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Nuestras Historias

Organilleros: caminar 50 kilómetros al día por 300 pesos

Para cautivar con un organillo, no basta con sólo girar la manivela del instrumento. Daniel Juárez y Uriel González dicen que hace falta sentir el ritmo y vivir cada melodía. Así es como trabajan.
vie 21 febrero 2020 05:07 AM
Organilleros
Al día, Daniel Juárez y Uriel González recorren alrededor de 50 kilómetros.

En promedio, una persona puede caminar siete kilómetros en 60 minutos. Al día, Daniel Juárez y Uriel González recorren alrededor de 50 kilómetros en diez horas. Y no siempre están caminando. Cuando hallan un lugar concurrido, se detienen para tocar música de antaño, a través de un organillo.

Daniel tiene 24 años. Viene de una familia de organilleros. Su abuelo tocó en las calles del Centro Histórico durante 30 años, y su padre por diez. Con emoción recuerda su infancia: aquel tiempo cuando bailaba al compás de la música y los transeúntes se detenían para escuchar el peculiar sonido del instrumento. Fue el único de la familia que quiso continuar con la tradición. “Hace cinco años, usé mi primer uniforme de organillero. Fue un regalo de mi familia”, menciona.

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Uriel tiene 26 años. Conoció el mundo organillero gracias a un primo que lleva cinco años en el oficio. El joven encontró en el organillo la oportunidad para salir adelante.

Su uniforme está casi nuevo. Recién cumplió cuatro meses recorriendo las calles, en compañía de Daniel, quien se ha encargado de enseñarle todo lo que sabe. Uriel dice que su traje beige, con todo y quepí, le costó 500 pesos. “Lo porto con orgullo para poder mantener a mi familia y terminar mi carrera de Psicología en la UNAM”, destaca.

Los dos jóvenes no andan solos. Cocorongo va con ellos: un mono cilindrero de peluche, cuyo trabajo se limita a posar sobre el organillo, mientras que los jóvenes se alternan para tocar, pedir dinero en el quepí y cargar el zanco y el instrumento, tipo harmonipan, que pesa 40 kilos.

No todos los organillos tienen las mismas características. El más común es el harmonipan, el cual tiene ocho melodías grabadas: Las Mañanitas. Vals de Alejandra, Cien años, La Bikina, Cielito Lindo, Amor Eterno, Regalo de Reyes y Carta a Eufemia. El gallito, en cambio, tiene seis canciones y pesa 30 kilos. Y el clariton posee diez canciones, pero pesa 50 kilos.

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Los organilleros trabajan de lunes a domingo. No tienen prestaciones de ley ni un sueldo por parte del gobierno. Sin embargo, es un trabajo que se remonta al Porfiriato y a la Revolución de 1910. Es decir, que su valor está en la tradición, y no tanto en su rentabilidad.

Es común que los organilleros se ubiquen en las calles del Zócalo y Bellas Artes. Sin embargo, Daniel y Uriel cuentan que cada músico decide su ruta. Ellos han optado por también visitar Milpa Alta, Xochimilco, Chalco, Azcapotzalco, Amecameca, Cuautla, San Martín y Cholula, en Puebla.

Año nuevo, trabajo nuevo | #QueAlguienMeExplique

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Una de sus mejores clientas es "la señora de Azcapotzalco", una mujer a quien conocieron por casualidad. “El cansancio hizo que nos detuviéramos frente a su casa. Pusimos el cilindro sobre el zanco, a Cocorongo sobre el cilindro, y comenzamos a tocar. De inmediato salió para pedir que tocáramos Carta a Eufemia, Cien años y Amor Eterno”, cuenta Daniel.

Para su sorpresa, el rostro de la señora se llenó de lágrimas. Y al término de la música, les pidió que regresaran cada 21 días. Ni Daniel ni Uriel saben por qué las visitas son con esta periodicidad, lo que sí saben es que estas tres melodías le recuerdan a un viejo amor. “Siempre nos pide esas canciones y por lo regular termina llorando. No es fácil para nosotros verla así. Pero es parte del trabajo. A veces nos llaman para ir a funerales y otras para tocar Las Mañanitas en un cumpleaños. Te encuentras de todo: gente que te anima a que no se pierda la tradición del organillo, borrachos que nos dicen groserías o niños que se emocionan al ver a Cocorongo”, afirma Uriel.

Un oficio en decadencia

Los organillos fueron traídos de Alemania a finales del siglo XIX. El mono araña que los acompañaba aludía a la forma de explotación europea. En México, su auge fue tras la Revolución Mexicana, cuando los cilindreros comenzaron a tocar en ferias y plazas públicas, llevando un uniforme similar al del ejército del general Francisco Villa.

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Según información proporcionada por la agrupación Organilleros de México, en la actualidad quedan alrededor de 300 organilleros en el país y 90 organillos, debido a la falta de refacciones de este instrumento, a las nuevas tecnologías y al cambio generacional, que prefiere otro tipo de música.

Un buen organillero debe saber cargar el cilindro, zanquearlo, alzar la navaja y mover el rodillo para seleccionar la pista deseada. De lo contrario se desafina el instrumento. Además, no es sólo darle vuelta a la manivela. Cada canción lleva su consonancia y su contexto. Mientras Las golondrinas exigen un ritmo despacio, Cielito Lindo pide más velocidad y Carta a Eufemia tiene muchas pausas.

Para dedicarse a este oficio, los jóvenes recomiendan acercarse a los Organilleros de México. “Nos ayudaron con el permiso para que no nos quiten de la vía pública. Pagamos una renta diaria de 180 pesos por el uso del cilindro. Y en promedio ganamos 300 pesos al día. Sólo descansamos Viernes Santo, Navidad y Año Nuevo”, explica Daniel.

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