Publicidad
Revista Digital
Publicidad

Estados Unidos explota su poder fósil

El caso de Estados Unidos demuestra que una estrategia energética coherente puede redefinir la posición global de un país. La energía no solo acompaña al poder: en el contexto actual, lo determina.
Estados Unidos explota su poder fósil
Mientras diversas regiones enfrentan incertidumbre por conflictos, sanciones, interrupciones logísticas y presiones sobre la seguridad energética, Estados Unidos aparece como uno de los proveedores más confiables y flexibles del sistema internacional, apunta Ramses Pech. (Foto: iStock)

En la arquitectura del poder global, Estados Unidos se ha afirmado como una potencia energética decisiva: un país que no solo abastece mercados, sino que también reordena correlaciones de fuerza mediante el control del suministro, la infraestructura y el acceso a la energía.

En poco más de una década, pasó de ser un importador vulnerable para consolidarse como una potencia exportadora de petróleo crudo, gas natural y productos refinados. Ese cambio no fue accidental. Fue el resultado de una estrategia basada en inversión, tecnología, infraestructura y una comprensión clara de que la energía no es solo un negocio, sino una herramienta de poder económico, industrial y geopolítico.

Publicidad

Hoy, mientras diversas regiones enfrentan incertidumbre por conflictos, sanciones, interrupciones logísticas y presiones sobre la seguridad energética, Estados Unidos aparece como uno de los proveedores más confiables y flexibles del sistema internacional. Su fortaleza no depende únicamente de extraer hidrocarburos, sino de controlar cadenas de valor, puertos, ductos, terminales, capacidad de refinación y acceso a mercados estratégicos.

Esa combinación le permite responder con rapidez a las crisis y, al mismo tiempo, utilizar la renta fósil para financiar nuevas capacidades productivas, ampliar su infraestructura industrial, fortalecer su petroquímica, sostener el crecimiento de los centros de datos y posicionarse en tecnologías futuras como la energía nuclear modular e incluso la fusión. En ese sentido, la energía en Estados Unidos dejó de ser un sector aislado para convertirse en un eje estructural de su influencia global. Los datos recientes refuerzan esta realidad.

Entre enero y mayo de 2026, las exportaciones energéticas estadounidenses generaron 146.5 mil millones de dólares, muy por encima de los 87.5 mil millones registrados en el mismo periodo de 2025. El salto fue de 67%, una cifra que confirma no solo mayor volumen exportado, sino una mejor capacidad para capturar valor en un entorno internacional tensionado. De ese total, 55,000 millones provinieron del petróleo crudo, 33.5 mil millones del gas natural y 58 mil millones de productos refinados.

Esto revela una ventaja central: Estados Unidos no depende de una sola molécula ni de un solo mercado. Su fortaleza descansa en una plataforma exportadora diversificada, capaz de colocar gasolina, diésel, turbosina, gas por ducto y gas natural licuado, según las necesidades del mercado. Esa amplitud le da resiliencia frente a cambios en precios, rutas o demanda regional. El cierre del Estrecho de Ormuz a finales de febrero de 2026 mostró con claridad por qué esa capacidad es decisiva. Por esa zona transitaba una parte crítica del comercio marítimo mundial de petróleo y gas natural licuado, de modo que su interrupción alteró precios, seguros, logística y decisiones de compra en múltiples países.

Muchas economías enfrentaron aumentos abruptos en sus costos energéticos y tensiones en el abasto. Estados Unidos, en cambio, respondió incrementando sus exportaciones y alcanzando niveles históricos en los envíos de crudo durante abril y mayo. Lejos de debilitarse por la crisis, reforzó su papel como proveedor de equilibrio para Europa, Asia y América. Esa respuesta fue posible gracias a una base construida durante años: el desarrollo del shale, la perforación horizontal, la fractura hidráulica, la expansión de ductos y terminales, y la integración de un sistema energético con gran capacidad de adaptación.

El gas natural representa otro pilar fundamental de esta consolidación. Estados Unidos no solo produce más gas del que consume; además, construyó una plataforma exportadora que le permite colocar ese recurso en distintas regiones y convertirlo en una palanca de influencia económica. Entre enero y mayo de 2026, el gas natural licuado generó 26,000 millones de dólares, mientras que el gas exportado por gasoducto aportó otros 7.5 mil millones. Europa absorbió cerca de la mitad del GNL estadounidense y México concentró la mayor parte del flujo por ducto. Con proyectos como Plaquemines y Golden Pass, la capacidad exportadora seguirá expandiéndose, fortaleciendo la posición de Estados Unidos como abastecedor estratégico para aliados y socios comerciales.

México ocupa un lugar central dentro de esa dinámica, aunque desde una posición claramente dependiente. Diversas estimaciones públicas de 2026 ubican la dependencia mexicana del gas natural importado desde Estados Unidos entre 70% y 75% del consumo nacional. Ese suministro sostiene buena parte de la generación eléctrica y del aparato manufacturero del país. Sin embargo, también implica una vulnerabilidad estructural: una disrupción climática en Texas, un ajuste regulatorio o una alteración logística del lado estadounidense puede trasladarse rápidamente a México en forma de presión sobre precios, disponibilidad de gas o confiabilidad eléctrica. La relación, por tanto, es interdependiente, pero no simétrica.

Publicidad

Estados Unidos vende una molécula estratégica desde una posición de fortaleza; México la compra porque su producción interna, almacenamiento e infraestructura siguen siendo insuficientes. La diferencia de fondo entre ambos países está en la visión estratégica. Estados Unidos entendió hace tiempo que la energía debía integrarse a su política industrial, su seguridad nacional y su proyección internacional. Por eso abrió espacios a la inversión, estimuló la innovación tecnológica, mantuvo marcos regulatorios relativamente estables y aceleró la conexión entre producción, transporte, refinación y exportación.

México, en contraste, no ha logrado articular una estrategia que le permita aprovechar plenamente sus recursos fósiles. Su producción petrolera continúa bajo presión, su refinación mantiene rezagos estructurales y su dependencia del gas importado aumenta al mismo tiempo que crece la demanda eléctrica e industrial. Esa fragilidad reduce el margen de maniobra del país y lo vuelve más sensible a choques externos. La expansión de las exportaciones energéticas estadounidenses también refleja su capacidad para adaptarse a un entorno mundial cambiante.

Entre enero y mayo de 2026, Europa compró 54.6 mil millones de dólares en energía estadounidense, Asia 39.1 mil millones y las Américas 42.6 mil millones. Países como Países Bajos, Corea del Sur y México figuran entre los principales destinos. Esto confirma que la energía de Estados Unidos ya no es solo una mercancía: es una herramienta de posicionamiento internacional, una garantía parcial de estabilidad para socios estratégicos y una palanca diplomática que trasciende a América del Norte. En un mundo marcado por guerras, sanciones y competencia por seguridad de suministro, quien dispone de energía, infraestructura, financiamiento y acceso a mercados posee una forma concreta de poder.

Hacia adelante, todo indica que esta tendencia continuará. La capacidad exportadora de gas natural seguirá creciendo conforme entren en operación nuevos trenes de licuefacción, y la demanda mexicana probablemente aumentará por la expansión del consumo eléctrico y manufacturero. Incluso si la producción de crudo enfrentara variaciones moderadas, la robustez de la infraestructura y del sistema financiero estadounidense le da capacidad para amortiguar riesgos y sostener su dominio en segmentos clave del mercado energético.

Por ello, el caso de Estados Unidos demuestra que una estrategia energética coherente puede redefinir la posición global de un país. La energía no solo acompaña al poder: en el contexto actual, lo determina.

_____

Nota del editor: Ramses Pech es analista de la industria de energía y economía. Es socio de Caraiva y Asociados-León & Pech Architects. Síguelo en X y/o en LinkedIn . Las opiniones en esta columna pertenecen exclusivamente al autor.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

Publicidad

Newsletter

Únete a nuestra comunidad. Te mandaremos una selección de nuestras historias.

Publicidad

Publicidad