OPINIÓN: Un desesperado gobierno que intenta apagar el fuego con gasolina

Después de haber vivido por décadas en el mito de la abundancia, en la que los energéticos supuestamente caían del cielo, abrimos los ojos a la escasez.
Gasolinazo  Hoy hay bloqueos y saqueos, sin que su sentido sea comprensible.  (Foto: Cuartoscuro)
Miriam Grunstein

Nota del editor: Miriam Grunstein es académica asociada al Centro México de Rice University, coordinadora del programa de Capacitación al Gobierno Federal en materia de Hidrocarburos que imparte la Universidad de Texas en Austin y socia fundadora de Brilliant Energy Consulting.

(Expansión) — Pasaron ya las fiestas judeocristianas y con ello inicia la primera página del calendario gregoriano. Este año coincidieron la Navidad con Januká (el festival de las luces de los judíos). En ella se celebra la multiplicación por siete veces de las reservas de aceite, por una providencia divina, para que los Macabeos pudieran derrocar a Antíoco Epifanes, rey de los helenos, y lograr la independencia de la Tierra de Israel.

Este fin de año, entretanto algunos celebrábamos la fiesta de la multiplicación del aceite, en México sucedía, no un milagro, sino exactamente lo contrario. En lugar ser favorecidos por la providencia, nos dimos de topes con la realidad energética del país. Después de haber vivido por décadas en el mito de la abundancia, en la que los energéticos supuestamente caían del cielo, abrimos los ojos a la escasez, al escalofriante espectáculo de filas humeantes de automóviles esperando cargar gasolina en un país “orgullosamente petrolero.”

En 13 estados, entre ellos Jalisco, Aguascalientes, Guanajuato, Michoacán y Zacatecas, los coches se arrastraban a las gasolineras como los que buscan un oasis en medio del desierto. Pemex, en su cuenta de Twitter, reportó que este desabasto era coyuntural y que se debía a condiciones metereológicas desfavorables en el puerto de Tuxpan, y al robo de combustibles en el ducto Salamanca-Irapuato. Pues bien, mientras que el control climático no está en manos del gobierno de Peña Nieto, sí lo es el combate contra el robo de combustibles el cual es sustancial.

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En 2016, las pérdidas sufridas por Pemex, atribuibles a la delincuencia tan solo en el ducto Minatitlán-México que atraviesa 5 Estados, fueron de 90,000 litros diarios. Es lastimoso reconocer que el único monopolio que le debe corresponder al Estado es el mismo que es incapaz de ejercer: el de la fuerza pública. La escasez también se atribuyó a los trabajos de mantenimiento de la refinería de Cadereyta y al aumento de la circulación por la euforia decembrina. Con el viento en nuestra contra en Tuxpan, la delincuencia organizada encima y con una infraestructura industrial y logística averiada y/o insuficiente, es probable que ni con un milagro se nos hubiera multiplicado el combustible como les sucedió a los Macabeos.

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Con la explosión de los precios en puerta, el 21 de diciembre, funcionarios de la Secretaría de Energía y de la Comisión Reguladora de Energía anunciaron una serie de medidas que “empoderarían al usuario” mediante la introducción de la competencia y “flexibilización” del precio de los combustibles que básicamente consiste en un calendario y una mecánica de intervención gubernamental en la fijación de los precios. Por lo mismo, al menos este año no escaparemos del puño de Hacienda.

Para hacer de un cuento largo y complejo, uno corto y simple, a partir de este año Hacienda establecerá una mecánica de precios máximos y mínimos que pretenden que la gasolina no baje tanto en demérito de las finanzas públicas ni escale al grado de exprimir al usuario. Además, en lugar de tener un IEPS cambiante, pagaremos uno fijo con lo que las autoridades fiscales esperan un ingreso de 209,000 millones de pesos para 2017. Es decir, sea lo que fuere el precio del combustible, el único que ha asegurado un beneficio es el fisco.

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Lo último es digno de la mayor reflexión pues, para apaciguarnos de un aumento súbito del 14 al 20% en la gasolina, la SHCP ha recurrido al peor y más falaz de los argumentos posibles: que esta escalada obedece al encarecimiento de los mercados internacionales. Cierto: hubo un aumento en el precio internacional del crudo y el tipo de cambio frente al dólar estadounidense no nos favorece. Falso: El aumento en la gasolina en México no es proporcional al aumento del crudo ni a la depreciación del peso frente al dólar. Además, en un país en donde la mayoría le teme a la volatilidad del mercado, es un tropiezo estratégico decir que ahora sufrimos por éste. Sería más honesto reconocer que el Sistema Nacional de Refinación está muy averiado por la desinversión y la tradición rentista de este país.

La transformación del crudo en productos de valor agregado no ha sido prioridad para gobierno alguno y hemos vivido de ser exportadores de crudo fácil y a buen precio. Por eso, durante décadas consumimos gasolina con un precio controlado, inferior al valor de mercado. Solo a partir del gobierno de Felipe Calderón comenzaron los llamados “gasolinazos” que incrementaban el litro de gasolina por tan solo unos centavos cada 15 días pero que al final del sexenio llegaron a un aumento del 70% en Magna y 45% en Premium. Por su gradualidad, era necesario estar muy atento a la escalada. Esta última nos atrapó en la cuesta de enero, de golpe y después de promesas vanas y falaces de que, gracias a la reforma energética, bajarían los precios de sus bienes y servicios. El PRI está quemado por propia mano y esta medida huele a la desesperación de quien apaga fuegos… con gasolina.

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Hoy hay bloqueos y saqueos, sin que su sentido sea comprensible. Se entiende el gran malestar de los mexicanos pero la palabra "gasolinazo", que anda en boca de todos, es deleznable porque no dice nada, promueve la cólera, la ignorancia y nos coloca como víctimas cuando, los de clase media para arriba, hemos sido corresponsables. ¿De qué? De apoyar un modelo rentista mediante nuestra pasividad, de mantener complacientes un régimen que nos dio gasolina barata y circo durante más de setenta años y al que le volvimos a abrir la puerta con la boleta electoral en la mano, por confundir lo público con lo gratuito. Por crear ciudades intransitables atragantadas de combustibles, a costa de los que viven marginados. Y serán ellos los que realmente pagarán la factura de nuestra indolencia.

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Ya dolerán cuando no haya con qué financiar los programas sociales por la asfixia de las finanzas públicas. El costo político que pagará el PRI es gigante y, si gana las elecciones de 2018, será un milagro como el de los Macabeos. Pero, ¿para dónde ir? Doblar para la derecha, o para la izquierda conduce al mismo "despeñadero". Así que no importa qué tanto nos alcance para rodar; angustia que se nos acabe el camino.

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