OPINIÓN: Las gallinas no ponen más huevos aunque suba la tasa de interés

Como gobernador del Banco de México, Agustín Carstens aceptó que la política monetaria no podía cambiar procesos que afectan la inflación, aunque actuó en diversos ámbitos para intentar combatirla.
Durante su administración al frente del banco central, Carstens mejoró la comunicación con el público.
Carstens  Durante su administración al frente del banco central, Carstens mejoró la comunicación con el público.  (Foto: Cuartoscuro)
Marcelo Delajara /

Nota del editor: Marcelo Delajara es director del Programa de Crecimiento Económico y Mercado Laboral del Centro de Estudios Espinosa Yglesias (CEEY). Las opiniones expresadas en esta columna son responsabilidad del autor.

(Expansión) — Yo casi no tengo derecho a comentar la gestión del Dr. Carstens al frente del Banco de México, porque durante parte de ese periodo trabajé en la Dirección General de Investigación Económica de la institución. Sin embargo, considero conveniente escribir sobre algunos de los desafíos que, en mi opinión, fueron relevantes para el gobernador y los subgobernadores y sobre cómo ellos reaccionaron para enfrentarlos.

Estos aspectos fueron ampliamente cubiertos por la prensa especializada en su momento, pero son menos conocidos por el público en general. Además, dejan una lección importante para el próximo gobernador, quien enfrentará una nueva amenaza para la estabilidad de la inflación en México: la regularización de la política monetaria del Fed.

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Carstens asumió el cargo a inicios de 2010 con una inflación promedio de 5.3% en 2009, por encima del 4%, que es el límite superior del intervalo objetivo del Banco de México (3% +- 1pp). Los años 2008 y 2009 habían sido muy malos para la inflación en México: con la crisis financiera global, la inflación subyacente había escalado por encima de 4%, y la no-subyacente por encima de 6%. En particular, la inflación no-subyacente sufría el embate del alza en los precios internacionales de los alimentos; lo que llevó al índice de precios agropecuarios a crecer casi 8% en 2008 y por encima de 10% en 2009.

Durante los primeros tres años de gestión, Carstens mantuvo la tasa de interés en el 4.5% que heredó del Dr. Guillermo Ortiz. Las razones fueron que la tasa de interés del Fed se quedó cerca de cero todo ese tiempo y que la economía mexicana, si bien se recuperaba, lo hacía manteniendo cierta holgura en las posibilidades de producción. Adicionalmente, la inflación de los productos agropecuarios se desaceleró significativamente en 2010 y 2011 contribuyendo a que la inflación regresará a un nivel por debajo de 4%.

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La tasa de interés se quedó en 4.5% aun durante 2012, año en el que la inflación repuntó. Dicho repunte se debió, otra vez, a la aceleración en los precios de los productos agropecuarios. Estos aumentaron significativamente en 2012 y 2013, impulsando la alza a la inflación no subyacente, mientras que la subyacente se mantuvo baja y estable (incluso esta última se situó por debajo de 3%).

Carstens entonces (aunque quizá desde tiempo antes) vio claramente que la inflación general anual no se ubicaría dentro del intervalo objetivo del Banco de México si los precios de los productos agropecuarios continuaban presentando ese comportamiento: una tendencia alcista y fluctuaciones cada vez más pronunciadas. Como respuesta, el gobernador inició dos cruzadas importantes.

Por un lado, mejoró la comunicación con el público. Explicó que un aumento en la tasa de interés no podría evitar alzas en los precios agropecuarios. Por esos años, el alza de estos precios también estuvo afectada por un brote de gripe aviar: el sacrificio de un gran número de aves causó un aumento importante en el precio del huevo. Famosamente, Carstens explicó que las gallinas no pondrían más huevos aunque el Banco de México subiera la tasa de interés.

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Así ha sido la trayectoria profesional de Agustín Carstens

Por otro lado, encargó a economistas del Banco de México estudiar, junto con colegas de FIRA, los mercados de productos agropecuarios en México con el objetivo de lograr una mayor comprensión sobre los fenómenos de precios en ese sector. Se encontró, como se sospechaba, que los productos agropecuarios en México se producen, comercializan y venden al consumidor final en condiciones muy desfavorables para la estabilidad de los precios. Existe asimetría de información; poder monopólico; infraestructura inadecuada; ausencia de bienes públicos básicos; y aseguramiento y financiamiento insuficientes.

Carstens, algunos subgobernadores, así como directores del Banxico, expusieron estos resultados ante miles de productores, empresarios y funcionarios relacionados con el sector agropecuario en el Seminario Internacional de Seguridad Alimentaria, en Guadalajara, Jalisco, en marzo de 2014. Al mismo también asistieron funcionarios de la SHCP y de la SAGARPA, quienes se comprometieron a implementar políticas en la dirección señalada por el Banco de México. (Cabe señalar que el aumento en los precios agropecuarios fue uno de los causantes del aumento en la pobreza alimentaria en el país en esos años).

Lo que aquí comento es un ejemplo de cómo Carstens actuó en diversos ámbitos para intentar combatir las presiones y las amenazas sobre la inflación. Aceptó y explicó que la política monetaria propiamente dicha (el cambio en la tasa de interés) no podía cambiar ciertos procesos que afectan la inflación; pero lejos de quedarse con los brazos cruzados, utilizó los recursos a su disposición para influir legítimamente sobre esos procesos.

Otros ejemplos de acciones o medidas en esa dirección fueron: apoyar decididamente las reformas estructurales, especialmente las que traerían más competencia en los distintos mercados y finanzas públicas más sólidas; fomentar directamente la competencia apoyando a la Cofece; negociar con el INEGI los cambios necesarios en la medición de la inflación para incorporar el cambio tecnológico de los nuevos productos; y, quizá el más importante, influir para que la SHCP cambiara su manera de actualizar los precios al público de la gasolina, y lo hiciera con base en la inflación esperada y no en la inflación observada.

Las políticas públicas para mejorar la eficiencia y la estabilidad en los mercados agropecuarios del país no se aplicaron, o no se aplicaron con el alcance que solicitó el Banco de México. Sin embargo, la reforma de telecomunicaciones y competencia económica, por un lado, y el cambio en la manera de actualizar las tarifas de los combustibles, junto con la debilidad de la economía mundial (que redujo significativamente las presiones inflacionarias en los precios de las materias primas), por el otro, se combinaron para que tanto la inflación subyacente, como la no subyacente, se ubicaran por primera vez por debajo del 3% en 2015 y 2016.

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Aceptar las limitaciones de la herramienta monetaria, investigar el funcionamiento de mercados que generan fluctuaciones en la inflación e influir sobre ellos para mitigarlas bien vale la pena, como lo demostró Carstens. Curiosamente, esta lección debería tenerse muy en cuenta en el contexto actual, en el que la normalización de la política monetaria de Estados Unidos está impulsando la inflación en México.

Ésta normalización (de hecho el solo anuncio de que estaba próxima) generó desde mediados de 2013 una depreciación sostenida del peso mexicano que los formadores de precio en el país finalmente no pudieron ignorar, generándose así presiones inflacionarias.

¿No habría que investigar qué tanto de información asimétrica, de poder monopólico y de ausencia de bienes públicos hay en los mercados financieros, especialmente en los mercados de divisas, y cómo ello influye en la depreciación del peso? Y aun si las conclusiones fueran que esos mercados funcionan eficientemente, ¿no sería deseable considerar aplicar en México un marco institucional para la “administración de los flujos de capitales” como lo contempla el FMI?

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Uno de los requisitos establecidos por el FMI para la implementación exitosa de un sistema de administración de flujos de capitales es que el país interesado en hacerlo cuente con instituciones y políticas macroeconómicas sólidas. Es el caso de México, y el próximo gobernador del Banxico debería considerar esa posibilidad seriamente.

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