E: ¿Qué diferencia a su tequila?
SC: Generalmente, lo que hace la gente cuando va a desarrollar un tequila es ir a la destilería y, dependiendo de los equipos que encuentren, es el perfil de producto que escoge. Nosotros, desde un inicio, contratamos a una maestra tequilera, que se llama Ana María Romero y era la encargada de elaborar los perfiles de producto que íbamos a lanzar, que, en este momento, tenemos un blanco y un cristalino. Le dimos carta blanca para definir qué procesos quería dentro de la destilería para producir esos perfiles.
La destilería tenía autoclave (para cocinar el agave) y un molino tradicional, pero no contaba con horno de mampostería ni con tahona. Tampoco contaba con alambiques de cobre y, entonces, la redefinimos en términos de equipos y estructura para producir ese perfil de tequila. Va un poco más allá en complejidad. En el caso de vinos, siempre hablan del terreno; en el caso del tequila, no se estaba usando y resulta que hay dos zonas características: una que está alrededor del volcán y otra es la de los Altos de Jalisco, del otro lado y a otra altura. El mismo agave cultivado en estas dos zonas te arroja aromas distintos en el tequila. Ana María decidió adoptar el concepto de assemblage o ensamblaje y, así como mezclan vino, estamos produciendo tres tequilas blancos para después mezclarlos.
E: ¿Cómo ve el mercado y a la competencia?
SC: Hay varios fenómenos que llaman la atención en la industria, el número de marcas que están surgiendo todo el tiempo, por ejemplo. Tienes a Michael Jordan sacando su tequila o a George Clooney con Casamigos. Sin embargo, cuando mides cuáles son los que más se venden, son aquellos que producen y distribuyen las grandes compañías en el mundo. El tema de la distribución es clave y el producto tiene que ser bueno en términos de calidad, el empaque, la marca. Este ‘efecto Clooney’, como le llamo, no se cuánto vaya a durar, pero la idea es que si perteneces a un gran portafolio, puedes crecer en un negocio muy competido.