En pleno cambio de dirección de Petróleos Mexicanos, México no está discutiendo petróleo… está negociando poder. Mientras la conversación pública sigue atrapada entre aranceles, Trump, nearshoring y la revisión del T-MEC, debajo de la mesa se mueve la verdadera pieza estratégica del tablero económico norteamericano: Pemex. Ahí está el centro de gravedad de la negociación más importante para México en décadas.
Pemex, la Cenicienta del T-MEC
Porque el gran dilema ya no es si Pemex necesita ayuda (eso dejó de debatirse hace tiempo); la verdadera pregunta es quién entrará a la mesa, bajo qué condiciones y hasta dónde está dispuesto a llegar el gobierno mexicano para mantener viva la viabilidad financiera y energética del país sin dinamitar políticamente el discurso histórico de soberanía.
Creo que lo que estamos presenciando no es una reinvención ideológica; es supervivencia financiera.
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Es evidente que Pemex ya no puede absorber indefinidamente recursos públicos mientras el mundo redefine cadenas energéticas, bloques industriales y seguridad económica regional. La deuda financiera de la petrolera nacional sigue siendo una de las más grandes del mundo entre empresas petroleras, mientras las necesidades de inversión, refinación e infraestructura superan desde hace tiempo la capacidad presupuestal del Estado mexicano.
¡Y Washington lo sabe perfectamente!
Hay quienes creen que la revisión del T-MEC se definirá exclusivamente en automóviles, manufactura o reglas de origen. Creo que esa lectura se queda muy corta. El verdadero corazón de la negociación está enterrado bajo tierra y genera petróleo, gas, refinación, petroquímica y seguridad energética.
¿En qué me baso? El nearshoring depende de energía. La expansión industrial depende de energía. Las cadenas de suministro dependen de energía, y la energía mexicana sigue orbitando alrededor de Pemex.
Ahí está el tamaño real de la discusión.
Por eso nada termina de destrabarse completamente. México requiere claridad sobre la película completa del T-MEC antes de abrir definitivamente ciertas piezas estratégicas. Y Estados Unidos entiende perfectamente lo que representa México dentro de su lógica energética regional frente al ascenso industrial de China.
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Desde mi perspectiva, el gobierno mexicano no está “cediendo” ideológicamente. Está reconociendo la realidad financiera inevitable de que no existe viabilidad energética moderna sin capital, tecnología, infraestructura y asociaciones estratégicas.
Por eso empieza a cambiar el tono.
No mediante discursos frontales, sino a través de señales cada vez más visibles sobre coinversión, asociaciones, capital complementario y participación técnica especializada. La lógica comenzó a moverse hacia el pragmatismo.
El ejemplo de Petrobras aparece inevitablemente en la conversación. Brasil logró construir una petrolera estatal capaz de convivir con capital privado, inversión internacional y disciplina de mercado. El resultado fue una empresa mucho más flexible y competitiva de lo que Pemex ha conseguido sostener durante décadas.
Y ahí surge otra pregunta incómoda para Estados Unidos, ¿con quién va a decidir México construir esta nueva etapa energética?
Porque jugadores sobran. Capital estadounidense, fondos europeos, empresas británicas, firmas nórdicas, incluso Petrobras. La discusión ya no es si habrá participación privada; la discusión es quién terminará sentado en la mesa principal del rediseño energético mexicano.
No es casualidad que Washington observe cuidadosamente cada movimiento, cada paso. Puede endurecer discurso político, elevar tensión comercial o presionar públicamente, pero romper estructuralmente con México tendría costos enormes para Norteamérica en plena competencia global contra China. A Estados Unidos le conviene tener a México integrado, estable y alineado energéticamente.
Por eso estamos entrando a una etapa distinta. Menos ideológica, más financiera, más geopolítica, más pragmática.
Pemex comienza a dejar de verse únicamente como símbolo político para empezar a entenderse como pieza central de competitividad regional. Y eso cambia completamente la lógica de negociación del país.
Porque si México logra construir un modelo suficientemente atractivo para inversión, tecnología y capital internacional (sin perder control estratégico), estoy seguro que podría destrabarse mucho más que la discusión petrolera. Podría acelerarse infraestructura, relocalización industrial, integración energética y estabilidad para el propio T-MEC.
México ya vivió episodios donde el petróleo redefinió relaciones internacionales, poder político y estabilidad económica. La Revolución Mexicana y la expropiación petrolera tuvieron siempre a Estados Unidos observando de cerca. La diferencia es que hoy la integración regional vuelve mucho más compleja cualquier ruptura.
Y ahí está el verdadero tamaño del momento histórico que estamos atravesando.
Porque la soberanía energética del siglo XXI ya no se mide únicamente por quién posee los recursos, sino por quién tiene la capacidad financiera, tecnológica y estratégica para convertirlos en poder económico real.
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Nota del editor: Manuel Herrejón Suárez (X: @ManuelHerrejonS) es un empresario mexicano con más de dos décadas de experiencia en el sector bursátil y mercado cambiario, especialista en gestión de proyectos en el sector financiero. Es Licenciado en Derecho por la Universidad del Valle de México y Maestro en dirección de empresas para ejecutivos por el IPADE.
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