No concluiría de ahí que México “ganó” y Canadá perdió. Los mercados industriales son bastante más complejos. Sí considero, sin embargo, que estamos viendo dos maneras distintas de enfrentar un mismo entorno proteccionista y que esa diferencia puede terminar influyendo en la asignación de capital.
Para un director financiero, un arancel de 10, 25 o 50 por ciento es costoso, pero tiene la virtud de que puede incorporarse al modelo. Se ajustan márgenes, precios, proveedores y escenarios de retorno. El problema financiero se vuelve más serio cuando la empresa desconoce qué tarifa enfrentará dentro de seis meses, qué contenido regional deberá cumplir o si una planta construida bajo determinadas reglas seguirá teniendo acceso preferencial al mercado que justificó la inversión.
La incertidumbre tiene precio…sólo que no aparece en la aduana.
Puede reflejarse en una tasa de descuento más alta, mayores inventarios de seguridad, contratos más cortos, coberturas adicionales o proyectos que exigen recuperar el capital en menos tiempo. Una compañía puede tolerar costos laborales superiores si gana previsibilidad; puede aceptar una tarifa moderada si reduce tiempos logísticos; incluso puede pagar más por energía si disminuye el riesgo de interrupción. Lo que difícilmente acepta durante mucho tiempo es no poder calcular cuánto costará producir mañana.
Ahí encuentro la oportunidad concreta para México.
La proximidad con Estados Unidos continúa siendo extraordinariamente valiosa, pero ya no basta con hablar de kilómetros. México tiene redes de proveedores, plantas, carreteras, ferrocarriles, cruces fronterizos, talento industrial y décadas de experiencia manufacturera integradas con el mercado estadounidense. Mover una cadena completa fuera del país implica mucho más que comparar salarios. Significa reconstruir relaciones comerciales, homologar proveedores, recalificar procesos, inmovilizar nuevo capital y asumir meses (a veces años) de ejecución.
Ese costo de sustitución puede resultar decisivo cuando los aranceles obligan a las empresas a revisar su mapa productivo.
La ventaja mexicana, por lo tanto, no debería consistir en celebrar que otro socio enfrenta mayores tarifas; sería una lectura demasiado limitada. El objetivo tendría que ser reducir el costo total de operar desde México justamente cuando otros mercados incrementan el suyo.
Eso exige disciplina, energía suficiente y predecible, infraestructura, seguridad, reglas fiscales comprensibles, permisos que no paralicen proyectos y certidumbre jurídica. Un país puede recibir una ventaja arancelaria y desperdiciarla si operar dentro de él se vuelve demasiado caro o impredecible.