De acuerdo con un análisis de Fintual , los conflictos geopolíticos han estado presentes el 99.6% del tiempo desde 1900, y su impacto en los mercados suele ser acotado: la caída máxima mediana ronda el 4% y, en la mayoría de los casos, las pérdidas se recuperan en cuestión de meses.
“Los conflictos geopolíticos no marcan una tendencia en horizontes largos de inversión”, señala la firma, que advierte que reaccionar al ruido de corto plazo suele ser una mala estrategia.
El efecto de los conflictos geopolíticos en las inversiones
Este comportamiento coincide con la evidencia de Capital Group, que muestra que, pese a episodios de alta volatilidad —como caídas cercanas a 10% en el S&P 500 en 2025 o movimientos diarios de hasta 9.5% tras anuncios arancelarios—, los mercados tienden a estabilizarse y retomar su trayectoria de largo plazo.
Incluso en correcciones más profundas, las acciones han registrado caídas promedio de entre 17% y 18%; sin embargo, en los 12 meses posteriores suelen repuntar con ganancias de doble dígito, en un rango cercano a 20% a 30%, mientras que los bonos tienden a amortiguar las pérdidas, lo que refuerza el papel de la diversificación, según Capital Group.
Algunos inversionistas buscan no quedarse fuera de un posible rebote. Aún pesa el recuerdo del fuerte repunte tras los anuncios del “Día de la Liberación” de Trump el año pasado, cuando la suspensión de aranceles revirtió de golpe las caídas en bolsa. En ese episodio, varios fondos de cobertura fueron tomados por sorpresa ante un salto de más de 10% del Nasdaq en una sola jornada, por lo que ahora intentan anticiparse a un movimiento similar.
BlackRock prevé oportunidad en infraestructura
La carta anual de Larry Fink, presidente de BlackRock, plantea que el mundo atraviesa una reorganización profunda impulsada por la fragmentación del comercio, la búsqueda de autosuficiencia energética y el auge de la inteligencia artificial. Este nuevo entorno implica mayores costos en el corto plazo, pero también un ciclo de inversión intensiva en capital que podría definir la próxima década.
“Países están invirtiendo para ser menos dependientes unos de otros”, advierte, en un proceso que requerirá enormes flujos hacia infraestructura, energía y tecnología.
En este contexto, la crisis del petróleo no es solo un shock de precios, sino un catalizador. El aumento en la demanda energética, impulsado por la electrificación, la expansión industrial y el crecimiento de centros de datos vinculados a la IA, está obligando a acelerar inversiones en nuevas fuentes de generación, desde gas natural hasta renovables. Para Fink, garantizar energía abundante y accesible será clave para la competitividad económica, lo que abre oportunidades en toda la cadena energética.
La combinación de estos factores refuerza una tesis central: la volatilidad no invalida las inversiones, sino que forma parte del proceso de generación de rendimientos.