OPINIÓN: El ataque de EU en Siria, el momento que definirá el legado de Trump

En menos de una semana, el presidente estadounidense ha recorrido años luz en cuestiones diplomáticas, aunque queda la duda si se mantendrá firme en su postura después del ataque con misiles.
La impredecibilidad del republicano preocupará a Putin y a sus aliados.
Trump  La impredecibilidad del republicano preocupará a Putin y a sus aliados.  (Foto: Reuters)
Nic Robertson

Nota del editor: Nic Robertson es editor de diplomacia internacional de CNN. Las opiniones expresadas en esta columna son exclusivas de su autor.

(CNN) — Todos los presidentes de Estados Unidos han tenido un momento que define su legado.

Para George H. W. Bush fue la liberación de Kuwait y resistirse a avanzar hacia Bagdad. El de Bill Clinton podría haber sido el acuerdo de paz en Irlanda del Norte, si no hubiera sido por el escándalo de Monica Lewinsky. Para George W. Bush, fue la intervención en Afganistán e Iraq. Para Barack Obama, no haber sido firme con Siria respecto a la "línea roja" lo atormentará durante años.

Hay momentos de tal magnitud que el mundo hace una pausa para observar horrorizado, expectante, agradecido o asqueado. Llegan usualmente sin aviso y es imposible evitarlos.

Ahora, llegó el momento de Donald Trump.

Lo sepamos o no, es probable que Trump haya estado preparando la vara con la que sus aliados lo medirán cuando habló, de pie al lado del rey Abdalá II de Jordania en la Casa Blanca, del ataque con armas químicas en Siria. "Estos actos deplorables del régimen de al Asad no pueden tolerarse", dijo Trump al mundo.

Si hubiera ignorado el ataque y se hubiera negado a responder preguntas de la prensa sobre lo que pensaba de la masacre, habría sido igualmente definitivo, ya que habría apuntado a Estados Unidos en un rumbo de aislacionismo sin paralelos en la historia moderna.

Pero no lo hizo. Dijo que se hará cargo del problema con Bachar al Asad. "Ahora yo soy responsable". Como ocurrió con Obama, es probable que haya desafiado a al Asad a volver a hacerlo.

Nikki Haley, embajadora de Trump ante la ONU, advirtió que si Naciones Unidas no actúa, Estados Unidos podría "actuar por su cuenta".

A apenas 70 días de haber asumido la presidencia, Trump ha llegado a ese punto al que muchos presidentes tardaron años en llegar. Aunque parecía que hablaba sinceramente sobre la muerte de "hermosos bebecitos" a causa de las armas químicas, no quedó tan claro si sus comentarios representan un cambio de enfoque o si solamente fueron la respuesta a una pregunta difícil.

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Pero el mundo no tuvo que esperar mucho para averiguarlo. Cincuenta y nueve misiles Tomahawk despegaron de unos buques de guerra estadounidenses a lo largo de la noche y cayeron sobre la base aérea en la que Estados Unidos cree que opera la fuerza aérea siria que desplegó las armas químicas.

Para los aliados de Estados Unidos y otros observadores internacionales, tiene sentido que Trump no solo haya llegado al punto en el que estaba Obama respecto a al Asad, sino que lo dejó muy atrás. También puede tener sentido que Trump finalmente se haya dado cuenta de cómo son las cosas con Rusia, ya que recientemente había dado la impresión de ser más laxo que los pasados presidentes de Estados Unidos respecto a Vladimir Putin.

Después de meses de preocuparnos de que no pudiera ser más duro con el principal partidario de al Asad, servirá de alivio que, después del ataque con armas químicas, la embajadora de Trump ante la ONU y su secretario de Estado desafiaron públicamente a Rusia a que le pida a al Asad que ceda.

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Pero todo parece indicar que Rusia no hará caso, ni siquiera después de los misiles estadounidenses.

Trump quedará enfrentado a Putin. Ya se están quitando los guantes, porque Rusia acusó a Estados Unidos de "intentar distraer de la cantidad creciente de bajas en Iraq" y acusó a Trump de "violar la soberanía de Siria".

Siria es un lugar complejo, trastornado por un conflicto en el que miles de intereses locales e internacionales buscan el poder y que deja víctimas a una escala inimaginable.

Este es un conflicto en el que Irán (némesis de los republicanos) y Rusia (antes favorito de Trump) se alinean con al Asad, uno de los líderes más asesinos de la historia reciente, para sofocar las protestas callejeras democráticas vueltas guerra civil. Este es un conflicto en el que se despliegan aviones de combate y helicópteros en contra de civiles y terroristas por igual.

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La solución de Trump para la crisis en Siria era sencilla: eliminar a los terroristas. En su campaña presidencial prometió que iría en grande en contra de ISIS. En uno de sus primeros decretos, ordenó a su secretario de Defensa, James Mattis, que trazara una nueva estrategia para enfrentar a ISIS en los siguientes 30 días.

Mattis la entregó un día antes, pero desde entonces no se han dado a conocer más detalles.

La semana pasada, mientras estaba en una reunión con su homólogo británico, Michael Fallon, un periodista preguntó a Mattis si su política en Siria implicaba que al Asad tenía que irse.

Mattis, quien se está volviendo rápidamente el diplomático más capaz de Trump, respondió hábilmente: "Diría que en el tema de al Asad estamos abordándolo un día a la vez mientras hacemos que Daesh [ISIS] se ponga a la defensiva".

En menos de una semana, Trump ha recorrido años luz en cuestiones diplomáticas. Dijo en la Casa Blanca que estaba orgulloso de su flexibilidad. Pero es probable que sus aliados estén retorciéndose de curiosidad por saber si se mantendrá firme en su postura después del ataque con misiles.

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Las primeras reacciones de Francia y Alemania son positivas y casi dan una sensación de alivio. Pero la siguiente carta que Trump juegue (cómo aborde su decisión de que al Asad ya no puede actuar con impunidad) es la que moldeará su legado.

Esta semana se abrió un nuevo rumbo en la historia con el ataque con armas químicas; fue un impacto lo suficientemente significativo como para que Trump cambiara radicalmente de rumbo. Ya fijó su curso y por ahora parece que lo seguirá. Pero ha hecho eso muchas veces.

Su impredecibilidad preocupará a Putin y a sus aliados. El líder ruso se está viendo obligado a recalibrar, ya que no se enfrenta a un líder predecible, como Obama fue al final.

Los contornos del momento decisivo de Trump apenas se están empezando a definir.

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En su libro El arte de la negociación, Trump opina que su bravuconería es una virtud. Ha llegado el momento de que se comience a medir su temple, para la posteridad.

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