Anteriormente la estabilidad financiera cotidiana dependía principalmente de sucursales, tarjetas, cheques o efectivo. Hoy depende cada vez más de sistemas de autenticación digital que operan a través de dispositivos móviles. La transición ocurrió tan rápido que prácticamente nadie la discutió, simplemente nos acostumbramos.
Nos acostumbramos a validar operaciones mediante códigos enviados al teléfono, a recuperar contraseñas mediante mensajes, a confirmar transferencias con la huella digital. Nos acostumbramos a que el teléfono funcionara como una extensión de nuestra identidad financiera.
Cuidado. Hoy existe la posibilidad de perder acceso a esa herramienta, y descubrimos el tamaño de nuestra dependencia.
La relevancia del tema va mucho más allá de la telefonía. Lo que está en juego es la resiliencia de una economía que avanza aceleradamente hacia la digitalización financiera.
México ha impulsado durante años la inclusión financiera mediante aplicaciones móviles, pagos electrónicos y banca digital. El avance es positivo. Ha permitido incorporar a millones de personas al sistema financiero formal y reducir barreras de acceso que antes parecían inevitables.
Sin embargo, la evolución tecnológica también obliga a formular nuevas preguntas. ¿Qué ocurre cuando el acceso al sistema financiero depende de un único mecanismo de autenticación? ¿Qué tan preparados están los usuarios, las instituciones financieras y las autoridades para enfrentar interrupciones, errores administrativos, fraudes o vulnerabilidades asociadas con esa dependencia?
La experiencia internacional muestra que la digitalización financiera no consiste únicamente en crear más servicios digitales. También implica fortalecer esquemas de protección de datos, mecanismos alternativos de validación de identidad y sistemas capaces de garantizar continuidad operativa cuando una pieza de la infraestructura falla.
Y hoy el teléfono móvil ya forma parte de esa infraestructura.
No se trata únicamente de registrar una línea telefónica. Se trata de entender hasta qué punto el teléfono se convirtió en una pieza crítica de la arquitectura financiera del país y hasta qué punto, millones de personas dependemos de él para administrar nuestro patrimonio, realizar pagos o acceder a nuestros propios recursos.