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Ebrard, el custodio de casi 600,000 mdd en exportaciones en el T-MEC

Frente a Donald Trump, el secretario de Economía navega un estilo impredecible y de presión constante.
jue 19 marzo 2026 02:21 PM
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Ebrard ha buscado construir puentes dentro del propio gobierno estadounidense. (Fotoarte: Expansión )

Marcelo Ebrard llega a la revisión del T-MEC con una de las responsabilidades más pesadas del gobierno mexicano. Desde la Secretaría de Economía conduce la estrategia comercial frente a Estados Unidos y Canadá en un momento donde las reglas cambiaron y el margen de error es mínimo.

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Sobre su escritorio pasa la relación con el principal socio comercial del país, una relación que en 2025 superó los 552,000 millones de dólares en exportaciones hacia Estados Unidos y más de 22,000 millones hacia Canadá.

El tamaño del intercambio ayuda a entender lo que está en juego. Las exportaciones representan cerca de 37% del PIB de México, de acuerdo con el Banco Mundial, y cada día cruzan la frontera bienes y servicios por unos 2,562 millones de dólares.

Es una relación intensa, constante, que no solo mueve mercancías, también define decisiones de inversión, empleo y crecimiento.

Frente a Donald Trump, el secretario de Economía se adapta a un estilo distinto, ajeno a manuales y marcado por presión constante. Lo describe como un negociador inmobiliario, alguien que altera condiciones, siembra incertidumbre y desgasta a su contraparte hasta forzarla a ceder.

En eso está la clave de su estrategia: mantener la calma, no mostrar urgencia y entender que la ansiedad juega en contra. En los momentos más tensos, como cuando Trump amagó con imponer aranceles generalizados de 25%, la respuesta no fue romper la mesa, sino acotar el daño. México logró que esos gravámenes se aplicaran solo a productos fuera del tratado, con lo que el impacto se redujo de forma importante.

Ese aprendizaje se refleja hoy en un tono distinto, pues en los últimos meses se ha visto a un Ebrard más confiado, lejos de la resignación que marcó el fin del arancel cero. En el arranque de las conversaciones formales llega con otra postura, dispuesto a pelear espacios y a negociar desde las fortalezas del país.

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México ha ganado terreno en el mercado estadounidense y ya supera con amplia ventaja a Canadá como proveedor. En enero, su participación en las importaciones de bienes de Estados Unidos alcanzó 16.3%, frente al 10.9% de Ottawa, esa diferencia le da más peso en la mesa y cambia el tono de la conversación.

Desde el frente mexicano, el mensaje es de confianza. Sergio Barajas, especialista en comercio exterior de Basham, Ringe y Correa, considera que el país llega con una posición sólida, no solo por la experiencia del equipo negociador, sino por la profundidad de la integración productiva que se ha construido durante décadas.

“México está bien representado, con Marcelo Ebrard al frente y con un equipo técnico que ha trabajado estos temas durante años”, señala.

Esa base no es nueva, se formó a lo largo de más de 30 años de integración, primero con el TLCAN y después con el T-MEC. En ese tiempo se consolidó una red de inversiones, plantas y cadenas de suministro que conecta a los tres países y que hoy limita cualquier cambio brusco.

Desde esa posición, Ebrard ha buscado construir puentes dentro del propio gobierno estadounidense. No todos piensan igual. Algunas agencias priorizan la estabilidad regional, otras la migración o la seguridad. Entender esas diferencias es parte del trabajo.

Su lectura de Trump es que no se trata solo de comercio; Estados Unidos atraviesa un cambio de fondo, donde la prioridad ya no es la globalización, sino la seguridad y el control de sus cadenas de suministro.

Pero cambiar reglas de fondo, como las de origen, implicaría afectar sus propias operaciones. “Si se plantearan ajustes de ese nivel, Estados Unidos estaría impactando sus propias inversiones”, advierte Barajas.

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El escenario tampoco deja mucho espacio para decisiones drásticas, pues Norte América compite con otros bloques que buscan atraer capital y asegurar cadenas de suministro, por lo que el T-MEC funciona mejor como bloque que como acuerdos fragmentados.

Ebrard lo tiene presente, sabe que la relación es asimétrica, pero también profundamente interdependiente. México depende de Estados Unidos, pero Estados Unidos también depende de México como proveedor, como mercado y como plataforma productiva.

Por eso la negociación no apunta a una ruptura, aunque el tono sea ríspido y esté lleno de presiones. El incentivo de fondo se mantiene, preservar un sistema que ya echó raíces y que sería muy costoso desmontar.

La revisión del T-MEC arranca con presión en temas como reglas de origen, energía o agro, pero detrás del ruido político hay una realidad más difícil de mover. la integración de la región.

Ebrard negocia en ese equilibrio, entre la presión constante de Trump y el peso estructural de una integración que no se puede desarmar con facilidad. No se trata de ganar cada punto, sino de sostener el conjunto, de resistir el desgaste y de encontrar espacios para avanzar en medio de una relación que, más que cambiar, se está redefiniendo.

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