Si bien, en esos mercados el título perdió centralidad más rápido, México avanza distinto. “Aquí el título sigue siendo una base importante, no todas las empresas al momento de reclutar saben medir por competencias y terminan por hacerlo con el título, y en un mercado donde la mitad del empleo es informal, el grado todavía funciona como respaldo y como puerta de entrada a esquemas más estables”, asegura Escamilla.
Pero lo que ya no funciona es asumir que con el título basta. “Pensar que la formación termina al graduarse ya no corresponde a la realidad”, reitera. “La carrera profesional dejó de ser un trayecto lineal. No empieza ni termina con el título; estudiar, trabajar y volver a aprender se mezclan a lo largo de toda la vida laboral”.
Al preguntarle qué pasará con el título en diez años, Escamilla dijo que el documento no va a desaparecer, pero tampoco puede seguir igual. “El título universitario será una especie de seguro. Sigue siendo valioso y funciona como un igualador social, pero ya no puede operar como antes. Tiene que cambiar”.
En su visión, el grado académico dejará de ser un requisito automático para convertirse en un respaldo que blinde trayectorias más largas y cambiantes. No garantiza empleo, pero sí ofrece herramientas que ayudan a resistir los cambios del mercado. “Te da resiliencia, pensamiento crítico y capacidad de reinventarte”, señala.
Escamilla plantea que las universidades deben dejar de ver el grado como su único producto central y abrir paso a esquemas más flexibles. Carreras que integren microcredenciales, certificaciones parciales y evidencias de competencias antes de la graduación formal. “El grado académico se tiene que reinventar. Debe estar conectado de verdad con lo que el mercado necesita y responder más rápido”.
En ese modelo, la señal para el empleador ya no sería solo el diploma, sino un portafolio de evidencias como proyectos realizados, problemas resueltos, habilidades demostradas. Algo similar a lo que hoy se exige en disciplinas creativas o técnicas, pero extendido a más profesiones.
“El título dejará de ser el centro absoluto. En diez años, su valor dependerá menos del papel y más de su capacidad para adaptarse”, apunta Escamilla.