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Economía del burnout: el costo invisible de la productividad inmediata

En México, 39.4% de los riesgos laborales se concentra en la carga de trabajo y 37.9% en la jornada. El modelo de productividad impulsa resultados inmediatos, pero eleva el burnout.
mar 05 mayo 2026 03:17 PM
Las empresas ganan con el burnout en el corto plazo, pero pagan con rotación y ausentismo
El desgaste laboral impulsa la productividad de forma inmediata, pero eleva ausencias, enfermedades y fuga de talento, con impacto directo en los costos operativos. (iStock)

No comer o hacerlo ahí mismo, frente a la computadora, lo que haya a la mano. No es algo excepcional, sino una práctica que se repite a lo largo de la semana: recortar pausas para avanzar pendientes. En ese ajuste cotidiano, casi imperceptible, se refleja una forma de trabajar que privilegia la productividad de corto plazo.

Ese tipo de decisiones, repetidas a lo largo de la jornada, se han convertido en una pieza más del funcionamiento de muchas organizaciones. Lo que parece un esfuerzo individual para cumplir objetivos termina formando parte de una lógica más amplia, que apunta a producir más en menos tiempo.

Ahí es donde comienza a tomar forma lo que los especialistas llaman la “economía del burnout”, un modelo en el que el desgaste del trabajador no es un efecto aislado, sino una consecuencia de cómo se estructuran las dinámicas laborales.

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En este esquema, quedarse más tiempo, responder fuera de horario o acumular tareas no necesariamente se traduce en mejores condiciones para el colaborador. Por el contrario, ese esfuerzo adicional suele acumularse como desgaste físico y emocional que, con el tiempo, impacta tanto a la persona como al negocio.

El burnout suele entenderse como un problema individual, pero en realidad responde a condiciones organizacionales. La productividad de corto plazo se sostiene a partir de una presión constante que permite elevar la producción sin incrementar de inmediato los costos.

La lógica que sostiene la productividad inmediata

En México, esa presión tiene forma y cifras. El estudio Riesgo Psicosocial México 2026, de Marsh, muestra que los principales riesgos dentro de las empresas se concentran en la carga de trabajo con 39.4%, la jornada laboral con 37.9% y la falta de control sobre el trabajo con 22.7%.

Estas variables operan de manera conjunta. “Es el mix perfecto para desarrollar burnout”, señala Ariel Almazán, líder de consultoría de salud en Marsh, al referirse a la combinación de cargas elevadas, jornadas extensas y baja capacidad de decisión sobre el propio trabajo.

El fenómeno no es homogéneo. De acuerdo con el estudio People Risk, también de Marsh, los millennials concentran los mayores niveles de riesgo en carga laboral y extensión de jornada.

En este grupo, cuatro de cada diez colaboradores se ubican en niveles de riesgo psicosocial alto o muy alto, con mayor exposición a exigencias operativas dentro de las empresas.

Para Víctor García, subdirector de consultoría en salud y analytics de la firma, hablar de una “economía del burnout” implica reconocer que el desgaste se ha integrado al modelo de productividad.

Durante un periodo, jornadas extensas y presión constante elevan la producción sin aumentar de inmediato los costos, por lo que el negocio “gana” en el corto plazo. El problema aparece después. Ese mismo nivel de exigencia deriva en ausentismo, enfermedades, rotación y pérdida de talento, lo que incrementa los costos operativos y reduce la productividad real.

“El burnout funciona como un impulso inicial para el negocio, pero termina generando un costo diferido que impacta directamente en la rentabilidad”, advierte.

“Un colaborador que mantiene jornadas extensas puede parecer más productivo en el corto plazo. Momentáneamente te va a impactar la productividad, porque se queda más tiempo y saca más carga de trabajo, pero llega una factura”, añade.

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El costo diferido que las empresas terminan pagando

Con el tiempo, esa factura se traduce en afecciones físicas y emocionales. Aparecen enfermedades gastrointestinales, problemas musculoesqueléticos o estrés prolongado que derivan en ausencias.

En el mismo estudio, el 16% de los trabajadores reportó haber vivido un acontecimiento traumático severo, y de ellos, el 45.8% presenta algún nivel de afectación que requiere atención médica o psicológica.

Cuando alguien se ausenta o deja la empresa, la carga de trabajo no desaparece. Se redistribuye entre el equipo o se traslada a una nueva contratación que requiere tiempo de capacitación.

Cubrir una vacante puede tomar hasta cuatro meses, lo que implica una pérdida directa de productividad y un aumento en costos operativos que no siempre se asocian con el burnout.

A pesar de este impacto, el modelo persiste. El 53% de los responsables de recursos humanos y gestión de riesgos reconoce que las condiciones laborales físicas y psicológicas inseguras pueden tener un efecto alto o incluso catastrófico en la organización.

Además, el 28% identifica las relaciones tóxicas dentro del trabajo como un factor que agrava el problema, lo que confirma que el desgaste también se origina en el entorno laboral.

Sin embargo, ese reconocimiento convive con una falta de acciones de fondo. Aunque el 63.4% de las empresas afirma contar con iniciativas de salud mental, el 50% se enfoca en comunicación interna o campañas de sensibilización.

El 37% cuenta con escuela para líderes, el 29% ofrece coaching, el 14% tiene programas para atender fatiga, estrés o burnout y el 8% ha desarrollado iniciativas enfocadas en el sueño.

“Del 63% de las empresas que participaron en el estudio, solo una de cada tres empresas brinda servicios profesionales de salud mental, como apoyo psicológico o psiquiátrico; es muy poco frente al tamaño del problema”, señala Ariel Almazán.

La brecha entre diagnóstico y acción ayuda a explicar por qué los riesgos no disminuyen. En empresas que han medido estos factores desde 2019, los niveles altos y muy altos han aumentado en la mayoría de los indicadores.

El fenómeno también muestra diferencias por sector. Industrias con alta exigencia por resultados y adopción tecnológica, como telecomunicaciones, registran incrementos relevantes en riesgo psicosocial.

Más allá de los datos, también es un tema cultural. “Seguimos reconociendo al que trabaja más, al que se queda más tiempo. Prácticamente le ponemos un reconocimiento en la pared al empleado más quemado del mes”, señala Almazán.

Reducir la jornada laboral puede modificar parte de estas dinámicas, aunque no resuelve el problema si la carga de trabajo se mantiene. “Cuando la carga permanece intacta, la presión se concentra en menos tiempo y el desgaste no desaparece, solo se reorganiza”, advierte.

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