Líbano fue arrastrado a la guerra en Medio Oriente el 2 de marzo, cuando Hezbolá lanzó una serie de misiles contra Israel como represalia a la muerte del líder supremo Ali Jamenei.
Desde entonces, más de 1,800 personas han muerto, 330 solo en los ataques del miércoles, posteriores a la tregua con Irán, de acuerdo con el Ministerio de Salud Libanés.
Una crisis económica
Los constantes conflictos con su vecino no son la única preocupación de los libaneses. El país atraviesa una crisis económica y financiera grave desde hace 2019.
La deuda del gobierno con respecto al PIB en Líbano promedió el 163.8% del PIB desde 2000 hasta 2024, alcanzando un máximo histórico del 358.2% del PIB en 2021, de acuerdo con información del Fondo Monetario Internacional. Este endeudamiento ha sido provocado por el gasto irresponsable de los gobiernos libaneses posteriores a la guerra civil de la década de 1970.
Algunos economistas han descrito el sistema financiero del Líbano como un esquema Ponzi regulado a nivel nacional, en el que se toma deuda nueva para pagar a los acreedores existentes. Funciona hasta que se agota el flujo de nuevos recursos..
Después de la guerra civil, el Líbano equilibró sus libros con los ingresos por turismo, la ayuda extranjera, las ganancias de su industria financiera y la generosidad de los estados árabes del Golfo, que financiaron al Estado al reforzar las reservas del banco central.
Para mantener la estabilidad y un tipo de cambio fijo frente al dólar, el Banco Central libanés ofreció tasas de interés extremadamente altas a los bancos comerciales. Estos atrajeron depósitos masivos en dólares de la diáspora libanesa, que luego prestaban al Estado para financiar un gasto público ineficiente y plagado de corrupción.
Este modelo funcionó mientras el flujo de dólares hacia el país fue constante. Sin embargo, la parálisis política, el impacto de la guerra en la vecina Siria y la disminución de las remesas empezaron a secar las reservas de divisas.