 20 minutos del Azteca. No recuerdo demasiado de esa caminata porque emocionalmente yo seguía dentro del estadio. Durante dos semanas había visto cómo el Azteca se transformaba en el centro del universo futbolístico y, de alguna manera, sabía que lo que acababa de vivir permanecería conmigo para siempre.

El Mundial no creó mi amor por el futbol. Lo confirmó. Y sería para toda la vida.

Tener a los mejores jugadores del mundo jugando literalmente en el patio de mi casa hizo que el futbol se sintiera cercano, alcanzable. Como si los dioses no estuvieran tan lejos después de todo.

He vuelto muchas veces al Azteca desde entonces. Nada se compara con aquella inauguración. Por azares del destino, y eludiendo los obscenos precios de la FIFA, el próximo 11 de junio volveré otra vez al Azteca, esta vez como espectador, para otra ceremonia inaugural de un Mundial en ese estadio majestuoso que se encuentra apenas a veinte minutos caminando de la casa de mis padres.

Y sospecho que cuando las luces del estadio se enciendan y la multitud vuelva a rugir como el mar, una parte de mí volverá a convertirse en aquel niño de 13 años que llevaba escondido en una bolsa de plástico un puñado de pasto robado del Azteca, convencido de que algo verdaderamente grande está a punto de suceder.

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Nota del editor: Julio A. González es economista y escritor mexicano. Ha trabajado en temas de desarrollo económico, infraestructura y política pública en América Latina y actualmente colabora con organismos internacionales. Estudió en Columbia University y en la London School of Economics. Sus textos literarios exploran la memoria, la ciudad, el futbol y las intersecciones entre vida cotidiana e historia. Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

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