La situación actual muestra una brecha evidente entre la capacidad nacional de refinación y las necesidades del mercado interno. Las cifras citadas para mayo reflejan que la gasolina regular producida en México cubre apenas cerca de 45% del consumo, mientras que la gasolina premium depende casi por completo del exterior. El diésel bajo azufre, indispensable para el transporte de carga, la industria y el movimiento de mercancías, también requiere importaciones constantes. Esto significa que la compra de combustibles en el extranjero no es un recurso marginal ni temporal, sino un componente central del sistema energético mexicano. Sin esas importaciones, buena parte de la economía nacional enfrentaría interrupciones casi inmediatas.
El Sistema Nacional de Refinación es el centro de esta vulnerabilidad. Refinerías como Madero y Minatitlán superan el siglo de operación y funcionan con limitaciones propias de instalaciones muy antiguas. Salamanca, Tula, Cadereyta y Salina Cruz también cargan años de desgaste, rehabilitaciones parciales y modernizaciones insuficientes. Dos Bocas, aunque representa la incorporación más reciente, aún atraviesa una curva de aprendizaje y no ha demostrado una capacidad plena capaz de modificar por sí sola el balance nacional. En conjunto, las refinerías producen lo que técnicamente pueden, no lo que el país necesita. Esa diferencia se traduce en una dependencia estructural del exterior.
Cerrar la brecha exigiría un salto industrial enorme. México tendría que duplicar su producción de gasolinas, elevar de manera considerable la producción de diésel, operar sus refinerías a niveles de eficiencia que no han sostenido durante más de dos décadas y lograr que Dos Bocas y Deer Park aporten de forma constante al suministro. Además, aun bajo un escenario optimista, sería necesario ajustar la mezcla de crudos y probablemente importar crudo ligero para producir más combustibles de alto valor. La autosuficiencia, por tanto, no depende únicamente de voluntad política ni de inaugurar infraestructura, sino de resolver problemas técnicos, financieros, operativos y logísticos acumulados durante años.
La demanda nacional tampoco facilita el camino. El parque vehicular continúa creciendo entre 2.5% y 3% anual, impulsado por la expansión urbana, el uso intensivo del automóvil privado y las deficiencias del transporte público. Aunque los motores son cada vez más eficientes, esa mejora no compensa el aumento del número de vehículos. A ello se suma que el transporte de carga, base de la logística nacional, depende casi totalmente del diésel. Mientras el consumo se expande, la capacidad de producción se mantiene estancada o limitada por la edad de las instalaciones. La ecuación es clara: si México consume más y no logra producir mucho más, las importaciones seguirán siendo indispensables.
La transición energética aparece como una posible salida, pero avanza lentamente. Los vehículos eléctricos aún representan una proporción mínima del parque vehicular, inferior al 2%, y la infraestructura de carga es insuficiente para sostener una adopción acelerada. Las ciudades mexicanas no están preparadas para una electrificación masiva y el transporte pesado todavía no cuenta con alternativas equivalentes al diésel en autonomía, costo y disponibilidad. Por ello, la electrificación llegará de manera gradual y convivirá durante décadas con los motores de combustión interna. La gasolina podría perder peso hacia 2050, pero no desaparecerá por completo; el diésel podría permanecer incluso hasta 2060 o más, según la evolución tecnológica.
En este escenario, las refinerías seguirán siendo necesarias, aunque muchas se acercan al límite de su vida útil. Una refinería suele operar entre 40 y 60 años con rehabilitaciones mayores, pero varias plantas mexicanas ya superaron ampliamente esos rangos. Modernizarlas requeriría inversiones cuantiosas y, en algunos casos, reconstrucciones profundas. Sin una renovación de gran escala, su eficiencia no aumentará de manera sustancial. Dos Bocas puede contribuir al suministro futuro, pero no basta para sustituir un sistema completo diseñado en el siglo XX. México enfrenta así una decisión compleja: invertir en refinación, acelerar la transición tecnológica o aceptar una dependencia prolongada de las importaciones.