El 31 de mayo de 1986, mientras más de 114,000 personas llenaban las tribunas del Estadio Azteca y millones más seguían por televisión la inauguración del Mundial de México, yo caminaba sobre la cancha más famosa del país. Tenía 13 años y participaba del improbable privilegio de formar parte de aquella ceremonia. Representaba a la Unión Soviética en el desfile de naciones participantes, aunque mi relación con la URSS se limitaba casi exclusivamente al uniforme blanco con vivos rojos que portaba ese día. La asignación para participar en dicha ceremonia había sido completamente aleatoria. Fui elegido por pertenecer al sistema de selecciones nacionales juveniles que entrenaba en el Centro de Capacitación y porque, simplemente, estábamos ahí, a la mano. Así, durante las dos semanas previas al inicio del torneo, ensayé cada tarde junto con el resto de los participantes dentro del Azteca.
Mi única conexión real con la Unión Soviética era menos profunda de lo que uno pudiera imaginar. Mi tío, profesor de Sociología en la Universidad Autónoma Metropolitana me había suscrito al Boletín de la Embajada de la URSS y la publicación llegaba puntualmente cada mes a mi casa. Nunca leí los artículos políticos, pero devoraba las páginas deportivas. Sabía más de futbol soviético—Dasaev, Blokhin, Lobanovsky—que de política o economía soviética.
El uniforme me lo entregaron la noche anterior a la ceremonia. Me quedaba perfectamente, aunque pensé que, si seguía creciendo tan rápido como entonces, pronto me quedaría pequeño. El día de la inauguración era un día nublado, típico del verano templado de la Ciudad de México, así que no sentía calor ni frío. Pero sí sentía algo extraño: estaba a punto de representar a un país del que solo conocía a sus futbolistas.
México en 1986 vivía una contradicción poderosa. El país atravesaba la llamada “década perdida”: inflación disparada, devaluaciones, desempleo creciente y una economía golpeada por la caída de los precios del petróleo. Las familias de clase media como la mía vivían entre la incertidumbre y el deterioro económico. Y, además, apenas unos meses antes, el terremoto del 19 de septiembre de 1985 había destruido varias zonas de la Ciudad de México y dejado heridas psicológicas profundas. Hubo incluso momentos en que se dudó que el Mundial pudiera celebrarse en México.
Pero ahí estaba precisamente la magia del futbol.
El Mundial se había convertido en un símbolo de recuperación nacional. No solo política y social, sino emocional. Durante un mes, el país parecía querer olvidar el miedo y reencontrarse consigo mismo. Las calles se llenaron de banderas, llegaron periodistas y aficionados extranjeros, y la televisión—se transmitieron todos los partidos eliminatorios de todo el mundo—convirtió el torneo en una especie de religión colectiva. Debido a esas transmisiones de los partidos clasificatorios desde tierras cercanas y remotas, yo aprendía geografía gracias al futbol: países, capitales, banderas, climas, regiones, selecciones nacionales.
Durante las dos semanas previas al torneo ensayamos todas las tardes dentro del Azteca. Marchábamos alrededor de la cancha una y otra vez, tratando de perfeccionar el paso y la coordinación. Los ensayos duraban alrededor de dos horas diarias.
Al principio, el estadio parecía gris.
Vacío, el Azteca intimidaba de otra manera. Parecía un gigantesco tsunami de concreto congelado en el tiempo. Poco a poco, mientras repetíamos nuestra coreografía bajo los cielos nublados de mayo, el estadio comenzó a transformarse frente a nuestros ojos.
Las banderas de los países miembros de la FIFA aparecieron cerca del techo y también en la fachada exterior. Los trabajadores instalaron el nuevo sistema de sonido: una extraña estructura blanca suspendida sobre el centro de la cancha, parecida a una gigantesca espiral de ADN, que proyectaba una sombra con forma de araña sobre el césped.
Y luego estaban las piñatas.
Enormes piñatas tradicionales mexicanas, plateadas y multicolores, colgaban del techo del estadio. Habían sido diseñadas para abrirse durante la ceremonia inaugural y cubrir el Azteca con papel brillante triturado. Solo se utilizarían dos veces: en la inauguración y en la final. Incluso a los 13 años entendía que se estaba preparando algo formidable.
El césped mismo se volvió parte del ritual.
La cancha había sido resembrada con una mezcla especial de semillas para darle al césped el aspecto de los campos europeos y proporcionar la mejor superficie de juego posible. Pero las lluvias previas al torneo impidieron que el pasto terminara de afianzarse, y estaba prohibido pisarlo durante los ensayos. El día antes de la inauguración realizaron el corte final del césped, formando aquellas figuras romboidales en dos tonos de verde que parecían hechas con regla y escuadra. El olor a pasto recién cortado invadía todo el estadio.
Recuerdo haber robado secretamente un puñado de ese pasto después del último ensayo.