El costo diferido que las empresas terminan pagando
Con el tiempo, esa factura se traduce en afecciones físicas y emocionales. Aparecen enfermedades gastrointestinales, problemas musculoesqueléticos o estrés prolongado que derivan en ausencias.
En el mismo estudio, el 16% de los trabajadores reportó haber vivido un acontecimiento traumático severo, y de ellos, el 45.8% presenta algún nivel de afectación que requiere atención médica o psicológica.
Cuando alguien se ausenta o deja la empresa, la carga de trabajo no desaparece. Se redistribuye entre el equipo o se traslada a una nueva contratación que requiere tiempo de capacitación.
Cubrir una vacante puede tomar hasta cuatro meses, lo que implica una pérdida directa de productividad y un aumento en costos operativos que no siempre se asocian con el burnout.
A pesar de este impacto, el modelo persiste. El 53% de los responsables de recursos humanos y gestión de riesgos reconoce que las condiciones laborales físicas y psicológicas inseguras pueden tener un efecto alto o incluso catastrófico en la organización.
Además, el 28% identifica las relaciones tóxicas dentro del trabajo como un factor que agrava el problema, lo que confirma que el desgaste también se origina en el entorno laboral.
Sin embargo, ese reconocimiento convive con una falta de acciones de fondo. Aunque el 63.4% de las empresas afirma contar con iniciativas de salud mental, el 50% se enfoca en comunicación interna o campañas de sensibilización.
El 37% cuenta con escuela para líderes, el 29% ofrece coaching, el 14% tiene programas para atender fatiga, estrés o burnout y el 8% ha desarrollado iniciativas enfocadas en el sueño.
“Del 63% de las empresas que participaron en el estudio, solo una de cada tres empresas brinda servicios profesionales de salud mental, como apoyo psicológico o psiquiátrico; es muy poco frente al tamaño del problema”, señala Ariel Almazán.
La brecha entre diagnóstico y acción ayuda a explicar por qué los riesgos no disminuyen. En empresas que han medido estos factores desde 2019, los niveles altos y muy altos han aumentado en la mayoría de los indicadores.
El fenómeno también muestra diferencias por sector. Industrias con alta exigencia por resultados y adopción tecnológica, como telecomunicaciones, registran incrementos relevantes en riesgo psicosocial.
Más allá de los datos, también es un tema cultural. “Seguimos reconociendo al que trabaja más, al que se queda más tiempo. Prácticamente le ponemos un reconocimiento en la pared al empleado más quemado del mes”, señala Almazán.
Reducir la jornada laboral puede modificar parte de estas dinámicas, aunque no resuelve el problema si la carga de trabajo se mantiene. “Cuando la carga permanece intacta, la presión se concentra en menos tiempo y el desgaste no desaparece, solo se reorganiza”, advierte.