OPINIÓN: El dilema de Donald Trump

En el discurso del candidato republicano en Arizona sobre inmigración, el tono (o la intensidad) de su mensaje (y emoción) era más de rabia que ansiedad.
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Por: ROBERTO IZURIETA

Nota del editor: Roberto Izurieta es analista político y profesor de la Universidad George Washington. Fue director de comunicación del presidente de Ecuador Jamil Mahuad del partido Democracia Popular entre 1998 y 2000; además fue asesor de los presidentes Alejandro Toledo en Perú, Álvaro Colom en Guatemala y Horacio Cartes en Paraguay y participó en la campaña de Enrique Peña Nieto en México. Es colaborador político de CNN en Español. Las opiniones en esta columna pertenecen exclusivamente al autor.

(CNN Español) – La gran fuerza de Donald Trump consiste en ser él mismo. Al ser él mismo, deja de ser “políticamente correcto” como todos los demás. Esa gran diferencia de contraste lo vuelve el candidato de la “antipolítica”: lo vuelve distinto. Esa es la fuerza que lo llevó a arrasar a sus competidores y ganar a elección interna del Partido Republicano con un récord histórico.

Eso tenía su límite y Donald Trump lo sintió a pocas semanas de asegurar su nominación presidencial. Y ahí comenzó su dilema: para subir más en las encuestas (lo suficiente para ganar al candidato demócrata), necesitaba un porcentaje adicional de votos que generalmente son los más difíciles de conseguir. Impulsado por sus asesores (los múltiples que ha tenido) comenzó a cambiar de estrategia: a volverse un candidato más “moderado”, dejando a un costado su “espontaneidad” y comenzó a leer sus discursos en teleprómpter.

Durante semanas vimos a ese Donald Trump más moderado. El mismo que vimos en la visita con el presidente Enrique Peña Nieto. Pero esa misma noche, en Arizona, cuando dio su discurso sobre la inmigración, vimos al Donald Trump de la elección interna: radical, intenso al nivel de poder parecer agresivo. Los dos Donald Trump que hemos visto este 31 de agosto refleja el gran dilema estratégico en el que se encuentra Trump.

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Para entender este dilema hay que tener claro un concepto muy importante en la comunicación política: el mensaje. El mensaje no es lo que dices, es cómo lo dices; es el significado que le das a las palabras gracias a la emoción que transmites; más que las palabras en sí. El mensaje no son sólo las palabras, es el candidato en sí mismo. Por eso, los candidatos populistas tienen éxito porque a pesar de sus inconsistencias, contradicciones o mentiras, transmiten ese rechazo que sienten los votantes inconformes.

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Más grave aún, transmiten los sentimientos más profundos que además son los más fáciles de manipular en el ser humano: el miedo, el resentimiento, el rechazo, el complejo y a veces hasta el odio. Si alguien tiene miedo, es muy fácil hacerle tener miedo a todo. Si alguien tiene odio, es muy fácil hacerle odiar a todo y a todos. Si alguien es negativo, es fácil hacerle pensar que todo este mal.

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Por eso, el mensaje político para los candidatos populistas no es necesariamente racional, sino un proceso de búsqueda de empatías emocionales con esos votantes que sienten ganas de rechazar, de cambiar (no políticas) sino a todo el sistema político. Para hacerlo, no son tan importantes las palabras. Para el candidato populista, las palabras no son el canal para comunicar los contenidos racionales de las palabras, sino para canalizar y representar las emociones negativas ancladas en lo más hondo de su ser, y liberarlas con la legitimación que consigue el candidato populista al vocalizarlas, hacerlas públicas y hasta aceptables.

Por lo tanto, Donald Trump debió seguir siendo espontáneo pero más enfocado (con más disciplina) en repetir las palabras (el mensaje) que representa ese miedo, esa rabia que sienten los votantes blancos (mayoritariamente hombres, con menos nivel de educación): la ansiedad o la rabia que sienten muchos votantes blancos de que Estados Unidos ya no es un país homogéneo (principalmente blanco).

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Haciendo esto, su siguiente reto estratégico es medir si lo que sienten esos votantes es ansiedad o rabia. O sea, calibrar bien el nivel de rechazo (intensidad) que los votantes sienten, porque si expresas más rechazo de lo que ellos sienten, pueden terminar rechazando al líder populista. La intensidad se calibra a través del volumen de su voz, los adjetivos que usan (constantes por ciertos), expresiones de su rostro y corporales, el ambiente del discurso (dado por los partidarios que lo secundan, la coreografía) y por último, por las palabras del discurso.

La impresión que tuve escuchando el discurso de Donald Trump en Arizona sobre inmigración era que el tono (o la intensidad) de su mensaje (y emoción) era más de rabia que ansiedad. Mi impresión es que lo calibró demás, porque no creo que hay suficientes nuevos votos que sienten rabia contra los inmigrantes (más allá de los votantes que ya tiene en su base electoral). Pienso que quizás hay suficientes nuevos votantes que sienten ansiedad y rechazo, pero no odio.

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Esto es importante porque si Trump se equivoca en ese calibre de la intensidad, perderá o ganará votos. En tal sentido, más que establecer una política racional e integral de migración, Donald Trump solo tenía que moderar (o calibrar) su nivel de ataque, de ira y de complejo para convocar a más votantes blancos con menos nivel de ira, miedo y complejo.

La segunda cosa (o estrategia) que Donald Trump debe hacer, y lo hizo bien en Arizona, es haber es concentrarse en Hillary Clinton y en toda la clase política de Washington. Esta es una elección muy peculiar no solo por la presencia de Donald Trump, sino porque ambos candidatos tienen negativos de más de 60% de desagrado y niveles de desconfianza también similares. Por lo tanto, esta es una elección de “quién es el menos malo” y para ganar hay que concentrar la atención en el otro candidato: o sea Donald Trump debería concentrarse en Hillary Clinton.

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Esto es naturalmente muy difícil para Donald Trump, pues toda su vida, carrera y éxito han estado basados en llamar la atención (por eso es un hombre del espectáculo). Y éste ha sido su segundo gran dilema: a Donald Trump naturalmente (y algunos dirían psicológicamente) le gusta (y necesita) llamar la atención, pero de esta manera la atención y la opinión está en él mismo, que tiene negativos y niveles de desconfianza altos y por eso baja en las encuestas.

La única alternativa que tenía y tiene Donald Trump para ganar es concentrarse en atacar a su oponente recordando constantemente sus debilidades y elementos que la harían ver poco agradable como son: intelectualmente arrogante; que le gusta el dinero y el poder más que la gente; que no se podría confiar en ella; ambición; etc. Su segundo franco de ataque debería ser hacia los políticos de Washington concentrados en respaldar a Hillary Clinton para favorecerse ellos mismos.

En otras palabras, Donald Trump puede y podría ganar si vuelve a ser él mismo, algo más pulido, cuidadoso, calibrando la intensidad de sus emociones negativas, enfocado y concentrándose en Hillary Clinton y los políticos. Hay suficientes votantes blancos molestos con Washington y la política, para que Donald Trump pueda ganar esta elección. Afortunadamente, no pienso que Trump entiende la política lo suficiente.

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