Una primera impresión
Siempre me ha parecido injusto emitir un juicio definitivo sobre un automóvil después de conducirlo apenas una semana. Los defectos importantes suelen aparecer meses después, cuando la novedad desaparece y empieza la convivencia cotidiana. Pero las primeras impresiones también importan. De hecho, buena parte de las decisiones de compra se toman ahí, en esos primeros kilómetros en los que uno intenta responder una pregunta bastante simple: ¿este coche hace que quiera seguir manejándolo?
Una de las rutas que suelo utilizar para responder esa pregunta es el primer tramo de la carretera México-Toluca.
No es una prueba científica. Simplemente reúne varias condiciones útiles: altura, pendientes largas, tráfico impredecible y suficientes curvas para entender cómo responde un vehículo sin necesidad de llevarlo a un circuito.
Ahí el Zeekr 7X confirma una de las mayores virtudes de cualquier eléctrico: la potencia está disponible desde el instante en que se toca el acelerador.
Los números ayudan a dimensionarlo. La versión Flagship –que es la que probé – entrega 637 hp y 710 Nm, suficientes para acelerar de cero a cien kilómetros por hora en 3.8 segundos. Pero la experiencia no se resume en una ficha técnica. Lo que cambia la conducción es la ausencia de espera. No hay un motor buscando revoluciones ni una transmisión decidiendo qué marcha seleccionar. El coche simplemente responde.
Hay un placer difícil de explicar en esa inmediatez. Uno termina acostumbrándose muy rápido.
También encontré decisiones de diseño que agradecí más de lo que esperaba.
El volante conserva botones físicos para controlar el volumen y cambiar de canción. Parece un detalle menor hasta que uno recuerda la obsesión reciente de la industria por esconder cualquier función detrás de una pantalla. Soy de las personas que cambian constantemente de música mientras manejan. Tener que entrar a un menú para hacerlo me resulta más una distracción que un avance tecnológico.
En cambio, otras funciones, como el aire acondicionado o el plegado de los espejos, siguen dependiendo de la pantalla central.
Supongo que esa batalla ya está perdida.
Pertenezco a una generación que todavía encuentra cierto consuelo en una perilla. Hay algo intuitivo en girarla sin mirar, en sentir que una función ocurrió porque los dedos encontraron un objeto físico y no porque un software interpretó correctamente un toque sobre un cristal.
No estoy segura de que eliminar botones haga mejores automóviles. Sí estoy segura de que hace interiores más fotogénicos.
El resto del habitáculo responde a lo que se espera de un vehículo de este precio: piel Nappa, asientos con masaje, ventilación y calefacción, una pantalla Mini-LED de 16 pulgadas, head-up display y un sistema de sonido con 21 altavoces. Con los asientos abatidos, el espacio de carga alcanza casi dos mil litros, suficiente para recordar que, detrás del diseño y la tecnología, sigue siendo un vehículo pensado para una familia.