Hacienda dejará de recaudar cerca de 1.7 billones de pesos, y todo apunta justamente hacia esa dirección. La desaceleración económica comienza a reflejarse en los ingresos públicos al mismo tiempo que el país enfrenta una presión creciente sobre el gasto. La combinación merece más atención de la que ha recibido, no porque anuncie una crisis inminente, sino porque revela un cambio de etapa para las finanzas públicas mexicanas.
Durante los últimos años la discusión económica se concentró en variables como la inflación, las tasas de interés o el déficit fiscal. Todas siguen siendo relevantes, sin embargo, estamos ahora ante el urgente desafío de sostener un Estado con responsabilidades cada vez mayores sobre una economía que avanza con menor dinamismo.
Ese es, desde mi perspectiva, el verdadero fondo del debate.
Cuando una economía pierde velocidad, el impacto no se limita al crecimiento del PIB. También reduce el ritmo al que aumentan la inversión, el consumo, la generación de empleo formal y, naturalmente, la recaudación tributaria. Mientras tanto, buena parte del gasto público continúa creciendo porque responde a compromisos que no pueden reducirse con la misma facilidad.
Las pensiones siguen aumentando por razones demográficas; el costo financiero de la deuda depende de condiciones que el gobierno no controla por completo; los programas sociales generan obligaciones permanentes. A ello se suman salud, seguridad, educación y las inversiones estratégicas que cualquier administración debe considerar prioritarias.
El resultado es una presión silenciosa, pero constante.
Aquí conviene hacer una precisión importante. No se trata de discutir si el gasto público debe aumentar o disminuir. Esa es una conversación legítima, pero distinta. El punto central consiste en preguntarnos ¿cuánto tiempo puede sostenerse un determinado nivel de gasto cuando la economía comienza a crecer por debajo de lo esperado?
En términos financieros, creo que esa diferencia modifica por completo la ecuación.
Las empresas conocen muy bien este fenómeno. Cuando las ventas dejan de crecer, el problema no aparece de inmediato. Primero se reducen los márgenes, después aumenta la presión sobre el flujo de efectivo y más adelante comienzan los ajustes. Las finanzas públicas operan bajo una lógica similar, aunque en una escala mucho mayor y con tiempos distintos.
Por eso considero que la recaudación no debe analizarse únicamente como un indicador tributario. También funciona como un termómetro de la capacidad que tiene la economía para sostener las obligaciones del Estado en el mediano plazo.
Existe además otro elemento que suele pasar desapercibido. Durante años, México construyó una reputación internacional basada en disciplina macroeconómica, estabilidad monetaria y prudencia en el manejo de la deuda. Esa credibilidad no solamente beneficia a los mercados financieros; también determina el costo al que el país puede financiar proyectos de infraestructura, inversión pública y desarrollo.
Y conservar ese activo exige que la economía genere suficiente riqueza para respaldar las decisiones presupuestales.