México ha construido durante más de tres décadas una de las relaciones comerciales más exitosas del mundo con Estados Unidos. Gracias a ella consolidó una plataforma manufacturera altamente competitiva, atrajo inversión extranjera, desarrolló cadenas de suministro de enorme complejidad y fortaleció sectores industriales que hoy representan millones de empleos. Todo eso está bien, y explica buena parte del crecimiento exportador del país.
Pero también es cierto que ningún éxito está exento de riesgos.
Más de cuatro quintas partes de las exportaciones mexicanas siguen dirigidas al mercado estadounidense. Mientras esa relación permanezca estable, la concentración ofrece enormes ventajas. El problema aparece cuando factores ajenos a la economía comienzan a modificar las condiciones bajo las cuales opera ese intercambio. Una elección presidencial, una revisión comercial, un conflicto geopolítico, un “tweet” o un cambio de prioridades industriales pueden alterar, en cuestión de días, un entorno que durante años pareció inamovible.
Por eso considero que la entrada en vigor de la adhesión del Reino Unido al Tratado Integral y Progresista de Asociación Transpacífico (CPTPP) merece analizarse desde una perspectiva distinta. La eliminación de aranceles para el 99% de los bienes comercializados entre ambos países no representa únicamente una buena noticia para quienes exportan. Representa, sobre todo, un recordatorio de que México necesita ampliar su margen de maniobra comercial antes de que las circunstancias lo obliguen a hacerlo.
La diferencia es importante.
No estamos hablando de sustituir al mercado estadounidense. Nadie que conozca la integración productiva de Norteamérica plantearía algo semejante. Estamos hablando de reducir una concentración que, desde cualquier lógica financiera, comenzaría a considerarse un factor de riesgo.
Las empresas entienden perfectamente ese principio. Diversifican proveedores para evitar interrupciones en la producción. Diversifican fuentes de financiamiento para disminuir vulnerabilidades. Diversifican inversiones para proteger su patrimonio. Resulta sorprendente que las economías no siempre apliquen la misma disciplina cuando administran sus mercados de exportación.
La experiencia reciente ofrece razones suficientes para hacerlo. La pandemia demostró la fragilidad de las cadenas globales de suministro. Las tensiones comerciales entre las principales economías modificaron rutas de producción que parecían permanentes. Más recientemente, el debate en torno al futuro del T-MEC recordó que incluso los acuerdos comerciales más sólidos están sujetos a decisiones políticas que ningún exportador mexicano puede controlar.
Ese es precisamente el punto que merece mayor atención.