OPINIÓN: Donald Trump descubre los límites de su poder presidencial

Los nuevos presidentes, que suelen ser audaces y ambiciosos, suelen verse obligados a hacer ajustes una vez que comienza su mandato.
Donald Trump representa un modelo de liderazgo presidencial que muy probablemente se topará con problemas, señalan analistas.
Sin interés de cambiar  Donald Trump representa un modelo de liderazgo presidencial que muy probablemente se topará con problemas, señalan analistas.  (Foto: Cortesía)
JULIAN ZELIZER

Nota del editor: Julian Zelizer es profesor de Historia y Asuntos Públicos en la Universidad de Princeton, así como miembro numerario de New America. Escribió los libros Jimmy Carter y The Fierce Urgency of Now: Lyndon Johnson, Congress, and the Battle for the Great Society. También es uno de los conductores del podcast Politics & Polls. Las opiniones expresadas en esta columna son exclusivas de su autor.

(CNN) — Cuando los presidentes llegan al poder por primera vez, pronto se dan cuenta de las realidades de gobernar.

El poder de la presidencia parece mucho más grande desde la campaña que desde la Casa Blanca. Una vez que el presidente asume el cargo se topa con el poder de los otros poderes (el Congreso y los tribunales) y de las muchas instituciones y actores políticos, tanto reporteros como activistas comunitarios, que pueden causarle problemas a cualquier administración.

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A lo largo de la historia hemos visto que los presidentes se ajustan a las realidades de gobernar. Este ha sido un postulado de la política estadounidense y suele causar desilusiones a los partidarios que creen que el presidente abandona sus promesas de campaña y sus principios esenciales al ajustar su agenda.

Pero los mejores presidentes suelen darse cuenta de que solo a través del compromiso, de los ajustes pragmáticos y de la flexibilidad se puede tener éxito en un sistema de separación de poderes como el de Estados Unidos.

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La pregunta es si Donald Trump hará ese ajuste.

Los nuevos presidentes, que suelen ser audaces y ambiciosos, suelen verse obligados a hacer ajustes una vez que comienza su mandato. Una de las razones más importantes para ello es que en Estados Unidos las elecciones no son realmente mandatos (por lo tanto, los perdedores siguen teniendo ciertas fuentes de poder a su alcance).

John F. Kennedy llegó a la presidencia con la promesa de una nueva era, pero gran parte de sus proyectos nacionales quedaron en espera a lo largo de su mandato debido a que los demócratas sureños tenían el control del Congreso. "El hecho es que creo que el Congreso luce más poderoso en este momento que cuando estaba en el Congreso", dijo Kennedy en 1962.

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A pesar de todo el dramatismo de las elecciones de 1980, Ronald Reagan tuvo que enfrentarse a una Cámara de Representantes demócrata a lo largo de todo su mandato. Cada vez que trataba de inclinar a la derecha la balanza de la política interior, de reducir la asistencia social y de desmantelar programas, se encontraba con las mayorías en resistencia que lo obligaban a reducir sus ambiciones.

Bill Clinton se tuvo que hacer al centro cuando los republicanos recuperaron el control del Congreso en 1994. Barack Obama prometió en 2008 que transformaría fundamentalmente los programas de seguridad nacional de Estados Unidos, pero terminó por olvidarse del cierre de Guantánamo, intensificó las operaciones militares estadounidenses a través de ataques con drones y dejó vigente gran parte del programa de contraterrorismo que se implementó después del 11-S.

Las circunstancias también pueden cambiar radicalmente y los presidentes han tenido que cambiar con ellas. Franklin D. Roosevelt prometió durante su campaña que sería conservador en el ámbito fiscal y que mantendría bajos los presupuestos federales. Sin embargo, la gravedad de la Gran Recesión y la necesidad de impulsar el consumo lo llevaron poco a poco a dejar a un lado sus ambiciones y a abrir los bolsillos del país para impulsar los mercados.

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Richard Nixon prometió en 1968 que pondría fin a la guerra de Vietnam. Su capacidad para hacerlo estaba limitada. Aunque empezó a retirar a las fuerzas estadounidenses para que los vietnamitas del sur intervinieran en más combates, continuó con la campaña brutal y masiva de bombardeos contra los vietnamitas del norte, lo que despertaría la indignación del país por su inconsecuencia.

George W. Bush se hizo famoso durante su campaña por criticar duramente la propensión de Clinton a construir países y prometió limitar la intervención estadounidense en el mundo. Sin embargo, tras los horribles hechos del 11-S, Bush respondió expandiendo enormemente el aparato de seguridad nacional e involucrando a las fuerzas armadas estadounidenses en dos grandes conflictos bélicos.

Los presidentes también cambian porque aprenden sobre la marcha. La sabiduría de gobernar llega cuando se tiene una comprensión total de los temas que preocupan al país y se comprende mejor la información de inteligencia, tanto sobre la seguridad nacional como sobre los desafíos internos, momento en el que se alejan de las bravuconerías a las que recurrieron durante la campaña.

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Jimmy Carter prometió que transformaría el funcionamiento de la política estadounidense, pero terminó por colaborar con los demócratas del Congreso, quienes eran esenciales para lograr cualquier victoria legislativa.

George W. H. Bush juró en 1988 que nunca aumentaría los impuestos, pero tuvo que ceder cuando las cosas se pusieron difíciles y tuvo que lidiar con la necesidad apremiante de reducir el déficit, lo que hizo enfurecer a la derecha. Además, tuvo que colaborar con los demócratas para crear un paquete para incrementar la recaudación. A pesar de que ninguno de estos presidentes se reeligió, sus logros en cuanto al acuerdo de paz de Camp David y a la reducción del déficit, respectivamente, son impresionantes.

Hay pocos indicios de que Trump podría cambiar su postura en ciertos asuntos. Si profundizamos un poco en la cuestión de Twitter, vemos que se ha alejado de Taiwán, que ha enviado mensajes contradictorios sobre los asentamientos israelíes y que ha dado indicios de que no será posible desmantelar el acuerdo nuclear con Irán.


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Todavía le queda mucho camino por andar. En general, se está apegando al libreto de la campaña y ha insistido en que no olvidará sus promesas principales. Esto es lo que sus partidarios quieren.

Prometió detener el flujo de refugiados y es justo lo que intenta hacer. El que un tribunal de apelaciones se haya negado a volver a implementar la prohibición a los refugiados fue un golpe a la agenda política de la presidencia.

Frenaron a Trump y lo están obligando a idear un plan para responder. Sin embargo, no ha dejado de insistir en que los refugiados son una amenaza para la seguridad nacional de Estados Unidos, aunque las pruebas indican lo contrario.

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Dijo que levantaría un muro en la frontera con México y está tratando de conseguir el dinero para hacerlo. Cuando los republicanos empezaron a advertir que la gente dependía de la Ley de Cuidado de Salud a Bajo Precio, insistió que la derogaría aunque tomara más tiempo de lo que había pensado.

A Trump no le interesa cambiar. Como se concluyó en un artículo en el sitio web Politico: "Casi dos docenas de personas que han pasado tiempo con Trump en las tres semanas que han pasado desde que tomó posesión de la presidencia han dicho en entrevistas que su ánimo ha oscilado entre la sorpresa y la ira porque se ha enfrentado a las realidades predecibles de gobernar".

Aunque esto puede parecerle correcto a sus partidarios, es un modelo de liderazgo presidencial que muy probablemente se topará con problemas.

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Los tribunales ya le impusieron a Trump los primeros frenos y contrapesos. Las protestas masivas también han sido respuesta a sus decisiones y a su presidencia, lo que genera un movimiento de oposición formidable que no da señas de menguar.

Los demócratas del Congreso están usando el poder que tienen para frenarlo y demorarlo. La cuestión es si los republicanos podrían empezar a ponerse en contra de Trump (no solo con sus palabras, sino con sus votos) y cuándo lo harán.

Lyndon Johnson siempre hablaba de los límites al poder presidencial. Desde que estuvo en el Capitolio, supo que el Congreso desquiciaría a cualquier presidente en algún momento u otro. De hecho, Johnson pagó un precio muy alto por negarse a cambiar cuando fue presidente.

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Aunque durante su campaña, en 1964, prometió que sería duro con el comunismo (sin llegar tan lejos como su oponente, Barry Goldwater), se negó a cambiar de rumbo cuando algunos funcionarios, como el senador Richard Russell y el vicepresidente Hubert Humphrey le advirtieron en 1965 que la guerra de Vietnam era un error. Optó por sumergir al país cada vez más en un lodazal que a final de cuentas acabó con él y tuvo consecuencias desastrosas.

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Si Trump se rehúsa a ajustar y a recalibrar su postura en ciertos asuntos clave, llegará un momento en el que no podrá rebasar los límites institucionales a su poder, particularmente porque su postura en las encuestas nacionales es muy débil. No se sabe cuándo llegará ese momento, pero la historia indica que, a final de cuentas, se puede frenar hasta a la presidencia más imperial, como ocurrió con la de Nixon.

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