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OPINIÓN: Me quitaron a mi hijo en la frontera

Yo soy la prueba de que separan de sus hijos a las personas que piden asilo, sin razón aparente; comprendo a las otras madres que aún sufren por sus hijos, afirma Mirian G.

Nota del editor: Mirian G. Es hondureña y está solicitando asilo en Estados Unidos. La separaron de su hijo de un año y medio por más de dos meses. Ella forma parte de la demanda colectiva de la Unión Estadounidense de Libertades Civiles contra la política de separar a los niños de su familia. Como Mirian está pidiendo asilo, no quiere revelar su nombre completo por seguridad. Las opiniones en esta columna pertenecen exclusivamente a la autora.

(CNN) — Llegué a Estados Unidos el 20 de febrero de 2018 a pedir asilo político. Conforme cruzaba el puente internacional que conecta Matamoros, México, con Brownsville, Texas, sentí que el miedo me subía por la garganta. Caminaba hacia un futuro incierto. Al mismo tiempo, estaba dejando atrás una vida de peligro seguro.

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Hui de Honduras con mi hijo de 18 meses poco después de que la violencia de parte del gobierno pusiera en peligro nuestra vida. Ahora, con mi bebé en brazos, me acercaba a un puerto de entrada estadounidense para buscar refugio.

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Sabía que el procedimiento de asilo sería largo y que era posible que me detuvieran junto con mi hijo mientras esperábamos a que un juez dictara nuestro futuro.

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Nunca me habría imaginado que me lo quitarían. Sin embargo, pronto descubrí cómo funciona realmente el sistema inmigratorio estadounidense.

Después de que les dije a los oficiales que quería pedir asilo, me llevaron a una sala y me preguntaron por qué había venido a Estados Unidos. Les dije que corría peligro en Honduras por la represión militar de las protestas contra una elección presidencial impugnada. Todos los días desaparecía gente; hui cuando los militares arrojaron gases lacrimógenos a nuestra casa.

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Entregué papeles que probaban mi identidad y la de mi hijo: mi identificación oficial hondureña, su acta de nacimiento y su expediente del hospital. En los dos últimos documentos, yo figuro como su madre. Los oficiales se quedaron con ellos y nunca me preguntaron si era mi hijo.

Pasamos toda la noche en ese complejo. Sería la última noche en meses que mi hijo dormiría en mis brazos.

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Cuando nos despertamos, al día siguiente, los agentes de inmigración nos llevaron afuera, en donde nos esperaban dos autos del gobierno. Dijeron que yo iría a un lugar y que mi hijo iría a otro. Les pregunté por qué una y otra vez, pero no me dieron una razón.

Los agentes me obligaron a poner a mi hijo en una silla para auto. Me temblaban las manos mientras buscaba las correas del cinturón y mi hijo empezó a llorar. Sin darme siquiera un momento para consolarlo, el agente cerró la puerta. Pude ver a mi hijo por la ventana, mirándome… esperando a que me metiera en el auto con él, pero no me dejaron. Gritaba mientras el auto se alejaba.

nullMe llevaron al Centro de Detención de Port Isabel en Los Fresnos, Texas. Casi no podía moverme ni pensar, sabiendo que mi hijo nunca se había separado de mí y que ahora estaba solo, en otro centro gubernamental.

Al día siguiente me dijeron que lo habían llevado a un hogar sustituto financiado por el gobierno federal en San Antonio, Texas, pero no me dijeron quién lo estaba cuidando, cuánto tiempo estaría ahí ni cuándo podría volver a verlo. Me dieron un número telefónico, pero no tenía acceso a un teléfono.

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Después de dos días, me transfirieron al Centro de Detención de Laredo; ahí pude llamar a mi hermana para pedirle ayuda. Ella pudo ver a mi hijo en una videollamada, pero yo no pude verlo ni recibir fotos. Mi hijo es demasiado pequeño y todavía no habla, pero al menos pudieron dejar que oyera mi voz. No sabía si la iba a olvidar.

En esos días llenos de desesperación, tras semanas de detención, estaba a punto de quebrarme. Afortunadamente, conocí a dos mujeres —Laura y María— que también estaban detenidas y que me ayudaron a encontrar fuerzas. Me dijeron que tenía que superar la separación, que tenía que salir para encontrarlo.

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A lo largo de mis transferencias a tres centros de detención en Texas, recé, limpié, tomé clases de inglés, cualquier cosa que me mantuviera centrada en la posibilidad de recuperar a mi hijo y no en el dolor de perderlo. Le pedí a Dios que me ayudara a que mi espíritu no se quebrara y respondió.

El 3 de abril, un juez falló que mi solicitud de asilo es creíble y me liberaron unas semanas después. Entonces pude presentar una solicitud ante la Oficina de Reubicación de Refugiados para que me devolvieran a mi hijo.

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El 2 de mayo me entregaron a mi hijo tras estar con desconocidos dos meses y once días. La alegría de tenerlo en mis brazos fue indescriptible, incontenible. No podía dejar de besarle el rostro. Todo el tiempo que estuvimos separados, mi hijo fue la razón por la que resistí y finalmente estaba allí, como si fuera una visión. Este mayo, pasé mi primer Día de las Madres en Estados Unidos con mi hijo.

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Yo soy la prueba de que separan de sus hijos a las personas que piden asilo, sin razón aparente. Comprendo a las otras madres que aún sufren por sus hijos. Rezo por que tengan fuerza y que encuentren gente que pueda ayudarles a cargar su cruz, como lo hicieron conmigo las otras mujeres del centro de detención. Ante tanta crueldad, hizo toda la diferencia.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

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