La cocina representaba el lado opuesto de esa rutina. Desde niño había visto a su familia preparar pasteles, galletas y panes, mientras su gusto por hornear también abarcaba pescados y cortes de carne. Cuando necesitó una distracción, eligió experimentar con pan.
El pasatiempo comenzó a transformarse en una oportunidad cuando identificó a consumidores que buscaban alimentos sin gluten y encontró una necesidad particular entre madres de niños con autismo, quienes modificaban la alimentación de sus hijos.
Torres asistió a talleres impartidos por fundaciones donde las familias aprendían a utilizar ingredientes diferentes; después trasladaba lo aprendido a sus propias pruebas, aunque todavía no sabía hacer pan de manera profesional.
“Yo aprendí con los panaderos. Juan Pablo, quien todavía trabaja conmigo, me enseñó y entre los dos desarrollamos la variedad que tenemos actualmente”, cuenta el empresario.
La primera sucursal abrió en agosto de 2011 en Centrito Valle, en San Pedro Garza García, Nuevo León. El negocio todavía era un experimento que Torres financiaba con los ingresos de su despacho. Tres meses después, el proyecto estuvo a punto de terminar.
El 11 de noviembre de 2011, un trabajador intentó encender un horno usado, pero abrió por completo el paso del gas en lugar de activar solamente el piloto. La acumulación provocó una explosión que rompió cristales, anaqueles y la parte frontal del establecimiento.
El fuego se apagó con la propia detonación y el trabajador sufrió quemaduras que no pusieron en riesgo su vida. Como se encontraba solo en Monterrey y su familia vivía en Zacatecas, Torres lo llevó a su casa para supervisar sus curaciones durante tres semanas.
La panadería aún no producía ganancias y los daños hicieron que su fundador se preguntara si debía continuar. Los propios trabajadores influyeron en su decisión de volver a abrir.
“Era un hobby que no me generaba dinero y ya pensaba que se estaba convirtiendo en un capricho. Fue la única vez que consideré no continuar”, recuerda.
Superar la explosión no resolvió las dudas sobre su cambio profesional. Torres todavía tenía que decidir entre conservar el despacho que sostenía sus ingresos o dedicarse a una empresa que apenas buscaba mercado.
Durante un año y medio pagó los gastos de la panadería con recursos propios y preparó un fondo que pudiera cubrir los costos fijos del negocio.
El contador calculó el peor escenario antes de convertirse por completo en panadero. Si la empresa fracasaba, perdería el dinero reservado, pero podría regresar a su actividad anterior. La decisión implicaba riesgo, aunque no una apuesta sin límites.
“Programé y planeé los riesgos. Me preparé para dar el paso en términos económicos porque el despacho era mi principal fuente de ingresos y para eso había estudiado”, explica.
A finales de 2012 cerró el despacho y entregó las cuentas de sus clientes. El conocimiento acumulado como consultor no desapareció con el cambio, pues le permitió reconocer errores financieros, organizar procesos y decidir qué tipo de jefe quería ser en su propia empresa.
Hoy Torres asegura que cambiar de profesión no obliga a desechar las habilidades adquiridas , pues, en su caso, la experiencia con los números y procesos se volvió una herramienta para administrar la panadería.