He leído a muchas personas, conocidas y desconocidas, en distintos idiomas, describir una sensación similar. Como si el mundo entero hubiera tomado un respiro de la polarización, las tensiones y las divisiones que han marcado buena parte de nuestra época.
En México, esa sensación adquiere una dimensión particular.
Vivimos tiempos complejos. La inseguridad, la incertidumbre, la desigualdad y la desconfianza suelen ocupar buena parte de la conversación pública. Por eso, cuando observamos a millones de personas emocionarse al mismo tiempo, compartir símbolos comunes y reconocerse mutuamente, entendemos que no estamos hablando únicamente de futbol.
Estamos hablando de identidad. De orgullo. De pertenencia.
Y también de algo que rara vez ocupa los titulares, pero que resulta indispensable para el desarrollo de cualquier sociedad: la capacidad de convivir.
La convivencia suele verse como una consecuencia natural de la vida en comunidad, cuando en realidad es uno de sus activos más valiosos. Las sociedades más fuertes no son aquellas que carecen de diferencias, son las que han aprendido a procesarlas sin romper los vínculos que las mantienen unidas.
Lo mismo ocurre en las organizaciones.
Después de más de tres décadas trabajando en distintos sectores, he comprobado que los mejores resultados no nacen solamente del talento individual. Surgen cuando personas con experiencias, perspectivas e incluso opiniones opuestas son capaces de encontrar un propósito común que les permita construir juntas.
La confianza, la colaboración y el sentido de pertenencia no aparecen por generación espontánea. Se construyen. Requieren espacios de encuentro, experiencias compartidas y liderazgos capaces de recordarnos aquello que nos une por encima de aquello que nos separa.
Por eso el liderazgo tiene una responsabilidad que va mucho más allá de alcanzar resultados financieros o cumplir indicadores de desempeño.
Ya sea desde el sector público, privado, académico o social, liderar implica contribuir a la construcción de entornos donde las personas puedan encontrarse, escucharse y colaborar. Cuando las personas sentimos que pertenecemos, participamos más, confiamos más y estamos más dispuestas a construir soluciones colectivas.