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Nuestras Historias

La fuerza (dormida) de la clase media

Pese a los múltiples intereses y la diversidad de dicha clase, hay un rasgo similar que la caracteriza: su aportación vital al país.
mié 22 julio 2020 12:01 AM

(Expansión) – La lucha de clases, teoría y concepto introducido en su momento por los filósofos Karl Marx y Friedrich Engels, pero que desde la época de Maquiavelo ya se formaba, continúa vigente en nuestros tiempos, al menos de cierta manera. Luego de la Revolución Industrial, la mayoría de las sociedades se desarrollaron sobre la base de que la propiedad de los medios de producción era exclusiva de los dueños y que, por su parte, los trabajadores eran explotados para producir, a través de dichos elementos, riqueza. Todas estas condiciones se encaminaron a crear un conflicto muy complejo y difícil de resolver entre las partes.

Más allá de las implicaciones ideológicas y políticas de esta noción, económicamente se generaron dos vertientes muy claras en sus objetivos y metas, fundamentadas precisamente en el enfoque que se le daba a la propiedad de dichos medios productivos. Con la globalización y los grandes cambios tecnológicos que ha enfrentado el mundo, algunos de estos conceptos han cambiado; sin embargo, la naturaleza de las interacciones y las dinámicas se asemejan a muchas prácticas que se observan hoy en día en múltiples sociedades modernas.

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Pero vayamos a la raíz. En su mayoría, los países latinoamericanos tuvieron una formación similar en sus inicios. Son sociedades que sufrieron conquistas por parte de fuerzas o potencias externas, que tuvieron un proceso de mestizaje y sincretismo, que sus recursos fueron explotados y extraídos y que formaron una idiosincrasia muy peculiar.

Lo más característico de este proceso fue que surgieron naciones con estructuras oligárquicas poderosas y con lastres muy profundos en cuanto a pobreza, educación, inequidad y desigualdad de oportunidades. La desbalanceada distribución de la riqueza y la concentración exacerbada del poder económico (y político) creó desequilibrios extremos y dolorosos para estos incipientes países.

En el caso de México, con el pasar del tiempo y paulatinamente se fue formando y consolidando una clase trabajadora muy particular, la cual había tenido oportunidad de obtener una educación, ya fuera pública o privada, y que aspiraba a tener una movilidad social mayor a la que tuvieron sus padres y abuelos. Una característica inherente a ella era la heterogeneidad de profesiones e intereses; además de ello, contaba con una remuneración determinada y tenía acceso a servicios públicos de salud, educación, transportación, créditos a la vivienda, entre otros.

Es ahí en donde comienza a delinearse con matices y pinceladas la clase media mexicana contemporánea, con todas las limitaciones e implicaciones que este concepto pudiera contener. Evidentemente, este es un tema de mucha mayor profundidad.

De acuerdo a algunas encuestas y estudios (OCDE, INEGI, De las Heras), la definición de clase media mexicana radica primordialmente en relación al ingreso y número de habitantes en el hogar: ingreso de 15,000 pesos mensuales, 45-60% de la población. Sin embargo, aún con un respaldo metodológico, esto no alcanza para mostrar la realidad de un país de contrastes tan extremos como el nuestro y con más de 12 millones de personas en pobreza extrema.

Dados los claroscuros de nuestro querido México, es muy difícil determinar homogéneamente el concepto de clase media, pues encontraríamos una infinidad de sub-conceptos: clase media alta, clase media-media, clase media baja, urbana, rural, etc. Más allá de la percepción general e individual del concepto y significado de clase media y yendo delante de las variables de ingreso, debemos considerar una aproximación sociológica y una vertiente ideológica.

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Pese a los múltiples intereses y la diversidad de dicha clase, hay un rasgo similar que la caracteriza: su aportación vital al país. En muchos sentidos, esta clase media es el sustento y el corazón de la nación, la sangre que circula por sus venas, la que le da vida no solamente con sus actividades productivas pero también con su ímpetu en el día a día.

Aporta impuestos considerablemente, aun cuando se le castiga y se le incentiva muy poco, genera cotidianamente a través de pequeñas y medianas empresas, da empleo en muchas ocasiones, y juega un rol determinante en el desarrollo del país.

La fuerza de la clase media continúa dormida porque no se ha dado cuenta de su gran poder, de que le urge un común denominador basado en elementos de unión con el que todos los clasemedieros, en menor o mayor medida, nos identifiquemos. Por encima de sintetizar una concepción de esa complejidad en indicadores y variables, debemos entender que es más el fondo que la forma.

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Una esencia en la cual coincidan y se fusionen la conciencia social, la responsabilidad cívica, la ética, la cultura democrática, la justicia, la fraternidad y el pluralismo. Su fuerza e identidad radica en su misma heterogeneidad, la cual tendrá que enfocarse y dirigirse hacia un orden cooperativo, organizativo y buscando un objetivo trascendente.

El letargo no será para siempre. A ese tigre dormido es al que verdaderamente debe temérsele y admirársele, en el buen sentido, pues es el que tiene la capacidad colectiva de llevar al país a la evolución requerida y al éxito.

Nota del editor: Carlos M. López Portillo Maltos se ha desarrollado en el ámbito profesional en temas relacionados con la inteligencia, geopolítica, migración, comunicación política y corporativa, medios y análisis político. Cuenta con la Licenciatura en Ciencias Políticas, del Tec de Monterrey, y una Maestría en Responsabilidad Social, de la Universidad Anáhuac del Norte. Síguelo en LinkedIn . Las opiniones publicadas en esta columna pertenecen exclusivamente al autor.

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