Las filas de pipas en algunas terminales de almacenamiento comenzaron a alargarse en los últimos días, pero no por falta de producto. El fenómeno, que en un inicio se interpretó como desabasto, respondió en realidad a una dinámica distinta: menos diésel importado entrando al país y una operación más cautelosa por parte de los distribuidores.
El alza en el precio internacional del diésel, impulsada por el conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán, presionó los costos de adquisición del combustible. El impacto se trasladó de inmediato a las empresas mexicanas, que dependen en buena medida de las importaciones desde el mercado estadounidense.
Sin embargo, el encarecimiento no solo elevó los costos para transportistas, industrias y consumidores finales. También activó un proceso de ajuste interno en la cadena de suministro: la racionalización del consumo y, sobre todo, de las compras.