El asistente pregunta cuántas personas, cuántos tiempos, qué menú y nivel de consumo. Con esa información propone etiquetas, cantidades y precio. “Te recomienda la mejor opción de Viñedos Azteca con cantidad y con precio, conversas hasta que acabe en una cotización, le das clic y la pagas”, dice Villalobos.
Ese mismo flujo funciona para pedidos corporativos. “Imagina una fiesta de Navidad con 180 empleados. El sistema calcula cantidades por persona, sugiere etiquetas por tiempos y entrega en un minuto un presupuesto que ya no rebota entre áreas ni se pierde en correos internos”, explica.
“Lo programé en un tiempo de cinco días, cuando para hacer una app te puedes tardar un año”, añade María. La idea partió de crear una solución ligera que no exigiera infraestructura nueva ni un ejército de soporte. “Es solamente mandar el link por WhatsApp y él se hace cargo de venderte, en contraste con alternativas costosas como aplicaciones a la medida o un call center dedicado”.
El diseño respetó un principio de responsabilidad de marca. El asistente no se sale del catálogo y mantiene un tono cordial y respetuoso que evita promover excesos. “Tiene un manual de comunicación y reglas de ética, conoce los precios y reconoce que hay vinos valiosos en la región aunque él solo ofrezca los de la casa”, sostiene Villalobos.
Para Ferreira, la lectura es que la herramienta no sustituye al equipo de ventas, sino que estandariza la primera milla y libera tiempo para lo que conviene hacer en persona. “Antes la venta ocurría 70% en sitio y 30% digital. Con el sommelier casi se emparejó con la física”, refiere el directivo.
Según datos de la empresa, antes del sommelier fabricaban 7,000 botellas anuales y hoy día hacen 50,000, de las cuales unas 25,000 se venden en digital. Pero la demanda obligó a fortalecer el suministro con alianzas en la región y a invertir en otro viñedo en Guanajuato para asegurar la materia prima.
El director asegura que el sommelier digital no nació para resolver una crisis. Viñedos Azteca ya funcionaba como viñedo boutique con tres hectáreas enfocadas en calidad y con el enoturismo como pilar de la venta en sitio.
Pero la adopción de IA encajó en una cultura de innovación que ya había probado productos distintivos como los primeros vermuts mexicanos y un espumoso por método Charmat. La tecnología siguió esa lógica de probar, medir y escalar cuando conviene.
El crecimiento también empujó la hospitalidad, ya que gracias al incremento en las ventas montaron el hotel boutique Casa Diamante y arrancaron un desarrollo inmobiliario alrededor de la experiencia del vino. La propia demanda los llevó a abrir esa línea de negocio para atender a quienes piden quedarse en el destino y vivir el viñedo de otra forma.
El caso de Viñedos Azteca es un mapa práctico para las pymes que no saben por dónde empezar. Elegir un punto de dolor cercano al cierre, traducir el negocio a reglas y datos que la IA pueda ejecutar, poner al asistente en el canal que ya usa el cliente, medir una métrica concreta para iterar con disciplina.
Villalobos asegura que la conversación digital se vuelve guía y cotización cuando se define con claridad y eso cambia la forma de planear producción, inversión y experiencia. A su parecer, más que dominar la inteligencia artificial el meollo es saber qué pedirle y cómo, con objetivos específicos.
“Aprendí que si yo sabía de algo, se lo podía pedir, y ese principio es lo que convirtió a un asistente entrenado en un vendedor estrella que sostiene el canal digital y deja al equipo hacer lo que sí requiere presencia humana”, expresa.