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No toda fricción merece ser automatizada

La inteligencia artificial puede elevar la eficiencia de las empresas, pero también reducir las oportunidades para desarrollar pensamiento crítico, criterio y capacidad de decisión.
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La inteligencia artificial puede acelerar la producción de respuestas, pero desarrollar criterio todavía requiere cuestionar, contrastar información y tomar decisiones. (Foto: iStock)

La promesa de la inteligencia artificial es difícil de resistir: hacer más, en menos tiempo y con menos esfuerzo. Y, en muchos casos, ya lo está logrando. Pero hay una tensión que empieza a hacerse visible. Pese a cerca de 40,000 millones de dólares de inversión empresarial en inteligencia artificial generativa, 95% de las organizaciones estudiadas no había logrado todavía un impacto medible en sus beneficios (MIT Project NANDA, 2025). Otro estudio, con cerca de 6,000 ejecutivos, encontró que 89% no observaba impacto en la productividad laboral de sus empresas (NBER, 2026). Quizá deberíamos prestar más atención a qué estamos dejando de hacer nosotros a medida que la IA hace más por nosotros.

Durante décadas hemos perseguido la eliminación de fricción como principio de eficiencia. Menos pasos, menos tiempo, menos esfuerzo. Tiene sentido cuando esa fricción proviene de burocracia, reuniones innecesarias, reprocesos o tareas mecánicas. El problema es asumir que toda fricción es mala. Pensar también genera fricción. Cuestionar una respuesta, construir un argumento, enfrentar posiciones distintas o tomar una decisión con información incompleta requiere esfuerzo. Una mayor confianza en la inteligencia artificial está asociada con un menor ejercicio de pensamiento crítico (Microsoft Research y Carnegie Mellon University, 2025). Con la IA, parte de nuestro trabajo deja de ser producir una respuesta y pasa a ser evaluar la que recibimos. Pero evaluar bien también requiere criterio, y ese criterio necesita desarrollarse.

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Cuando esto se repite en cientos o miles de personas, el riesgo deja de ser individual. Una investigación reciente advierte sobre una posible erosión colectiva de capacidades como el juicio, el pensamiento crítico y la originalidad (BCG, 2026). Podemos acelerar el trabajo y, al mismo tiempo, debilitar nuestra capacidad para hacerlo bien sin ayuda. La velocidad, por sí sola, no garantiza mejores decisiones.

El riesgo quizá sea todavía mayor en quienes apenas están desarrollando esas capacidades. Investigar, preparar un primer análisis, escribir un borrador, descomponer un problema en sus partes o presentar una recomendación imperfecta pueden parecernos tareas ideales para automatizar. Pero también son el campo de entrenamiento donde se desarrolla el criterio. Cuando la IA absorbe ese trabajo, quienes están comenzando su carrera pueden perder parte de la práctica que les permite desarrollar criterio (BCG, 2026). Equivocarse también es parte de ese entrenamiento. Intentar algo, fallar, recibir feedback, corregir y volver a hacerlo construye experiencia. No todo error es desperdicio; algunos son parte del aprendizaje. Si eliminamos demasiado pronto ese recorrido, podríamos conseguir analistas mucho más productivos hoy y estar formando peores ejecutivos para mañana. ¿De dónde saldrá el juicio senior si automatizamos el camino que permitía desarrollarlo?

Por eso necesitamos empezar a distinguir entre dos tipos de fricción. Hay una fricción destructiva, que consume capacidad humana sin aportar valor: burocracia, retrabajo, falta de claridad, poca coordinación entre áreas, procesos absurdos, información que hay que perseguir o reuniones que nadie necesitaba. Esa deberíamos combatirla con mejores decisiones, procesos y formas de trabajar, utilizando la IA cuando realmente pueda ayudarnos. Pero existe también una fricción de valor: ese momento incómodo en el que todavía no tenemos la respuesta y nos toca pensar; cuestionar una idea, defender una posición, escuchar un argumento contrario o hacernos responsables de una decisión. Esa fricción no reduce necesariamente el desempeño. En muchos casos, lo construye.

La pregunta para los líderes, entonces, cambia. Además de preguntarnos qué más podemos automatizar, necesitamos decidir qué conviene seguir haciendo nosotros, incluso cuando la IA pueda hacerlo por nosotros. Y también tendremos que revisar una expectativa que empieza a instalarse: si la IA puede producir algo en segundos, nosotros deberíamos poder responder con la misma velocidad. La IA ha reducido el tiempo necesario para producir una respuesta. No necesariamente ha reducido el tiempo que necesitamos para pensar bien. El criterio necesita contraste, preguntas y, a veces, simplemente tiempo. Quizá un analista deba construir una primera hipótesis antes de consultar a la IA; quizá un equipo deba discutir una decisión antes de pedirle una recomendación; quizá ciertos borradores deban comenzar todavía con una página en blanco. En mi caso, muchas ideas todavía comienzan en una libreta.

El futuro del trabajo exige algo más que eliminar esfuerzo: exige decidir qué esfuerzo sigue valiendo la pena. Utilicemos la inteligencia artificial para eliminar aquello que desperdicia capacidad humana, pero tengamos cuidado de no eliminar también aquello que la desarrolla. Las organizaciones que aprendan a hacer esa distinción podrán capturar la eficiencia de la IA sin renunciar al criterio humano del que seguirán dependiendo.

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Nota del editor: Gabriel Figueroa es consultor, coach ejecutivo, facilitador y speaker especializado en liderazgo, transformación organizacional y Human Performance. Ha trabajado con líderes y organizaciones en más de 15 países. Es socio en E-Stratify, speaker para YPO, miembro del Directorio de Swisscham Ecuador y Alumni Accenture Alemania. Síguelo en LinkedIn .

Las ideas y opiniones expresadas en esta columna pertenecen exclusivamente al autor.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

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