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Cuando un país vuelve a encontrarse

Cuando observamos a millones de personas emocionarse al mismo tiempo, compartir símbolos comunes y reconocerse mutuamente, entendemos que no estamos hablando únicamente de futbol.
Cuando un país vuelve a encontrarse
El Mundial no resolvió nuestros problemas, pero sí nos recordó algo profundamente valioso: todavía somos capaces de sentirnos parte del mismo país, considera Nina Mayagoitia. (Foto: Hector Quintanar/Getty Images)

Durante las últimas semanas hemos compartido una experiencia poco común: sentirnos parte de algo más grande que nosotros mismos.

La Copa del Mundo ha generado imágenes que trascienden lo deportivo. Familias reunidas frente a una pantalla, desconocidos celebrando juntos y conversaciones espontáneas entre personas que quizá no coinciden en casi nada más. Por unos días, pareciera que el país encontró una pausa en medio del ruido cotidiano.

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He leído a muchas personas, conocidas y desconocidas, en distintos idiomas, describir una sensación similar. Como si el mundo entero hubiera tomado un respiro de la polarización, las tensiones y las divisiones que han marcado buena parte de nuestra época.

En México, esa sensación adquiere una dimensión particular.

Vivimos tiempos complejos. La inseguridad, la incertidumbre, la desigualdad y la desconfianza suelen ocupar buena parte de la conversación pública. Por eso, cuando observamos a millones de personas emocionarse al mismo tiempo, compartir símbolos comunes y reconocerse mutuamente, entendemos que no estamos hablando únicamente de futbol.

Estamos hablando de identidad. De orgullo. De pertenencia.

Y también de algo que rara vez ocupa los titulares, pero que resulta indispensable para el desarrollo de cualquier sociedad: la capacidad de convivir.

La convivencia suele verse como una consecuencia natural de la vida en comunidad, cuando en realidad es uno de sus activos más valiosos. Las sociedades más fuertes no son aquellas que carecen de diferencias, son las que han aprendido a procesarlas sin romper los vínculos que las mantienen unidas.

Lo mismo ocurre en las organizaciones.

Después de más de tres décadas trabajando en distintos sectores, he comprobado que los mejores resultados no nacen solamente del talento individual. Surgen cuando personas con experiencias, perspectivas e incluso opiniones opuestas son capaces de encontrar un propósito común que les permita construir juntas.

La confianza, la colaboración y el sentido de pertenencia no aparecen por generación espontánea. Se construyen. Requieren espacios de encuentro, experiencias compartidas y liderazgos capaces de recordarnos aquello que nos une por encima de aquello que nos separa.

Por eso el liderazgo tiene una responsabilidad que va mucho más allá de alcanzar resultados financieros o cumplir indicadores de desempeño.

Ya sea desde el sector público, privado, académico o social, liderar implica contribuir a la construcción de entornos donde las personas puedan encontrarse, escucharse y colaborar. Cuando las personas sentimos que pertenecemos, participamos más, confiamos más y estamos más dispuestas a construir soluciones colectivas.

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Quizá por eso estos días han resultado tan significativos.

Porque nos han recordado algo que a veces olvidamos: seguimos siendo capaces de reconocernos como parte de una misma comunidad.

Hace unos días leí una frase que se quedó conmigo: “¡Qué bonito te ves feliz, México!”.

Más allá de su sencillez, encierra una verdad poderosa. Hay algo profundamente esperanzador en ver a un país sonreír al mismo tiempo. En comprobar que todavía existen momentos capaces de generar orgullo compartido, conversación colectiva y una sensación genuina de cercanía entre personas que, en otras circunstancias, podrían sentirse muy lejanas unas de otras.

Por supuesto, cuando termine el Mundial, nuestros problemas seguirán ahí. Ningún evento deportivo resolverá los desafíos estructurales que enfrentamos como sociedad.

Pero sería un error minimizar lo que hemos vivido. Porque estos momentos nos recuerdan algo fundamental: la cohesión social también es una forma de capital. Un capital que fortalece la confianza facilita los acuerdos, robustece las instituciones y amplía nuestra capacidad para enfrentar los desafíos comunes.

En el mundo empresarial solemos hablar de capital financiero, infraestructura, tecnología o talento. Sin embargo, existe otro activo igualmente estratégico y mucho más difícil de construir: la confianza. La confianza entre personas, instituciones, organizaciones y comunidades es el cimiento sobre el que se construyen la colaboración, la innovación y el desarrollo sostenible. Cuando una sociedad pierde su capacidad de encontrarse, también pierde parte de su capacidad de crecer. Cuando la recupera, se abren posibilidades que van mucho más allá de lo económico.

En tiempos donde las diferencias suelen amplificarse más que las coincidencias, vale la pena recordar que una sociedad no se construye únicamente a partir de sus desacuerdos. También se construye desde aquello que decide compartir.

Ojalá que, cuando llegue la inevitable cruda mundialista, no olvidemos esta sensación. Que esta convivencia, este orgullo compartido y esta capacidad de encontrarnos no sean solamente un paréntesis emocional, sino un recordatorio de lo que somos capaces de construir cuando reconocemos que, antes que cualquier diferencia, compartimos un mismo destino.

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Porque el Mundial no resolvió nuestros problemas, pero sí nos recordó algo profundamente valioso: todavía somos capaces de sentirnos parte del mismo país.

Y quizá, en estos tiempos, ese recordatorio sea mucho más importante de lo que imaginamos.

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Nota del editor: Nina Mayagoitia es Vicepresidenta de Comunicación y Responsabilidad Social Constellation Brands
Síguela en LinkedIn . Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente a la autora.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

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