En manufactura ocurre algo similar. Las líneas de producción no pueden detenerse y los turnos están diseñados para operar de forma seguida, por lo que reducir la jornada implica crear nuevos turnos o pagar más horas extras.
Algunas automotrices ven viable el cambio, pero bajo una condición: debe ser gradual, ya que es una industria acostumbrada a planear su operación al minuto, y por lo mismo teme que un ajuste en los tiempos altere engranes que hoy funcionan al límite.
Según la firma Kelly, solo 55% de las empresas automotrices están de acuerdo con la reforma. El resto observa un escenario más complejo, pues el 27.75% dice estar parcialmente de acuerdo, el 9.57% rechaza abiertamente la medida y el 7.66% admite no tener aún una postura definida.
Por otro lado, el impacto también toca a las pequeñas empresas. En una gran corporación el costo puede distribuirse entre áreas o productividad, pero en un restaurante, un comercio o una empresa de servicios, la nómina es el gasto principal, así que contratar un trabajador adicional puede significar subir precios, reducir horarios o absorber márgenes.
Por eso, la discusión de la reforma, que ya se encuentra en el senado, dejó de ser solo laboral y se volvió financiera. Roberto Ventura, socio fundador de Neos RH Consultores, señala que por eso la reforma de las 40 horas es una de las más polémicas en el mercado del trabajo.
“Es cierto que la propuesta mejora el bienestar del trabajador, pero también es innegable que muchas organizaciones tendrán que invertir, automatizar procesos, capacitar personal, reorganizar tareas y eliminar actividades de bajo valor”, dice.
Además, tendrá que cambiar la cultura laboral. “En México, estar en la oficina todavía se asocia con productividad, incluso cuando no siempre ocurre. El hecho de reducir las horas exige objetivos claros, medición de resultados y mejor organización no solo por parte de la empresa, sino del mismo trabajador”.
Granados coincide en que más tiempo personal puede traducirse en menos estrés, mayor permanencia y mejor salud. Pero para las empresas, el ajuste implica inversión, planeación y aprendizaje. “El dilema no está en el beneficio, sino en quién absorbe el costo y cómo se distribuye durante la transición”.