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El fundador de Pan Gabriel convierte fallos operativos en lecciones de emprendimiento

Con la publicación de su primer libro, Gabriel Torres traslada sus lecciones sobre finanzas, gestión de equipos y canales de venta a la nueva generación de emprendedores.
Gabriel Torres, fundador de Pan Gabriel, posa con saco gris y lentes frente a un ventanal.
Gabriel Torres dejó su despacho contable para crear Pan Gabriel, una empresa que produce alrededor de 390,000 piezas de pan al mes y emplea a 200 personas. (Cortesía)

Gabriel Torres abandonó un despacho contable y una cartera de clientes construida durante ocho años para concentrarse en una panadería que todavía no generaba ganancias.

La panadería no surgió como un plan de negocios. Torres buscaba una actividad que le permitiera descansar de las cifras, las estrategias y los procesos que ocupaban sus días como asesor de empresas en Monterrey.

Había estudiado Contaduría Pública y posteriormente Psicología. A los 23 años abrió su propio despacho, donde llegó a dirigir un equipo de contadores y administrar la información financiera de clientes que permanecieron con él durante más de una década.

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La cocina representaba el lado opuesto de esa rutina. Desde niño había visto a su familia preparar pasteles, galletas y panes, mientras su gusto por hornear también abarcaba pescados y cortes de carne. Cuando necesitó una distracción, eligió experimentar con pan.

El pasatiempo comenzó a transformarse en una oportunidad cuando identificó a consumidores que buscaban alimentos sin gluten y encontró una necesidad particular entre madres de niños con autismo, quienes modificaban la alimentación de sus hijos.

Torres asistió a talleres impartidos por fundaciones donde las familias aprendían a utilizar ingredientes diferentes; después trasladaba lo aprendido a sus propias pruebas, aunque todavía no sabía hacer pan de manera profesional.

“Yo aprendí con los panaderos. Juan Pablo, quien todavía trabaja conmigo, me enseñó y entre los dos desarrollamos la variedad que tenemos actualmente”, cuenta el empresario.

La primera sucursal abrió en agosto de 2011 en Centrito Valle, en San Pedro Garza García, Nuevo León. El negocio todavía era un experimento que Torres financiaba con los ingresos de su despacho. Tres meses después, el proyecto estuvo a punto de terminar.

El 11 de noviembre de 2011, un trabajador intentó encender un horno usado, pero abrió por completo el paso del gas en lugar de activar solamente el piloto. La acumulación provocó una explosión que rompió cristales, anaqueles y la parte frontal del establecimiento.

El fuego se apagó con la propia detonación y el trabajador sufrió quemaduras que no pusieron en riesgo su vida. Como se encontraba solo en Monterrey y su familia vivía en Zacatecas, Torres lo llevó a su casa para supervisar sus curaciones durante tres semanas.

La panadería aún no producía ganancias y los daños hicieron que su fundador se preguntara si debía continuar. Los propios trabajadores influyeron en su decisión de volver a abrir.

“Era un hobby que no me generaba dinero y ya pensaba que se estaba convirtiendo en un capricho. Fue la única vez que consideré no continuar”, recuerda.

Superar la explosión no resolvió las dudas sobre su cambio profesional. Torres todavía tenía que decidir entre conservar el despacho que sostenía sus ingresos o dedicarse a una empresa que apenas buscaba mercado.

Durante un año y medio pagó los gastos de la panadería con recursos propios y preparó un fondo que pudiera cubrir los costos fijos del negocio.

El contador calculó el peor escenario antes de convertirse por completo en panadero. Si la empresa fracasaba, perdería el dinero reservado, pero podría regresar a su actividad anterior. La decisión implicaba riesgo, aunque no una apuesta sin límites.

“Programé y planeé los riesgos. Me preparé para dar el paso en términos económicos porque el despacho era mi principal fuente de ingresos y para eso había estudiado”, explica.

A finales de 2012 cerró el despacho y entregó las cuentas de sus clientes. El conocimiento acumulado como consultor no desapareció con el cambio, pues le permitió reconocer errores financieros, organizar procesos y decidir qué tipo de jefe quería ser en su propia empresa.

Hoy Torres asegura que cambiar de profesión no obliga a desechar las habilidades adquiridas , pues, en su caso, la experiencia con los números y procesos se volvió una herramienta para administrar la panadería.

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De 90 roscas a 17 sucursales

La primera señal de que Pan Gabriel podía crecer fuera de Nuevo León llegó a través de Facebook. En enero de 2014, Torres ofreció llevar roscas de Reyes a la Ciudad de México si conseguía vender al menos 30.

Publicó la propuesta durante la tarde y a las siete de la noche ya había colocado 90 roscas pagadas. Cargó el pedido en una camioneta de reparto, pidió a un amigo que lo acompañara y manejó desde Monterrey para entregar los productos en una esquina de Polanco.

La prueba sirvió como un estudio de mercado improvisado. Cinco meses después rentó un local en la colonia Condesa y abrió su primera sucursal en la capital.

El crecimiento continuó con una o dos aperturas por año durante buena parte de la historia de la compañía. Entre 2020 y 2022, en plena pandemia, la empresa abrió siete tiendas.

Pan Gabriel cuenta ahora con 17 sucursales propias y una red de distribuidores autorizados que lleva sus productos a distintas partes del país. Dos plantas ubicadas en Monterrey concentran la producción y abastecen las tiendas mediante rutas hacia el centro y el occidente de México.

La centralización, dice, los ayuda a mantener las recetas, pero aumenta la dificultad logística, ya que los vehículos salen un día sí y otro no, mientras el equipo debe calcular cuánto pan necesita cada establecimiento sin dejar anaqueles vacíos ni generar sobrantes.

La tarea se complica porque dos sucursales cercanas pueden presentar hábitos de compra diferentes. Una tienda de Guadalajara no necesariamente vende la misma mezcla de productos que otra de la misma ciudad, mientras la demanda de Condesa tampoco se comporta igual que la de Masaryk.

De ahí que supervisar el suministro fue la responsabilidad que más trabajo le costó delegar. Torres temía que una mala estimación afectara la disponibilidad o elevara las pérdidas, aunque mantener el control personalmente se volvió inviable a medida que aumentó el número de puntos de venta.

“Dediqué tiempo a enseñar al equipo a entender el comportamiento del consumo y a leer cada sucursal. No me costaba delegar porque no quisiera hacerlo, sino por la dificultad de interpretar el mercado”, señala.

La operación produce aproximadamente 390,000 piezas al mes y emplea a 200 personas. El pan requiere tiempos distintos a los de una receta convencional porque la empresa no utiliza trigo, levadura, huevo, leche ni conservadores.

La formulación incorpora harina de papa, fermento de linaza y una preparación de arroz. Mientras una concha tradicional puede fermentar durante dos horas, algunos productos de Pan Gabriel necesitan alrededor de ocho horas antes de entrar al horno.

El enfriamiento también debe controlarse porque empacar una pieza todavía húmeda puede favorecer la aparición de hongos. La ausencia de conservadores convierte el tiempo de producción y distribución en una restricción para crecer.

Por ello, Torres asegura que las aperturas no responden solo a la demanda, pues antes evalúa cuánto puede soportar el equipo. Expandirse demasiado rápido pondría presión sobre las plantas, las rutas y los trabajadores que deben conservar la consistencia del producto.

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El costo de las decisiones apresuradas

El fundador ya había aprendido el costo de acelerar decisiones durante los primeros años. En su etapa de experimentación viajaba para conseguir harinas especiales y compraba hasta 10 bultos de un ingrediente antes de comprobar si servía.

Cuando la primera prueba fallaba, los nueve costales restantes se convertían en desperdicio pagado con sus ahorros. “Me faltó cautela. Debí hacer las pruebas con cantidades pequeñas porque todavía no tenía ingresos suficientes que sostuvieran ese gasto”, admite.

La experiencia contradice la idea de que convertir una afición en empresa depende solo de la pasión . Torres necesitó un fondo de emergencia, año y medio de financiamiento propio, control de inventarios y una expansión ajustada a la capacidad de producción.

Su formación como psicólogo aparece con mayor claridad en la relación con los trabajadores. La decisión de cuidar en su casa al empleado herido durante la explosión y el tiempo invertido para enseñar antes de delegar muestran una forma de liderazgo que combina la responsabilidad personal con los controles de operación.

Torres se define como una persona inquieta e hiperactiva, características que lo llevaron de la contabilidad a la panadería y después a la escritura. Sin embargo, no presenta el disfrute como sustituto de la rentabilidad.

La publicación de su libro Horneando el éxito llegó cuando Pan Gabriel se acercaba a sus primeros 15 años. La obra nació de las preguntas que otros emprendedores le hacían sobre la coordinación de equipos, las finanzas y la expansión de un negocio con distintos canales de venta.

El empresario prepara ahora un pódcast y una incubadora para compartir experiencias con personas interesadas en hacer crecer sus proyectos. El siguiente paso ya no consiste solamente en abrir tiendas, sino en trasladar a otros las lecciones que él aprendió entre estados financieros, sacos de harina desperdiciados y una explosión ocurrida antes de que su primera panadería cumpliera cuatro meses de operación.

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