OPINIÓN: ¿Justin Trudeau podrá lidiar con Donald Trump?

En su reunión con el presidente de EU, el primer ministro canadiense deberá equilibrar los intereses de Canadá, como lo es el comercio, con sus valores en temas como la diversidad y la inmigración.
Es probable que los canadienses presionen a Trudeau para que desafíe a Trump si este adopta políticas contrarias a la filosofía de Canadá.
Un reto  Es probable que los canadienses presionen a Trudeau para que desafíe a Trump si este adopta políticas contrarias a la filosofía de Canadá.  (Foto: Reuters/Carlos Barria)
Andrew Cohen

Nota del editor: Andrew Cohen es escritor y periodista y escribe una columna para el periódico The Ottawa Citizen. Su libro más reciente es Two Days in June: John F. Kennedy and the 48 Hours that Made History (Signal/Random House). Es miembro numerario de la beca Fullbright del Centro Internacional Woodrow Wilson en Washington, Estados Unidos. Las opiniones expresadas en esta columna son exclusivas de su autor.

(CNN) — Ahora que el primer ministro de Canadá, Justin Trudeau, visitará la Casa Blanca este lunes 13, su prioridad (y su responsabilidad principal) será llegar a un acuerdo fluido y efectivo con Donald Trump.

Si Trudeau puede hacer química con un presidente impredecible, cuya agenda e ideas son diferentes de las suyas, esta visita será un éxito. Si se caen bien, es más probable que Trump acepte que Canadá es el amigo más importante de Estados Unidos por su siglo y medio de historia, su comercio y su geografía en común.

Trudeau está tratando de proteger a Canadá de los elementos más agresivos del compromiso de Trump de que "Estados Unidos está primero". Su visión proteccionista, nacionalista y un tanto aislacionista podría ser desastrosa para Canadá.

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Trudeau es joven, optimista y bien parecido. Es hijo del célebre exprimer ministro Pierre Trudeau. Desde que llevó a su Partido Liberal a un sorpresivo triunfo sobre los conservadores en 2015, su afabilidad y su carisma le han valido el aprecio de los progresistas y la fama internacional.

Se llevó muy bien con Barack Obama, quien organizó una cena de Estado en su honor en Washington. Como muestra de gratitud, Trudeau invitó a Obama a hablar ante el Parlamento en Ottawa, en donde los legisladores, encantados con el visitante, gritaron: "¡Cuatro años más!".

Nadie espera que Trump y Trudeau se lleven tan bien; es poco probable que Trump reciba a Trudeau con un abrazo, como ocurrió con el primer ministro de Japón el viernes 10 de febrero. Trump es mayor, más conservador y más pesimista; tiene puntos de vista diferentes respecto a Europa, Rusia, Naciones Unidas, la inmigración, los refugiados y el cambio climático. La historia indica que la relación será tensa: los primeros ministros liberales suelen chocar con los presidentes republicanos.

Ciertamente, Trudeau tendrá que recurrir a todo su encanto para evitar un enfrentamiento. Para Canadá, el comercio internacional representa una gran parte de su riqueza, así que hay mucho en juego. Canadá es un socio menor. Pierre Trudeau dijo alguna vez que cuando el elefante estornuda, a Canadá le da gripe. Para evitar el contagio, el joven Trudeau tendrá que demostrarle a Trump que Canadá hace comercio justo, es una fuente segura de energía y un guardián confiable de la frontera norte de Estados Unidos.

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Trudeau le recordará a Trump que Canadá y Estados Unidos tienen la mayor relación comercial del mundo: alrededor de 2,000 millones de dólares en bienes y servicios cruzan la frontera no militarizada todos los días. Destacará las medidas que se han tomado a lo largo de la pasada década para crear "una frontera inteligente" que facilita el comercio pero disuade a los terroristas. Alabará que Trump haya aprobado el oleoducto Keystone XL (que llevará crudo canadiense de los campos petrolíferos de Alberta a Estados Unidos) que Obama había bloqueado. También hablará muy bien del gran proyecto de infraestructura en la frontera entre Detroit y Windsor, en donde el gobierno canadiense está financiando un nuevo puente y una plaza aduanera.

Pero recordemos que es menos probable que Trudeau mencione que Canadá está gozando de un superávit comercial con Estados Unidos, país que compra el 75% de sus exportaciones. O que Canadá, miembro fundador de la OTAN, destina solamente el 1% de su riqueza a la defensa, lo que indica que se está aprovechando.

La buena noticia para Trudeau es que Trump dice que no tiene nada en contra de Canadá, que no considera que Canadá sea una amenaza para los empleos o la seguridad, a diferencia de México. Para dejar esto en claro, Trump envió a un representante a una reunión con el gabinete canadiense en Calgary en enero.

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En preparación para Trump, Trudeau nombró canciller a Chrystia Freeland, escritora y experiodista que conoce Estados Unidos mejor que su predecesor, Stéphane Dion. Trudeau también consultó a Brian Mulroney, exprimer ministro conservador que conoce a Trump, así como a otros canadienses que han hecho negocios con el hoy presidente de Estados Unidos.

La realidad es que Trump sigue con ganas de reescribir el Tratado de Libre Comercio de América del Norte y podría imponer un arancel elevado a las maderas de coníferas canadienses. El decreto que emitió recientemente para prohibir la inmigración de personas de ciertos países mayoritariamente musulmanes es impopular en Canadá (país que ha aceptado a unos 40,000 refugiados sirios), aunque la seguridad nacional es el sello de su joven presidencia.

Aquí es donde las cosas se ponen complicadas para Trudeau: debe equilibrar los intereses de Canadá (comercio, inversiones, empleos) con sus valores (diversidad, inmigración abierta, seguridad colectiva). Canadá es una sociedad progresista y moderada que ha adoptado los servicios de salud universales, que ha aceptado el matrimonio homosexual y el aborto y que ha acabado con la pena de muerte.

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Las Naciones Unidas, la OTAN y el comercio liberalizado han sido los pilares de la política exterior canadiense desde 1945; Canadá impuso sanciones a Rusia (Freeland habla ruso y tiene ascendencia ucraniana, pero tiene prohibida la entrada a Rusia por haber criticado la anexión de Crimea). Canadá respalda el acuerdo nuclear con Irán y el Acuerdo de París sobre el cambio climático.

Estando en Washington, Trudeau se esforzará por dar una buena impresión. Es probable que haga todo lo que pueda (reescribir el TLCAN, rehusarse a criticar la política de Trump respecto a los refugiados, aceptar sin quejarse a Sarah Palin, quien, según los rumores, será la nueva embajadora de Estados Unidos en Canadá) para mantener contento al principal cliente de Canadá.

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Pero si Trump adopta una política exterior contraria al internacionalismo liberal de Canadá, el primer ministro se verá bajo una enorme presión de parte de los canadienses para desafiar a Estados Unidos, aun a riesgo de desatar una guerra comercial.

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Tal vez el choque de visiones sea inevitable, sin importar lo bien que se lleven ambos líderes. Si es así, hay que prepararse para que satanicen a Trump en Canadá y para que las relaciones con Washington lleguen a su peor nivel desde la presidencia de Richard Nixon y la guerra de Vietnam.

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