Las autoridades intentaron un equilibrio reflexivo entre razones/costumbres y no hubo ninguna declaración que indujese a pensar en un beneficio mayor que honrar una tradición admirable (sin menospreciar la mención a los connacionales que residen en Bolivia). Citaron las biografías de ilustres exiliados como Giuseppe Garibaldi, José Martí o Víctor Haya de la Torre (por cierto, sorprendió la ausencia en el listado de Héctor Cámpora o Jacobo Árbenz que invitaban a trazar paralelismos más audaces) y esquivaron las “trampas” retóricas que arrastra consigo la evocación de Venezuela o el principio de no reelección.
Omitieron el desenfreno de las multitudes insistiendo en el vacío de poder y lograron traducir la sucesión presidencial “sugerida” por la alta jerarquía del Ejército en miedo a los espectros del golpismo. El tono de las comparecencias fue el propio de un alma afligida por dependencias, coloniajes o servidumbres (un repaso tangencial a la “Filosofía de la Historia Americana” concebida por Leopoldo Zea) que rehúye pronunciarse sobre los informes de fraude electoral o respecto a las derivas autoritarias del ejecutivo presidido por Evo Morales . Eligieron el marco dado por el indigenismo idealizado, por más que en la protesta social hubiese pluralidad de rostros y procedencias.
Quizá el aspecto más notable en términos de relato fue la intervención de Marcelo Ebrard describiendo la odisea de negociaciones que posibilitaron la llegada de Evo Morales a México.
Por razones humanitarias, México da asilo a Evo Morales: Ebrard | #EnSegundos ⏩
Ebrard hizo algo más que un cómputo de las dificultades del camino diplomático: Dibujó un trayecto con la serenidad de un estratega que a la puesta del sol conduce su expedición al éxito. Un momento Jenofonte de la política exterior ya que narró -con nobleza en el ánimo- los pasos de una retirada y en su particular Anábasis, la grandeza no recayó en la condición del hombre acorralado sino en la Fuerza Aérea Mexicana.