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La ventaja que México tiene, y que Trump no puede medir en aranceles

La incertidumbre comercial eleva el costo de invertir y producir, mientras México puede aprovechar su infraestructura, proveeduría y cercanía con EU para atraer capital.
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La cercanía con Estados Unidos es una de las ventajas de México, pero la infraestructura y las cadenas de proveeduría también pesan al decidir dónde producir. (GUILLERMO ARIAS/AFP)

Una empresa que decide dónde fabricar no abre una hoja de cálculo y escribe solamente “arancel”. Suma transporte, energía, salarios, financiamiento, inventarios, tiempos de entrega, impuestos, cumplimiento regulatorio y riesgo cambiario. Después incorpora una variable mucho más difícil de medir; la posibilidad de que las reglas cambien mientras la inversión todavía está recuperándose. Y creo que es ahí donde reside una de las ventajas menos discutidas de México en la actual reconfiguración comercial de Norteamérica.

El contraste de las últimas semanas merece atención. México y Estados Unidos mantienen abierto su proceso de negociación y preparan una cuarta ronda para septiembre. La Secretaría de Economía reporta que 85 por ciento de las exportaciones mexicanas conserva arancel cero y que las conversaciones han incluido acero, aluminio, automóviles, fortalecimiento de cadenas regionales y sustitución de importaciones asiáticas.

Al norte de Estados Unidos, el escenario es muy distinto. Washington impuso nuevos aranceles de 50 por ciento sobre 27 mil 600 millones de dólares de mercancías canadienses; Ottawa suspendió las conversaciones y respondió con contramedidas equivalentes.

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No concluiría de ahí que México “ganó” y Canadá perdió. Los mercados industriales son bastante más complejos. Sí considero, sin embargo, que estamos viendo dos maneras distintas de enfrentar un mismo entorno proteccionista y que esa diferencia puede terminar influyendo en la asignación de capital.


Para un director financiero, un arancel de 10, 25 o 50 por ciento es costoso, pero tiene la virtud de que puede incorporarse al modelo. Se ajustan márgenes, precios, proveedores y escenarios de retorno. El problema financiero se vuelve más serio cuando la empresa desconoce qué tarifa enfrentará dentro de seis meses, qué contenido regional deberá cumplir o si una planta construida bajo determinadas reglas seguirá teniendo acceso preferencial al mercado que justificó la inversión.


La incertidumbre tiene precio…sólo que no aparece en la aduana.


Puede reflejarse en una tasa de descuento más alta, mayores inventarios de seguridad, contratos más cortos, coberturas adicionales o proyectos que exigen recuperar el capital en menos tiempo. Una compañía puede tolerar costos laborales superiores si gana previsibilidad; puede aceptar una tarifa moderada si reduce tiempos logísticos; incluso puede pagar más por energía si disminuye el riesgo de interrupción. Lo que difícilmente acepta durante mucho tiempo es no poder calcular cuánto costará producir mañana.


Ahí encuentro la oportunidad concreta para México.


La proximidad con Estados Unidos continúa siendo extraordinariamente valiosa, pero ya no basta con hablar de kilómetros. México tiene redes de proveedores, plantas, carreteras, ferrocarriles, cruces fronterizos, talento industrial y décadas de experiencia manufacturera integradas con el mercado estadounidense. Mover una cadena completa fuera del país implica mucho más que comparar salarios. Significa reconstruir relaciones comerciales, homologar proveedores, recalificar procesos, inmovilizar nuevo capital y asumir meses (a veces años) de ejecución.


Ese costo de sustitución puede resultar decisivo cuando los aranceles obligan a las empresas a revisar su mapa productivo.


La ventaja mexicana, por lo tanto, no debería consistir en celebrar que otro socio enfrenta mayores tarifas; sería una lectura demasiado limitada. El objetivo tendría que ser reducir el costo total de operar desde México justamente cuando otros mercados incrementan el suyo.

Eso exige disciplina, energía suficiente y predecible, infraestructura, seguridad, reglas fiscales comprensibles, permisos que no paralicen proyectos y certidumbre jurídica. Un país puede recibir una ventaja arancelaria y desperdiciarla si operar dentro de él se vuelve demasiado caro o impredecible.

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También obliga, evidentemente, a mirar con atención la revisión del TMEC. México y Estados Unidos han avanzado por una vía bilateral en asuntos sensibles, mientras temas como acero, aluminio y automóviles permanecen abiertos. El gobierno estadounidense, además, está insistiendo en fortalecer producción norteamericana y reducir el aprovechamiento del acuerdo por economías externas al tratado.

Para quien administra capital, esto significa que las reglas de origen y la profundidad de la proveeduría regional pueden terminar siendo tan importantes como el arancel nominal.

Desde mi experiencia, las mejores inversiones no siempre terminan en el lugar más barato, sino donde la relación entre costo, riesgo y rendimiento resulta más defendible durante años.

Y México no necesita convertirse en el país perfecto para aprovechar este momento. Necesita ser financieramente más conveniente que las alternativas y, sobre todo, suficientemente predecible para que una empresa pueda comprometer capital hoy sin preguntarse cada trimestre si tendrá que rehacer mañana toda su estructura de costos.

En una guerra comercial, los aranceles hacen más ruido, pero el capital suele decidir en silencio. Y casi siempre termina premiando al lugar donde puede calcular mejor el futuro.

Nota del editor: Manuel Herrejón Suárez (síguelo en X como @ManuelHerrejonS) es un empresario mexicano con más de dos décadas de experiencia en el sector bursátil y mercado cambiario, especialista en gestión de proyectos en el sector financiero. Es Licenciado en Derecho por la Universidad del Valle de México y Maestro en dirección de empresas para ejecutivos por el IPADE.

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Nota del editor: Manuel Herrejón Suárez (síguelo en X como @ManuelHerrejonS) es un empresario mexicano con más de dos décadas de experiencia en el sector bursátil y mercado cambiario, especialista en gestión de proyectos en el sector financiero. Es Licenciado en Derecho por la Universidad del Valle de México y Maestro en dirección de empresas para ejecutivos por el IPADE. Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

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