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OPINIÓN: ¿Qué degrada la calificación de Pemex?

Las empresas calificadoras deben apartarse de las sospechas de politización y conflictos de interés, opina Iván Franco.

Nota del editor: Iván Franco es fundador y director de la consultora de inteligencia competitiva Triplethree International. Las opiniones en esta columna pertenecen exclusivamente al autor.

(Expansión) - Para los que nos dedicamos a generar datos, información e inteligencia, es común recibir preguntas, cuestionamientos y dudas. Es normal y bastante benéfico para quienes generamos esta información.

Por ello, nadie debería molestarse porque el presidente Andrés Manuel López Obrador cuestionó la degradación de la nota para la deuda de Pemex, por dos motivos; en primer lugar, es una prerrogativa de los clientes o agentes interesados y, en segundo lugar, porque los comunicados de las agencias calificadoras deben ir acompañados de las razones metodológicas más a fondo y de las variables que llevaron a la empresa a rebajar la calificación de Pemex.

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Estoy seguro que una empresa como Fitch Ratings ha tenido numerosas juntas con inversionistas y con funcionarios de Pemex explicando su metodología de análisis sobre la posición financiera de las empresas que emiten deuda. Si no es así, debería hacerlo.

Sin embargo, parece extraño que la agencia calificadora haya mantenido la deuda de Pemex con una calificación de BBB+ en los años recientes y solo la degradó hasta hace poco, justo a dos meses de la toma de posesión del nuevo gobierno. Las razones financieras y el flujo de efectivo de una empresa se deterioran de forma paulatina y tendencial, no tanto coyuntural.

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Considero que la calificación no es incorrecta, los argumentos que publica la calificadora son válidos y consistentes con sus métricas y metodología propia. Sin embargo, genera suspicacias políticas el hecho de que la agencia “ahorque” de esa manera a un gobierno que acaba de comenzar, cuando las razones financieras de la empresa ya estaban deterioradas desde hace tiempo y cuando la plataforma de producción de petróleo había caído también desde años atrás.

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¿Acaso esperaba la calificadora un plan maestro para sacar a la empresa de la situación de insolvencia en solo dos meses? O, ¿una promesa de inversión pública para exploración y extracción de entre 9 y 14 billones de dólares en un año? No parece muy viable. Quizá esperaba un arreglo de los números financieros de Pemex apegados a la metodología que usa la calificadora para no degradar la nota.

La calificación de BBB con perspectiva negativa debía haber llegado desde antes, en el sexenio anterior. Acompañando, por ejemplo, la perspectiva de solvencia de Pemex, en el contexto de los resultados de las rondas petroleras. Si uno mira los contratos asignados en las rondas petroleras (cuyo cumplimiento está por verse), no favorecen a Pemex como empresa; favorecen al sector y al gobierno que participa de las rentas. Sin embargo, Pemex se queda como una observadora con relativamente poca participación, cuando la que necesita terapia intensiva es la empresa, más que el sector.

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El nuevo gobierno está en plena curva de aprendizaje de un sector cuya empresa estatal atraviesa una situación sumamente difícil desde hace tiempo. Parece prematuro que la reducción de la nota haya venido en este momento. Promueve hipótesis sobre si la degradación de la calificación es atribuible a las razones financieras o al nuevo plan energético de este gobierno. Si es la segunda razón, la calificadora estaría cometiendo un error metodológico por falta de rigor, calificando un plan que también tiene falta de rigor y de tiempo.

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Una teoría que circula es que a los “mercados” no les agrada el plan de sustituir la importación de hidrocarburos con producción local. Si es así, entonces, ¿cómo se vincula -según la calificadora- este hecho con la fuerte codependencia que tiene el gobierno sobre los flujos generados por Pemex?

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Las empresas calificadoras deben apartarse de las sospechas de politización y conflictos de interés. Ya vimos los resultados de la falta de rigor metodológico y de comunicación en la crisis financiera de 2008.

Por otra parte, Pemex requiere un profundo cambio de gobierno corporativo empezando desde dentro. El downsizing de la empresa era inevitable y debe ser congruente con su nivel de producción y de productividad. El costos de algunos privilegios y de la corrupción podrían disminuir en la medida en que se continúe compactando a la empresa hacia un nivel más adecuado.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

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