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Nuestras Historias

OPINIÓN: Lo que el mundo perdió a bordo del vuelo 302 de Ethiopian Airlines

Para poner esta pérdida en perspectiva, la cifra de muertos opaca a la cantidad de empleados que la ONU perdió en el ataque a sus oficinas en Bagdad en 2003, apunta Michael Bociurkiw.

Nota del editor: Michael Bociurkiw es analista de asuntos mundiales y fue portavoz de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa. Es originario de Canadá; ha colaborado con publicaciones como Globe & Mail y Winnipeg Free Press y comenta frecuentemente en la televisión canadiense. Las opiniones en esta columna pertenecen exclusivamente al autor.

(CNN) — No había una zona de guerra activa, un sistema climático violento ni secuestros. Ninguno de los peligros a los que se enfrentan los trabajadores humanitarios rutinariamente en todo el mundo. Pese a todo, varios perdieron la vida trágicamente el 10 de marzo en un avión que, irónicamente, es tan avanzado tecnológicamente que lo consideran uno de los mayores éxitos en la aviación moderna .

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El vuelo 302 de Ethiopian Airlines se estrelló con 157 pasajeros y tripulantes a bordo. Las personas que viajaban en el nuevo Boeing 737 MAX eran de al menos 35 nacionalidades.

El sector de la ayuda humanitaria en particular sufrió un duro golpe. Según Naciones Unidas, a bordo había 22 pasajeros relacionados con el órgano mundial. El Programa Mundial de Alimentos fue el más afectado: siete de sus empleados , incluido el irlandés Michael Ryan, subdirector de ingeniería. A bordo también iba personal de otros órganos de asistencia como Save the Children, el Consejo Noruego para los Refugiados y Catholic Relief Services.

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Se ha perdido todo un grupo de expertos y trabajadores centrados en temas tan diversos como la defensa de la vida marina del Ártico, el mantenimiento de la seguridad en Uganda o el alivio del sufrimiento de los refugiados rohinyá en Bangladesh.

Para poner esta pérdida en perspectiva, la cifra de muertos opaca a la cantidad de empleados que la ONU perdió en el ataque a sus oficinas en Bagdad en 2003 y es ligeramente menor a la cantidad de muertos que dejó el ataque con un coche-bomba en el edificio de la ONU en Abuya en 2011: 22 y 21, respectivamente.

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"Es devastador, es desolador", dijo el director del Programa Mundial de Alimentos, David Beasley, a Christiane Amanpour, de CNN . "Perdemos gente en el terreno, en el campo de batalla o en desastres naturales casi todos los días. Pero no esperamos algo como esto".

A quién perdimos

Entre las víctimas estaba Jessica Hyba, una de las 18 canadienses que iban a bordo y que trabajaban para el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados; iba en calidad de directora de relaciones externas con base en Mogadiscio, Somalia. Hyba, a quien un colega llamó " guerrera humanitaria ", había trabajado para Care Canada en la respuesta de emergencia al tsunami del océano Índico en 2004.

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También estaba el hongkonés Victor Shangai Tsang, quien trabajó como director de políticas sobre objetivos de desarrollo sostenible del Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente. Se lo describió como "un defensor del género y de los objetivos de desarrollo sostenible".

Además, Save the Children llora la pérdida de Tamirat Mulu Demessie, asesora técnica de protección infantil en emergencias que "trabajó incansablemente para asegurar que los niños vulnerables estén a salvo durante las crisis humanitarias".

Como dijo Adrienne Arsenault, conductora de CBC News , dada la cantidad de trabajadores humanitarios que iban a bordo, el vuelo 302 de Ethiopian Airlines "era un avión lleno de potencial".

El costo de las vidas perdidas

Como hay casi medio millón de trabajadores humanitarios en el mundo , es raro que un vuelo comercial despegue sin llevar al menos a uno a bordo. Pero cuando se pierden tantos en una sola ocasión, especialmente en estas circunstancias, el dolor y la sensación de pérdida se multiplican.

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Aun antes del accidente, este sector enfrentaba varios desafíos como la falta considerable de recursos, la duración cada vez mayor de los conflictos y el aumento de su letalidad. Un mundo cada vez más complejo exige personas comprometidas y con habilidades diversas.

Cuando las cosas salen mal, existe una camaradería singular entre los trabajadores humanitarios que es casi imposible de describir. Una carrera típica en la ONU, como en mi caso, puede llevarte de un desastre provocado por el hombre o de un desastre natural a otro; trabajas con personas de diferentes nacionalidades en lugares cerrados, en condiciones extremadamente desafiantes. Nuestro tejido conectivo tiende a ser muy fuerte y así permanece el resto de tu vida.

Muchas de nuestras amistades se forjan en circunstancias terribles: guerras, hambrunas, ciclones, tsunamis, epidemias o ataques inefables contra civiles inocentes.

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Además, en el sector abundan los problemas de salud mental y las dependencias hacen poco para abordar el problema, así que tendemos a depender unos de otros, años e incluso décadas después de haber terminado nuestra misión o nuestro despliegue.

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"La comunidad mundial de trabajadores humanitarios es como la familia que uno escoge", me dijo mi antigua colega de la Unicef, Tanya Accone. "Estamos entrelazados por nuestra experiencia de tener una vocación sumamente móvil por el servicio público internacional; estas son las personas con las que celebras tus logros, de quienes dependes en una emergencia familiar, con las que pasas los problemas grandes y pequeños. Nuestra red es mucho más cerrada que los siete grados de separación, así que cuando pasa algo como esto, reverbera alrededor del mundo y nos afecta a muchos".

Cuando el pasado es prólogo

Ver a los investigadores revisando los restos del avión en Etiopía me hizo recordar algunas imágenes dolorosas de cuando revisé los restos del vuelo 17 de Malaysia Airlines en Ucrania Oriental. Hay similitudes entre ambos accidentes en el sentido de que es probable que los familiares pasen por un proceso doloroso mientras esperan a recibir los restos de sus seres queridos.

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Formé parte de un equipo de observadores internacionales de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa; llegamos a la zona del accidente unas 24 horas después de que el avión cayera, el 17 de julio de 2014. Además de los cuerpos mutilados, encontramos pertenencias como juguetes de peluche, libros sobre viajes y notas personales escritas a bordo de la aeronave.

Como sabía que el impacto de los tanques de combustible creó una bola de fuego que alcanzó los 1,600 grados Celsius , derritió el ala y vaporizó casi todo lo que había alrededor, sabía que algunos familiares no recibirían restos de sus seres queridos. Por eso es importante preservar las valiosas pertenencias que hubieran sobrevivido al accidente para enviárselas a sus seres queridos.

En el caso del Ethiopian Airlines 302, es importante preservar la labor que hacían los trabajadores humanitarios que perdieron la vida. Los caídos en el frente de batalla no querrían más que su labor continuara, especialmente en la tarea de sanar a un planeta cada vez más frágil. Les debemos eso y más.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

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